El escalón

En este juego todo son escalones. En este y en todos. Pero si este es el juego de juegos, así le ocurre a este escalón. Ya decía el genuino Al Pacino en su genial discurso de la no tan genial “Un domingo cualquiera” que la clave está en las pulgadas. “Medio segundo más lento o más rápido y no llegas a pasarla” “es lo que marca la puta diferencia entre ganar o perder”. En definitiva de nada sirve recorrer todo el camino si te quedas a una pulgada del final. Siempre ese último escalón es el que más se resiste. El miedo al éxito o al fracaso nos detiene. Siempre el final, cuando sólo queda extender el brazo, se nos atraganta.
Recientemente asistimos al inicio de un camino. El camino de los jóvenes españoles en la lucha contra la corrupción y la negligencia política. En la lucha por una mejora del gobierno de este país para beneficio de sus habitantes. Un intento de que podamos estar orgullosos de formar parte de un país responsable, dirigido por políticos capaces y democráticamente electos. De ser parte de un país que puede servir de ejemplo para algo más que la jarana y el fútbol.
Durante este camino se han escalado altos y escarpados escalones. Se ha conseguido despertar a un sector de la población española que no ejercía de su condición de joven. Sorprendido asistí a la imagen de las masivas concentraciones de jóvenes – y rejuvenecidos- que se han producido en los últimos compases de este curso. Asombrado ante la visión de la juventud desterrando la parsimonia y pasotismo de las que hace mucho que pensé que era enferma crónica. Las manifestaciones mantienen cierta constancia y a pesar de graves tropiezos se ha conseguido inculcar un sano “buenrollismo” entre sus más acérrimos seguidores. Denuncian la violencia y señalan y apartan al violento.
También ha sobrevivido a la crítica absurda y manipuladora de diversos sectores, que de la mano de una retahíla de argumentos tan obtusos como “el olor a porro”, han tratado en balde de desvirtuar y tergiversar el sano camino iniciado.
Pero los que me conocen bien saben que nunca me quedo en halagos. Y pocas veces sólo encuentro desprecio. El movimiento es fresco y valiente. Constante, serio, aparentemente bienintencionado, y, sobretodo, necesario. Pero cada vez soy más consciente de que entre los indignados y la consolidación que demuestre y convenza de que realmente representan al pueblo (de lo cual se jactan con inocente naturalidad y soberbia) hay un colosal escalón.
Haciendo honor a la verdad no son los primeros ni serán los últimos que tropiezan con esta tremebunda escalada. Para ser justos, pienso que es el gran escarpe que le resta a la población española desde hace mucho para cerrar viejas heridas y pasar a poder ser, con todas las letras, una democracia moderna. Es la cúspide de la que hasta el más válido en ocasiones ha retrocedido. Y no hablo de otro escalón que aquel que separa a la persona culta, razonable, responsable, reflexiva y comprometida, de la excelencia personal. Hablo de esa cúspide tan a menudo impracticable por todos nosotros que es la objetividad. Bajo la consciencia de la grandeza de la palabra, diré que se trata de ese punto en el que podemos realmente revisar nuestras propias convicciones hasta tambalearlas, y, llegado el caso, colapsarlas sin melancolía. Hablo de ese ejercicio en el que Sócrates –ese griego barbudo que sólo sabía que no sabía nada- basaba el progreso humano.
Y es que no es sencillo balancear convicciones. Porque llegado el momento, nuestro orgullo y nuestro ego nos dirán que es un movimiento de la más deleznable traición, y preferiremos rodar una realidad paralela más acorde a nuestra postura (y si no podemos siempre habrá gente que amablemente lo consiga por nosotros). Todo antes de reconocer nuestro error a nuestros semejantes, y ante todo, a nosotros mismos.
En nuestra España estamos muy acostumbrados a esta reacción. La mayoría de la gente ni lo intenta y para quien se molesta a menudo se queda en opacas palabras. Y es que en España, y lo digo muy bajo, somos de izquierdas o de derechas. No conocemos otro camino. Incluso los que más tratamos de intentar mediar, llegado el caso, acabamos cayendo hacia el lado más primitivo de estas pendientes.
Es un fenómeno innegable la abrumadora mayoría de seguidores de cariz izquierdista que aglutina el movimiento. Los indignados son de izquierdas, es así, una realidad, ni buena ni mala por sí sola. El problema llega cuando llega ese momento, en el que se les presenta el escalón que les separa de la objetividad, ese instante en el cual, empujados por todo el trabajo bien hecho y la persistencia, tras un trabajo de responsabilidad, civismo, y brillantez, debería ser sencillo escalar el último trecho. Y es cuando, cual vieja herida de guerra, su persistente cojera hace acto de presencia.
Esta cojera se hace patente en muchos aspectos relacionados con el movimiento, algunos más sutiles que otros, pero en definitiva todos ellos causantes de que la juventud de derecha -que la hay- no se una con palpable presencia al movimiento dotándole así de la contundencia y unión necesarias para su triunfo.
Este tipo de aspectos se hacen patentes en actos como la presencia en las manifestaciones de muchos símbolos lejanos a la democracia, como son banderas comunistas representativas de despreciables gobiernos opresores y genocidas, imágenes de inefables asesinos tradicionalmente venerados (como Don Ernesto), además de las siempre invitadas e ilegales banderas de la segunda república, gobierno convulso durante el cual no se dejó gobernar a un partido justo ganador de unas elecciones que a la postre acabó provocando una sublevación y una terrible guerra, que trajo tras de sí 40 años de despreciable dictadura. Seguimos sin cerrar heridas.
Por otra parte, observo múltiples imágenes de políticos en camisetas, pancartas o carteles informativos. He visto a Rajoy, a Gallardón, a Esperanza Aguirre, a Camps , e incluso a Carmen Lomana o Ángela Merkel. Pero pocos o ninguno de los representantes del gobierno que a fin de cuentas nos ha llevado a la ruin ruina, he visto representados en imágenes o nombrados en cánticos y asambleas. Y si han aparecido, siempre con un representante de la derecha al lado. En Madrid por ejemplo, he visto como tras acampadas, movilizaciones, sentadas, más de seis manifestaciones en total, se han plantado delante del ayuntamiento, la comunidad, el congreso, bancos e incluso “casas de ricos”. Muchos de estos manifestantes eran también los que adornaban los aledaños de las sedes del PP tras el 11-M durante la jornada de reflexión. Pero curiosamente, aún no han sacado tiempo de pasarse por la calle Ferraz o la Moncloa.

Tengo la costumbre de juzgar a las personas por lo que hacen, y no por lo que dicen. Y mucha de esta gente son esos mismos que “no son de nada” “ni PP ni PSOE”, pero estaban los primeros en la manifestación contra la presencia de tropas españolas en Irak, pero no se plantearon ir a ninguna concentración a favor de las víctimas del terrorismo o contra el paro y la “no crisis” económica, pareciéndoles (supuestamente) igual de importante.
No les acusaré de mentirosos, de hecho mucha de la gente más cercana y a la que más admiro y respeto son de este tipo de personas, y sé que no mienten cuando dicen eso. Sé que de verdad no quieren ser de nada, se que denuncian y rechazan la manipulación, y corrupción política sea del bando que sea. Así como se que rechazan la actuación del último gobierno y su paupérrima política económica, palpable en lo que ahora sufrimos. Pero como dije antes, tropiezan con el último escalón. No tardaron amables demagogos en salir culpando al gobierno de Aznar y a Estados Unidos y hasta a Rita Barberá de la crisis y así dejando a toda esta gente con otra perspectiva que creerse.
Estos indignados ponen como ejemplo la reciente revolución islandesa, pacífica y contundente. Pero su presidente del gobierno ahora mismo está siendo juzgado por negligencia y seguramente pase un largo tiempo a la sombra. Ahí está el escalón, señores.
En el aspecto de las propuestas, aún compartiendo la mayoría de lo expuesto, me repatea ver a un alfeñique de veintidós tiernos añitos exigiendo poder tener un piso en propiedad cuando apenas sabrá freírse dos huevos. Me molesta sobremanera que se acuse al siempre socorrido capitalismo, diana estrella de todos los problemas de esta gente. Como consecuencia, exigen que se nacionalice la banca (propio de gobiernos intervencionistas) para evitar el neoliberalismo derechista que supone a todo el mundo un responsable inversor, pero reniegan del pacto del euro porque sesga libertades económicas. La ironía es evidente.
Como estos detalles hay muchos más, los cuales no me molestaré en describir, porque si estas abierto a creértelo ya lo has hecho y si no quieres no lo harás aunque resulte irrefutable, querido lector.
En definitiva tenemos que luchar por la subida de ese último escalón que consiga aunar a toda la ciudadanía sea de la clase política que sea, constatar con hechos las palabras de no posicionamiento político, y a fin de cuentas dar ese paso de gigante.
Cuando he dicho tenemos, no lo he dicho a la ligera. Desde el momento en el que dedico mi tiempo a analizar el movimiento, ya estoy involucrado en el. Pero no lo estaré completamente, hasta que se supere ese último escalón.

Como dijo Gauguin, tras dejar su vida de acomodado banquero y dedicarse al arte, perdiendo así a su familia y malviviendo, “sólo hay que atreverse”. Y eso mismo les digo yo,  “sólo hay que atreverse”.

JJG

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Un pensamiento en “El escalón

  1. […] estado de constante manifestación. Tanto personal e interior, como física y urbana. Ya saben que me va mucho este tema, me convence la descripción social que genera, valoro su perspectiva global. Vamos que me pone. Me […]

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