Deportes nacionales (2)

Muy buenas de nuevo a todos mis entusiastas lectores. Tras un tiempo de letargo, regreso con el segundo (y esperado, al menos por mi) capítulo de mis “deportes nacionales”.
Antes de soltar el peñazo habitual, ante la insistencia de muchos críticos, y a pesar de que mis amigos no las necesitan y que mis enemigos no las creen (como bien apuntaba el bueno de Wilde), haré una aclaración, daré una explicación. Normalmente, cuando escribo, lo hago jodido. Lo hago cabreado, mosqueado, molesto y resentido. Lo hago conmovido e indignado, lo hago “hasta los huevos”. Porque me inspira, porque sale sólo, porque me motiva, porque quiero, y porque así me gusta hacerlo.
Una vez aclarado el tema, sinceramente espero, que mi nuevo desvarío, les sea leve.

Una de las razones de mi tardía reaparición, no es otra que el esfuerzo que me ha costado identificar el problema. Me explico. Durante cierto tiempo, ando observando muchos comportamientos merecedores de ser considerados uno de mis “deportes”, la cuestión es que iba cayendo en que muchos compartían trasfondo, el cual creo haber identificado.

Llevo un tiempo madurando esta idea que rebota en mi mal carburada sesera. Honestamente, desconozco si por el hecho de buscarlo lo he querido encontrar o si es algo tan arraigado en nuestra sociedad como firmemente creo que lo es la “búsqueda de culpables”, deporte al que dediqué mi última publicación.

Se trata pues de un deporte que abarca múltiples disciplinas, una especie de triatlón de ridículas costumbres tan molestas impropias y agarradas como una garrapata. Y todas ellas motivadas, al menos en parte, por lo mismo.

El síndrome de Peter Pan. O ese ansia ciega por no crecer. Y no. No les hablaré de cremitas y fajas reductoras. Ni de maquillajes ni babas de hermafroditas. Me refiero a esa sensación que un buen observador capta en la gente, ese sentimiento de que nunca crecemos del todo.

Siempre he pensado que uno de los momentos clave en la evolución personal de un individuo no es otro que aquel en el que descubre la humanidad de sus adultos. Esa revelación que a todos nos trastornó en su día. Esa epifanía mediante la cual comprobábamos que los adultos no eran perfectos. Ni siquiera maduros o responsables. Incluso muchas veces no eran mejores que los críos.

Y aquí tenemos los cimientos del problema. En ese traumático descubrimiento. O más bien en el atajo por el cual optamos.
Esa decisión que tomamos ante la vicisitud de ser hombres-mujeres de verdad o seguir siendo niños. Y no es otro que algo también muy nuestro, tirar por la tangente. Decidimos emplear nuestras energías en disfrazarnos de adultos y sin embargo seguir siendo niños.

Al ser algo que todos sufrimos de alguna manera, la variopinta lista de variedades de este deporte resultan inescrutables. En esta ocasión me centraré en uno de esos ejemplos, por la evidencia del mismo. Y porque me repatea sobremanera, todo sea dicho.

Y para explicar esta variedad, regresaremos a nuestros más inocentes y entrañables años de guardería. Cuando los niños y las niñas ni nos mirábamos, nos tirábamos piedras y nos soltábamos arañazos. Y pobre de aquel que quisiera sentar cabeza porque entonces “Fulanito tiene novia” y en menudo marrón te metes tan pronto. Esa guerra de sexos invisible pero palpable, como el cristal bien limpio, y con las mismas terribles consecuencias, si no aprendes a verlo, una buena ostia, te comes el vidrio.
Sinceramente, deprime ver como la gente a pesar de la experiencia y madurez tan erróneamente relacionadas con la edad sigue buscando culpables en el sexo contrario. Y ahí hay para todos.

Por un lado, el machismo más tradicional y patético, digno del más tonto de los primates, cuyo mayor exponente es la obtusa demostración de virilidad con jerarquía, violencia y maltrato físico (tanto hacia el propio sexo como hacia el contrario). Verdaderamente triste. Un fallo criminal en la educación y ejemplo que damos de lo que debe ser un hombre. Un hombre, que nunca deja de ser un niño. Solo que mucho más fuerte, con más mala ostia y tres horas en el bar de guarnición. Repugnante.

Ahora les toca a ellas. Más pena me producen las mujeres de hoy en día que los hombres. La hembra del ser humano. Ese mayúsculo y admirable ser, capaz de soportar miles de años de machismo y humillación, de menosprecio social y aún así, desde la sombra, sacar el ser humano adelante, como madres, abuelas, esposas, reinas y princesas. Y cuando se terciaba, también como cazadoras y soldados. Ese maravilloso ser, con su momento por delante, un momento histórico en el que toda su lucha empieza a tener sus frutos, cuando la igualdad es algo alcanzable y no sólo un espejismo. Ese momento en el que los hombres parecemos entender que ni mucho menos somos superiores, y cuando toca, arrimamos el hombro. Ese momento de dar un paso adelante, lo están dejando pasar.
No se si es ira, afán de venganza o simplemente incapacidad humana lo que lleva a la ¿mujer? de hoy a desperdiciar tan dulce oportunidad.
Alguna mojigata dirá que de que voy, que ella es muy feminista y que todos somos iguales (los hombres, claro).
A uno le hace gracia encontrarse con muchachas o incluso a mujeres con todas las letras reivindicando derechos de los que siempre han disfrutado, o actualmente disfrutan. Buscando el culpable en el sexo opuesto que en muchos casos (como el mio), está de su parte. Buscando la ofensa en auténticas soplapoyeces. Viviendo en un estado de susceptibilidad permanente ante todo lo que para estas zumbadas es machismo.
Evidentemente los que estamos de parte de la igualdad quedamos en tierra de nadie. En ese contexto, tendemos cada vez más hacia un matriarcado burdo y evidente, mas interesado en una compensación para las supuestas víctimas que en una búsqueda verdadera de la igualdad. Eso se llama discriminación positiva. Y por ahí no paso. Ahora, llámenme machista si les sale de los ovarios, (o de los cojones, que también hay hembristas macho).
Si no me hallo en una confusión como resultado de lo machista y carca que soy, la igualdad se basa en tratar de la misma forma a hombres y mujeres, y, sinceramente, hoy por hoy, no se me ocurre decirle con la misma normalidad a un hombre que a una mujer cosas tan triviales como “por favor, recoge tu, que hoy estoy cansado” o “hazme el favor de servirme una copa”. Mas de una apelación al ganado porcino me he ganado por tamaña ignominia. Y que Dios y sus ángeles te protejan como hagas una broma en tono completamente jocoso sobre el tema. Estas jodido. Huye tan rápido como puedas, la tribu Cosmopolitan te persigue.

Y todo esto sin nombrar el machismo entre féminas, pero eso ya es harina de otro costal.

Lo dicho, menos niños y más hombres, o lo que es lo mismo, menos niñas y más mujeres. Vale de pataletas de infante que solo provocan más odio y terribles actos. Familias y amistades rotas por una guerra absurda y sin sentido. No me pasen las facturas de dramas de otro tiempo. A otro perro con ese hueso.

Conflicto absurdo, porque, como todo todo el mundo sabe, la guerra de sexos la ganamos los hombres cuando el baile en barra de streap-tease pasó a considerarse deporte.

Pues eso.
JJG

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