Archivos Mensuales: marzo 2013

El penúltimo ardid

Muy buenas gente, hoy celebramos que hace un año a un pobre tarado dio por abrirse un blog. Ahora que no está de moda ni nada. Ahí marcando tendencia, tope indie.  Desde entonces, he conseguido llegar a las 600 visitas (no sé como WordPress no ha colapsado), y he recibido mucho apoyo y felicitaciones. Me han leído desde Australia, Estados Unidos, Colombia o Japón. Los patrocinios y contratos aún no se agolpan en mi mesa, pero no deben de tardar mucho, mis números son contundentes. Ya en serio (todo lo serio que puedo llegar a ponerme), mi más sincero agradecimiento por apoyarme y soportarme en esta pequeña terapia de reconducir mi mierda personal. Hoy por hoy sólo a los tarados nos gustan esas cosas. Lo dicho, muchas gracias.

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Después del momento moñas, vamos al asunto. El post de aniversario.

El caso es que llevo trabajando desde hace ya tiempo en un post que promete explicar lo que yo entiendo como el mayor mal de nuestros días. Algo triste, crítico, duro y mordaz. Algo jodido. Como casi siempre vamos. Pero lo cierto es que, aunque mi lado crítico sea mi lado habitual, también tengo un lado bueno, incluso hasta constructivo. Hoy no toca criticar (al menos no per se). Hoy voy a tratar de compartir un momento de (lo que creo) lucidez con ustedes.  Esta vez, les voy a hablar de otra forma de ver las cosas, de un cristal de otro color, del truco del almendruco, del penúltimo ardid.

Vamos a partir de una base simple. En este mundo hay mucha, mucha mierda. Las cosas no están bien montadas. El ser humano es cruel e interesado. Nadie quiere saber nada de la nobleza, el honor, la palabra o la paz. El trabajo intelectual y/o artístico queda relevado al corte de si te puedes lucrar de ello. El postureo como way of life. Ni altruismos sin truco, ni donaciones sin busto. Ya no quedan héroes (si es que alguna vez los hubo). Que  esto está tirando a jodesto, y que ya lo estaba con Franco, con Napoleón, con Carlomagno, con César, o con los putos mamuts.

Que somos unos blandos y que mientras nuestros bisabuelos se mataban a tiros, nuestros abuelos no tenían para comer y nuestros padres sufrieron una dictadura, nosotros nos quejamos de que hemos suspendido un examen o de que Adelita se fue con otro. Y ni siendo conscientes de esta cruel paradoja dejamos de ser unos llorones de mierda. Hemos disfrutado de  la “maldición” de tenerlo “todo”. Y de no valorar nada. Y así nos luce el pelo.

Ante este panorama, no queda sino buscarse un truco, o rendirnos. Y no es mi estilo.

Y mi truco es simple y sencillo. Aprender, con el tiempo, esfuerzo y ganas, a cogerle cariño a esa mierda que nos inunda. A abrazar con amor irracional e infinito aquello que se sabe gris y vulgar. Y es que, ni somos perfectos ni lo seremos nunca. Y no me vengan con acusaciones de conformismo y de falderismo al sistema. Claro que hay cosas que podemos cambiar y tratar de llevar mejor. Por supuesto que debemos luchar por ello. Pero hay ciertas cosas, que siempre estarán ahí.

La simple naturaleza humana, su condición de mamífero evolucionado, trae consigo una amplia retahíla de crueldades y abusos. Aunque nos empeñemos en querer “domar” lo que somos, y hacer de nuestra existencia algo trascendental o armonioso, no dejamos de ser animales muy bien adaptados, y punto.  La dictadura de la adaptación se impone siempre. Y no entiende de éticas, moralinas ni conciencias.

Cuando un macho domina a otro (de palabra o acción),  sigue escupiendo testosterona como Iguazú. Cuando a tu dama se le atraganta el tic tac, se la suda si estáis en paro, o crío o profe de yoga, tu verás. La cooperación sólo es el último recurso de una especie acostumbrada a competir.  Tu vas a seguir gritando como un macaco en celo los goles de Falcao, y ella va a seguir parándose en los escaparates de vestidos de novia y zapatos. Tu vas a seguir poniéndote berraco con las reposiciones de “Los vigilantes de la playa”, y a ella sólo le parecerá atractiva tu nostalgia si esta macerada en metro noventa, barba de tres días y ojos azules. Man-que  jo-da. Y no se me pongan dignos. Puede que no absolutamente todo el mundo sea así. Puede que regalaras tus pelotas  hace mucho y puede que Lourdes ahora quiera ser Manolo. Pero nuestra naturaleza sigue ahí. Huir de esa carga genética no sólo es absurdo, sino también ridículo. Nos creemos por encima de nuestro instinto y nuestra historia. Pocas cosas me son tan arrogantes que un ser humano que reniega (ya sea por orgullo o  ignorancia) de su condición animal.

Y ya que no podemos cambiar esto, coño, cojámosle el gustillo. Aceptemos su presencia y aprendamos a quererlo. Ya que no podremos librarnos de ello.

Un buen ejemplo de lo que trato de contarles, lo reconocí  en una entrevista digital al señor Carlos Boyero, uno de los pesos pesados del cine en España. Crítico desde hace muchos años (pasó por El Mundo y ahora en El País), respondía  a una pregunta de una ¿ingenua? mujer.

-Sr Boyero: este fin de semana me ha invitado un amigo a cenar a su casa.El pone la cena y yo la peli. ¿Qué película me aconseja? Realmente lo que quiero es quedarme a dormir…
 
-Nada más entrar hágale una mamada como Dios manda.

Y algo más sobre como después de follar podían ver lo que quisieran. Pero vamos al caso. He de reconocer que la contestación puede ser, digamos “brutalmente honesta”.  Y seguramente a la chicuela le gustaría que al susodicho le adviniera la pasión con “Shakespeare in love” o se pusiera bruto con “9 semanas y media”. Pero lo cierto es que si te quieres quedar a dormir, por duro, superficial o sexista que parezca, lo mejor que puedes hacer es seguir el consejo del señor Boyero. Y a eso voy.

El ser humano se acostumbra a lo bueno, y cuanto menos le pides, menos da, es ley de vida. Por eso la mediocridad nos parece tan interesante. Por eso se nos dislocan los pulgares en el móvil y nos dan miedo los libros. Por eso buscamos estar encerrados cinco horas en una sala con la música a todo volumen. No sabemos  hablar ni que decir. Queremos acallar y ahogar las voces. No sabemos como tragarnos nuestra propia mierda. Mi recomendación, pónganle una buena salsa.

O aprendemos a reconocer nuestras limitaciones y a cogerle un poco de cariño a nuestros absurdos dramas, o mejor será pegarse un tiro. O aceptamos nuestra condición animal y empezamos a comprender que esto no es Hollywood, o mejor será saltar por el precipicio.  O entendemos de una vez que somos el grano en el culo del último mono de una larga historia evolutiva  y que el planeta no está ahí para hacernos felices, o mejor será mandarlo todo a la mierda.

Esa mierda a la que desde ya, la tienen que ver con otros ojos.

Pues eso.

JJG.

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La historia de los torpes beodos

… y de como no se puede ser más imbécil.

Buenos días tropa, aquí me tienen de nuevo, y les vengo con un regalito. Esta vez les traigo una bonita historia bajo el brazo,  un cuento de los de siempre, que hace poco llegó a mis oídos de la mano de la juglaría madrileña, y que está siendo sensación y leyenda de las mejores mesas de las mejores casas. Deléitense.

La medianoche tornaba en la plaza de real propiedad. Algaravía y jolgorio del personal en general, mientras el néctar del diablo, fluía sin cesar.
Dos torpes beodos compartían tragos entre la muchedumbre, pensando en lo bienvenida que sería un poco de lumbre. Con buenos amigos reían como hacía mucho que era costumbre.
Llegado el momento uno de los torpes beodos sintió la llamada de las aguas menores. Su fiel compañero lo acompañó, cumpliendo con los rigores.
La calle estaba desierta, el rincón vacío. Su único enemigo, aquel maldito frío.
Con impericia y desacierto, los beodos se dispusieron a empezar el concierto.
Consiguieron llevar a buen puerto el asunto, o así  pensaron, hasta que cayeron en que tenían, dos sombras cada uno.
La autoridad de incógnito,  de entre las sombras había salido, ya era tarde, identificación y castigo.
Y así los torpes beodos perdieron la dignidad y el salario, a manos del enmascarado funcionario.
 
 

Y ahora lo más increíble. Lo que no se esperan. Yo era uno de esos torpes beodos. Al otro gran beodo,  le dedico este post.

Y si. Todo esto es para hablarles de un tema que tengo pendiente con ustedes, y que como ya saben, me repatea sobremanera. Hoy toca hablarles de nuestro querido amigo el “botellón”.

Lo cierto es que lo del botellón es una putada. Da mala imagen, las calles se manchan, los vecinos no pueden dormir y,  toca mear en la calle. Además en muchos casos acaba con peleas, drogas, o vandalismo. No es buena idea tener a cincuenta chavales (de hoy en día) borrachos como cubas de risas en la calle. En resumen, considero que es una cerdada, tirando a incívica y cuesta descanso y dinero. Hasta aquí todo correcto.

Ahora bien, también soy practicante (mas que) habitual del mismo. Y por lo que les acabo de contar supongo que deducirán que no me hace ni puta gracia. Normalmente hacemos cosas que no queremos cuando no nos queda mas remedio, o el remedio es peor que la enfermedad. Y este es uno de esos casos.

Si a alguno le da por pensar que hago botellón por placer y rebeldía que vaya centrifugándose las neuronas. Evidentemente me gustaría más estar en un sitio con música, calefacción, ropero, y baños. La cosa es que, hoy por hoy, no puedo permitírmelo.

Y es que yo (y prácticamente todo el mundo que conozco) no practica el botellón por placer o maldad sibilina. Sino porque  no les queda mas cojones si lo que quieren es estar con sus amigos y tomarse más de una copa. Si el 99,9% de los locales no tuvieran precios completamente prohibitivos sobre la entrada y las consumiciones, créanme que los frecuentaría con más asiduidad.

Pero lo cierto es que soy estudiante de ingeniería, vivo con mis padres, y, que les voy a contar, la cosa está jodida. Hace algunos años, algún bar pisaba aprovechando las pocas horas libres del día para dar clase a chavales, y así poder pagar hasta tres euros por una puta cerveza. La cosa es que ahora esas clases las dan licenciados.

Comprenderán que a muchas personas como yo, no nos queda mucho más remedio que compartir gastos con amigos y beber en la calle, tomarnos nuestras cuatro o cinco copas tranquilamente, y luego rezar porque se pueda entrar a algún garito sin pagar.

Y que cuanto más jodida está la cosa, más suben las multas por denuncias derivadas del botellón y más persecución policial existe, rozando el absurdo en muchos casos. Había visto hacer encerronas por tres calles distintas, llegando a cotar el tráfico en algún caso. Había visto llegar hasta siete u ocho motos de polícia como la novena del coronel Kilgore. Había visto multar a una mujer por beber una lata de cerveza por la calle, de camino a su casa. Había estado noches enteras huyendo de la policía como si fuera un terrorista. Pero ya lo del otro día de usar policía secreta para multar a dos pobres imbéciles meando en la calle, me pareció lo más patético. Y peor aún que ninguno de los cinco policías secretas allí presentes fuera capaz de decirme cuál era la cuantía de la misma, mas que nada por ir despidiéndome de mi riñón derecho con el cariño que merece.

Lo dicho, no lo hacemos por placer, y las medidas disuasorias cada vez son más ridículas y sobredimensionadas, llegando a cobrar una cantidad similar al sueldo mínimo por pillarte compartiendo una cerveza con un amigo en vía pública. Una lata de cerveza que te ha costado 90 céntimos en el chino, mientras en el bar cool de al lado te habrían cobrado 2,50 euros, más 20 céntimos de suplemento de terraza por una caña mal tirada y un plato con tres patatas fritas rancias.

¿Soluciones? muchas y muy variadas.

¿Qué tal una especie de subvención para aquellos bares que pongan las copas a menos de tres euros y las cervezas a menos de uno? (Ahora mismo los bares y discotecas le están cobrando entre 8 y 10 veces más de lo que a ellos les cuesta esa copa).

¿Qué tal dejar de pagar precios ingentes por calidades (y cantidades) irrisorias? (Somos cómplices necesarios de que nos estafen).

¿Qué tal sanciones ejemplares y accesibles por el botellón y no atracos económicos a quien no puede permitirse estar en un bar? (Como siempre, se recauda de quien menos tiene).

¿Qué tal un poco de comprensión para los pobres pringados, que, como yo, no pueden tomarse más de una caña en un bar sin arruinarse o sin sentirse estafados?. (NO soy un delincuente)

Y sobretodo y más importante  ¿Qué tal poner alguno de estos los viernes y sábados?. A mi me habrían ahorrado una multa.

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Trapitos para tontos y pobres. Presentación.

Tras recibir muchas presiones por parte de algún lector que repasó mi post de presentación (putos tiquismiquis), y con afán de satisfacerlas, me dispongo a inaugurar, con más ganas que miedo, mi sección de “moda masculina”.

En primer lugar aclarar que no soy ningún experto, ni ningún fanático. Hasta donde se, tampoco soy un desliz de Tim Gunn en el Benidorm de los 80. No soy un obseso de la imagen, ni de la marca, ni del estilo. Simplemente me gustaría compartir una visión, una serie de directrices que bajo mi criterio y concepto del buen gusto, podrían ayudar a más de uno a mejorar su “pinta”.

Y es que, no jodamos, importa. Importa porque en este mundo, una imagen vale más que mil palabras.  Importa porque lo que llevas, manque joda, habla de ti. Y puede decir mucho, decir nada, o decir mucho y malo.

Importa porque hasta el más perroflauta, en el fondo de su indignado corazón, disfruta cuando llega esa boda, o esa nochevieja, y saca del armario aquella camisa y aquella americana que parecen hechas para él, y durante unas horas juega a ser James Bond con rastas. Y James Bond mola. Mola con traje, con esmoquin y con unos malditos chinos y un polo. No se cansa de molar. ¿Mérito de las perchas? ¿de los Connery, Moore, Brosnan?. Sólo hasta cierto punto. Detrás tenemos todo un equipo de vestuario que hace siempre los deberes.

Ahora bien (y aquí llegamos a una de las bases de mi sección de moda), al tío lo visten caro. Muy caro. En una de las últimas hasta hacen publicidad con el peluco Omega, una preciosidad de reloj, pero que cuesta más de 6000 euros. Y no les aburriré de nuevo con el topicazo de que para vestir bien no hace falta mucho dinero (aunque para vestir muy bien, considero que sí), simplemente lo daré por asimilado.  El problema es que soy habitual lector de muchas publicaciones  al respecto. Y si algo tienen en común es que promocionan marcas y modelos muy costosos en el 90% de los looks que proponen o exhiben. Además, caen en términos petulantes  y encriptados a la hora de describir el producto, tratando supongo de vender profesionalidad y glamour.  Y eso cuela con el Schmidt  de turno. Con un hombre que lo único que quiere es mejorar ligeramente su aspecto, ver qué se “lleva ahora”, o salir de un apuro para un compromiso o una cita, lo único que se consigue es volverlo loco en el mejor de los casos. En el peor el pobre hombre acaba pensando que todo macho bien vestido tiene mucho de hembra, y que si te desenvuelves en ese mundillo, resultas irremediablemente gay.

Por ir aclarando el tema para detractores, el término “moda” no es que sea de mi agrado. Si lo empleo es únicamente porque el personal se de por enterado, no tengo ningún interés en torcer aún más mi literatura. Siguiendo con el asunto, no creo en la idea de que la tendencia justifique auténticas ridiculeces y obscenidades estéticas. Valoro que pueda recuperar o actualizar clásicos, crear algún detalle curioso, pero en ningún caso creo que el vestir bien tenga nada que ver con “lo que se lleva”. Ni por asomo. Si lo que “se lleva” me gusta y se ajusta a mis cánones estéticos, me lo pongo, si no, me seguirán sangrando los ojos al verlo por la calle, y poco más.

Antes de comenzar con el primer análisis, haré un resumen del funcionamiento básico de la sección. El nombre de la misma, viene sugerido por un clásico consejo de moda respecto a la botonadura de la chaqueta del traje. Nunca, siempre, casi siempre deben de estar abrochados estos botones, de abajo a arriba y ya  en función de los botones que tenga la chaqueta. Bien, pues con estos 3 términos y el irremediablemente ausente “casi nunca”, evaluaré las pintas que toquen según cada día. Apunten bien. Nunca, siempre, casi siempre, casi nunca.

Bien, para estrenar mi demandada sección, empezaremos con lo que considero un punto capital de la moda (y de mi armario),  tan necesario en estas épocas de olas de frío de road trip (desde Polonia o Siberia que se vienen). Efectivamente, voy a hablarles de abrigos. Esa prenda que dadas las temperaturas actuales,  llevamos un porcentaje considerable de horas encima. Soy consciente de que la “temporada” esta a punto de terminar, pero un par de noches de fiesta a -3ºC me recordaron que lo peor viene ahora. Al meollo.

SIEMPRE

Una de los pequeños logros de la “moda” actual ha sido recuperar el abrigo de paño (ya sea tres cuartos, como hasta la cintura) para el buen vestir del individuo de menos de cincuenta. Evidentemente existen algunas atrocidades, pero en general casi cualquier diseño, y en cualquier color respetable (negro, azul marino, gris…) representan una apuesta segura, y bastante eficiente a la hora de resguardarnos del frío con cierta clase. Su enorme boom en los últimos años, hace posible encontrar modelos más que elegantes y cumplidores (la calidad del paño suele ser aceptable) por menos de 100 euros. En Zara, H&M, Springfield o similares, se puede encontrar una amplia variedad. Además se trata de una de esas prendas en las que una inversión un poco más “esforzada” (200-300 euros)  puede darte “una prenda para toda la vida”. Es el caso de abrigos de “El Ganso”, o Fuentecapala (ahora viste al Altético de Madrid nada menos).

Apuesta personal: Las piezas de estilo militar, ya sea por el corte, detalles o símbolos, aportan un aire señorial, además de ser un homenaje a los orígenes de muchas de estas prendas, como el trench, o lo que viene siendo la gabardina de toda la vida de Dios.

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CASI SIEMPRE

Aún siendo consciente de que la inmensa mayoría podrían definirse dentro de los abrigos de paño anteriormente expuestos, los abrigos de espiga merecen un caso aparte. Se trata de uno de esos casos en los que las reacciones ante un mismo estilo de prenda pueden variar entre partirlo sin límites o ser el hazmerreir. Se pueden encontrar auténticas maravillas dentro de “la espiga”, pero también aberraciones made in imserso o “soy rapero negro, para quien no se haya enterado” (sobretodo si es de color blanco).

Toque personal: Los detalles como forro, ojales o coderas en piel (sin abusar) distinguen y completan mucho el abrigo.

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CASI NUNCA

Hay que reconocer que hay veces en las que las inclemencias del tiempo son especialmente incómodas. Y ya sea por evitar una hipotermia, o lo que es más importante, no cepillarnos el abrigo de piel de camello que nos regaló la adorable señora Desmond, lo mejor es optar por prendas más “técnicas”. En este amplio abanico incluyo desde el abrigo que usa tu pirmo Borja cuando se va a Baqueira (tipo esquí), hasta lo que llamo cariñosamente “abrigo de puerta”. Ahora bien, se entiende el uso de estas prendas para bajar al perro a las 3 de la mañana, para ir al gimnasio, para pasar un finde en el campo, si llevas una semana con gripe o si Sandy pasa por Madrid. Y evidentemente si te vas a esquiar o trabajas en la puerta de una discoteca durante 10 horas. Pero desde luego no como abrigo diario y habitual, a no ser claro que tengas 16 años. Si, ya se que en el espejo puedes parecer Vin Diesel, ahora que el abrigo te hincha y tapa los michelines,  pero no.

Detalle personal: Lo que no se puede bajo ningún concepto, por favor, es llevarlo con el traje debajo y que asome la chaqueta. Me la suda si a GQ le parece desenfadado y urban. Es una gitanada y punto.

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NUNCA

Por donde ya no paso es con lo de llevar plumas (plumíferos en versión cursi) con los huevos negros (crecidito en versión cursi). Que si, que puede haber alguno medio decente incluso con ligero estilo, de acuerdo. Pero por lo general no son sino un retroceso a la niñez y a la (por lo general) cutrez supina en pos de que no te pasaras dando por culo con otitis o anginas. Si parecías el muñeco de michelín de resaca era lo de menos. Si ya son en colores chillones, brillan en la oscuridad, o Dios no lo quiera, de la equipación del Chelsea,  su exhibición debería ser punible por el código penal.

Ni de coña: Los chalequitos plumas. Ya se que todos tuvimos uno (si, yo también), pero por favor, déjenlo aparcado para las sesiones light. Un poco de solidaridad y respeto por uno mismo.

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Y esas cosas.

JJG.