Deportes nacionales (3)

Buenas de nuevo a todos. Con este “negro sobre blanco” que os presento, inauguro mis delirios del 2012. Esperemos que la cosa siga prosperando.

Dadas las fechas inhábiles que vivimos (al menos los estudiantes), en los que muchos hacemos del domingo el día de la marmota, y aprovechamos para dormitar y reposar con amigos y familiares, es una época más que propicia para ver cine. Y no me refiero a acercarse a la cutre multisala de extrarradio y pagar un riñón para ver la última exhibición de la asociación nacional del rifle o las nuevas tecnologías en implantes mamarios. Tampoco me refiero a visionar grandes joyas del cine en blanco y negro, con tu padre demostrándote que se sabe la película de memoria. Aunque personalmente siempre me reconforta compartir mi tiempo con el bueno de George Bailey en esos momentos.

Me refiero a ese cine agradable, más o menos navideño, clásico en muchas ocasiones, del que disfrutamos especialmente en estos momentos de modorra transitoria. Aludo a ese cine comodón, entretenido, mítico si me lo permiten, del que tiramos en estas fechas. Las televisiones no son ajenas a esta arraigada costumbre y emiten muchos filmes de este palo. Títulos como “Breavehart”, “Pretty Woman”, “Love actually”, “Nothing Hill” o “El día de la marmota” cumplen con la descripción que propongo. Incluso recibes gratas sorpresas, en forma de obra maestra, como la trilogía de “El padrino”, cuya magnífica segunda parte he degustado hace unos instantes.

El otro día, durante mi sondeo de algo con lo que perder el tiempo de una forma cuasi honorable, pillé, casi de inicio, “El diablo viste de Prada”. En mi opinión, una simplona, aunque eficaz, entretenida e incluso divertida comedia romántica, que cuenta con la siempre inestimable interpretación de Meryl Streep, haciendo las veces de mala. Para quien no la haya visto, su compleja trama se resume de forma bastante elocuente.

Chica lista, estudiosa, dedicada , medio nerd, y, por supuesto, “hecha a sí misma”, y además con un novio monísimo, consigue trabajo como asistente personal de la jefazo en la revista de moda de fama y tirada mundial “Runway”(extraoficialmente, creo recordar que alude a la celebérrima publicación de Condé Nast, “VOGUE”). Dicha chica tiene la misma gracia para vestir que Carmen Polo aquejada de daltonismo. Su jefa, una cruel, currante, seria, cínica y firme “mujer de éxito”, le mete más caña que la que llevaría Pocholo por Colombia sin correa. Nuestra pequeña ogro, con ayuda de sus estresados compañeros, se convierte en toda una princesita de cuento. Y ahí va ella, divinísima con sus Louboutin y sus faldas de Escada partiéndolo mazo por las grandes oficinas y cafeterías de la gran manzana, currando como una necia hasta que se vuelve cojonudiclástica en lo que hace y se convierte en una gossip girl (pero con curro). Con el tiempo se separa de la gente que la quiere y, en definitiva, se vuelve un poco zorra. Finalmente ve su error, deja el trabajo y vuelve con el pusilánime de su novio y con un trabajo de la leche en un periódico “serio”.
Final feliz, historia curiosa (ya que está basada en hechos reales) y otro rato procrastinando que me pasé aquel día.
La moraleja, aunque débil y simplona, te recomienda abandonar el snobismo desilustrado y la excesiva aplicación al trabajo, por cosas mucho más “de pobres”, como la gente que te quiere y la integridad moral. Hasta aquí, todo ok.
Esa noche, como no podía ser de otra forma, #eldiablovistedeprada fue Trendic Topic en España.

Y en este punto es donde he localizado el deporte al que dedico mi coñazo de hoy. Anonadado y patidifuso me quedé al contemplar los comentarios en el Twitter.
Iluso de mí, imaginé que quien más quien menos pillaría la moralina obvia y asequible, además de enamorarse de los Marc Jacobs del minuto 36:09 y del chulazo de novio de la prota. No me molestaré en describir los comentarios porque se retratan por sí mismos.
Esperpentos del orden de “me encantaría tener ese trabajo” “mataría por irme de copas con la jefa”, “yo de mayor quiero ser como ella”, “la pago lo que sea para que elija mi armario”, “la jefa queda de gilipollas porque es mujer, machistas de mierda”, “hay que ser tonta para dejar ese trabajo” maltrataron mis ojos. Y eso que me he ahorrado la lista completa de la larga retahíla de abortos manuscritos de esta índole, aportados por españolitas de todas las edades. E incluso algún españolito también.

A este deporte lo llamaré “El sesgo de la moraleja”, o la malinterpretación interesada, parcial, absurda y maniquea de las moralejas, en este caso, del cine. Tamaño despropósito este. Como cortarle la cabeza a Calleja. Como mear sobre la tumba de los hermanos Grimm.

Ahora bien, aquí hay para todos, y aunque el caso expuesto (por más reciente) condecore casi exclusivamente sólo a “deportistas” femeninas, hay otras muchas muestras del mismo patrón ejecutado con eficiencia por atletas macho.
Una de las que más espasmos me provoca es la interpretación de la moraleja del cine negro (más o menos clásico) que acostumbra a hacer el soplapoyas de turno.
Estos individuos, tras ver, por ejemplo “Scarface, el precio del poder”, entienden que lo que mola es ser un Tony Montana de la vida, asesino, maltratador, toxicómano y en definitiva, cuanto menos grotesco y mala persona. Muy malote y esas cosas.
Lo de que el poder te nubla y que esa vida realmente no te hace feliz se lo pasan por el forro de los genitales. Genitales, con los que deben de elaborar sus más profundas reflexiones.
De la nombrada anteriormente, “El padrino” podemos hacer la misma observación. Nadie se queda con el amor a unos orígenes, el respeto, el cuidado a la familia, el trabajo duro, y las consecuencias fatales que traen la corrupción, la venganza y el crimen. Se quedan con los tiros, los cochazos, las putas, y el acento italiano, “Io nun mo scordo”.

Decía el genio de Bonn, Ludwig Van Beethoven, “La bondad es el único signo de superioridad que conozco”.
Puedo aceptar que la mayor parte de la gente no comparta este interesante punto de vista, puedo entender que ser buena gente no queda todo lo “cool” o “gansta” que el timorato medio podría desear, pero al menos traten de no ciscarse en las moralejas, ese último reducto que influencia bondad a pesar de todo.
Hay que ser mierda.

Y ya está.
JJG.

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