Deportes nacionales (5) “Los desgraciados”

Hoy estamos de celebración. Llegamos al esperado número cinco de mis deportes nacionales, nunca esperé que la cosa prosperase tanto. También es cierto que los habitantes de esto nuestro país apoyamos firmemente la causa. Es innegable el esfuerzo  y esmero que le ponemos al asunto. La caña que le damos a medrar y prosperar en la ejecución de todas esas ridículas costumbres, que tan fuertemente abrazamos.

Por ser el quinto capítulo, hoy les traigo una disciplina maravillosa. Una en la que quien más quien menos (manque joda) hemos hecho nuestros pinitos. Y es que al igual que el chavalito español recibe un balón de fútbol alguna vez en la vida, a todos nosotros nos han adiestrado (o al menos así lo han intentado) en el noble arte de lo que yo llamo “La guerra de desgracias”.

Como no podía ser de otra forma, sus participantes serán conocidos como “Los desgraciados”. Supongo que más de uno ya sabrá por dónde voy. Y es verdaderamente fascinante comprobar como en más de una conversación civilizada, suelen aparecer sin previo aviso dos o más desgraciados, dispuestos a jugar una pachanguita. Y es que estos fabulosos intérpretes aprovecharán cualquier momento para un envite, y de paso para dejar claro que lo pasan mal. Lo pasan muy mal. Bueno, concretamente lo pasan mucho peor que .

A saber, una infancia dura, unos padres autoritarios, un jefe cabrón, un profesor injusto, una sanción arbitraria, la muerte de algún familiar (aunque sea su tío tercero el del pueblo) y demás dramas telenovelescos. Podrían pensar que llegado el caso, estos seres no atacarán si no se les provoca. Puede ser. Pero créanme, es tremendamente fácil provocarles. Cualquier comentario inocente sobre tu estado al respecto de casi cualquier aspecto de la vida, puede provocar la chispa. Porque da exactamente igual por lo que hayas pasado o por lo que estés pasando, que ellos siempre lo habrán pasado peor que tú. Lo suyo sí que es sufrir, así que no te quejes, que eres un mierda. Y es que “¿Qué me vas a contar a mi?”.

Porque si tienes gripe una semana, ellos pasaron el tifus. Si tienes que estudiar  para un examen, ellos mucho más, aunque estudien un módulo de cromatismo (quiero pensar que no existe). Si lo has dejado con la novia, ellos se han divorciado tres veces. Si tu jefe te tiene un poco harto, el suyo es Hitler. Si andas triste con la muerte de tu perro, a ellos se les murió el tío Paco. Si un día pinchaste en carretera, su coche sufrió combustión espontánea. Y así hasta el infinito. Ellos siempre sufrirán en más cantidad, con mayor intensidad, y por ende, con más razones que tú. Cuanto antes asumas esta realidad, mejor para todos.

Huelga decir que en la mayoría de los casos su quejumbrosa tendencia no está en absoluto justificada. Pero como todo en la vida, si practicas lo suficiente, puedes llegar a ser un experto. Y el ancestral arte de ser un imbécil, no es una excepción. Ciertamente mantienen una habilidad sobresaliente para persuadir a sus allegados al respecto de su desgracia, llegando a convencerte (al menos en primera instancia) que son auténticas víctimas. No obstante, lo curioso de verdad es la competición. No deja de ser irónico ver cómo esta gentecilla mantiene auténticas discusiones sobre quien lo ha pasado peor, debatiendo quien ha sufrido más desgracias, o luchando por ver quién tenido peor suerte en la vida. Paradójicamente, el vencedor será el timorato que más desgracias acumule, o en su defecto, el que más trágicas las haga parecer a ojos del público expectante. Ahora bien, no jodamos. Si por un casual resulta que has tenido una “buena vida”, con sus problemas y sus marrones aquí y allá, sus pérdidas y sus dramas, sus bajones y sus obstáculos, pero en definitiva, soportable para cualquiera con un poco de amor propio, eres un auténtico mierda. Si eres feliz, o andas cerca, eres un patán y un iluso. No conoces la tragedia de la vida. La tragedia que, sin lugar a dudas, los hace mejores que tu, y que por supuesto les excusa de no haber conseguido nada de lo que habrían esperado de la vida.

Los más atentos comprobarán que esta disciplina tiene mucho en común con la practicada por los “Esclavos torturados” (la variación estival-hostelera del deporte que hoy tratamos) o con los “Buscadores de culpables”. Y lo cierto es que unas variantes se alimentan de otras sin remedio.

Por acabar con mi moralina particular, por aquello de dejarlo bonito, y a ver si cala en más de uno, recomendaré un poco de empatía. Así sin más. Aceptemos (que en muchos casos es mucho aceptar) que usted (desgraciado) lo ha pasado mucho peor en la vida que el pobre individuo que osó provocar a la bestia. De acuerdo, para usted la perra gorda. Pero debería de comprender, que lo que menos necesita esa persona, con su problemilla a cuestas, es que usted le haga sentirse todavía más mierda (o al menos así lo intente).  Y así ocurrirá si consigue convencerlo de que su problema es una soplapollez, y que si se encuentra afectado es un blandengue.

Al margen, sólo puedo entender  su reacción como una proclama de excusas. Parece ser que usted necesita gritarle al mundo que si es un fracasado es porque la vida le ha dado duro. Y no es por ser cruel, pero suena bastante patético, oiga. No estaría de más pensar en cambiar las sábanas, en vez de rebozarse en los meados. Aparte de que en muchos casos, lo que me pueda contar, en serio, no me importa una mierda.

Y ya.

JJG

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