El penúltimo ardid

Muy buenas gente, hoy celebramos que hace un año a un pobre tarado dio por abrirse un blog. Ahora que no está de moda ni nada. Ahí marcando tendencia, tope indie.  Desde entonces, he conseguido llegar a las 600 visitas (no sé como WordPress no ha colapsado), y he recibido mucho apoyo y felicitaciones. Me han leído desde Australia, Estados Unidos, Colombia o Japón. Los patrocinios y contratos aún no se agolpan en mi mesa, pero no deben de tardar mucho, mis números son contundentes. Ya en serio (todo lo serio que puedo llegar a ponerme), mi más sincero agradecimiento por apoyarme y soportarme en esta pequeña terapia de reconducir mi mierda personal. Hoy por hoy sólo a los tarados nos gustan esas cosas. Lo dicho, muchas gracias.

stats

Después del momento moñas, vamos al asunto. El post de aniversario.

El caso es que llevo trabajando desde hace ya tiempo en un post que promete explicar lo que yo entiendo como el mayor mal de nuestros días. Algo triste, crítico, duro y mordaz. Algo jodido. Como casi siempre vamos. Pero lo cierto es que, aunque mi lado crítico sea mi lado habitual, también tengo un lado bueno, incluso hasta constructivo. Hoy no toca criticar (al menos no per se). Hoy voy a tratar de compartir un momento de (lo que creo) lucidez con ustedes.  Esta vez, les voy a hablar de otra forma de ver las cosas, de un cristal de otro color, del truco del almendruco, del penúltimo ardid.

Vamos a partir de una base simple. En este mundo hay mucha, mucha mierda. Las cosas no están bien montadas. El ser humano es cruel e interesado. Nadie quiere saber nada de la nobleza, el honor, la palabra o la paz. El trabajo intelectual y/o artístico queda relevado al corte de si te puedes lucrar de ello. El postureo como way of life. Ni altruismos sin truco, ni donaciones sin busto. Ya no quedan héroes (si es que alguna vez los hubo). Que  esto está tirando a jodesto, y que ya lo estaba con Franco, con Napoleón, con Carlomagno, con César, o con los putos mamuts.

Que somos unos blandos y que mientras nuestros bisabuelos se mataban a tiros, nuestros abuelos no tenían para comer y nuestros padres sufrieron una dictadura, nosotros nos quejamos de que hemos suspendido un examen o de que Adelita se fue con otro. Y ni siendo conscientes de esta cruel paradoja dejamos de ser unos llorones de mierda. Hemos disfrutado de  la “maldición” de tenerlo “todo”. Y de no valorar nada. Y así nos luce el pelo.

Ante este panorama, no queda sino buscarse un truco, o rendirnos. Y no es mi estilo.

Y mi truco es simple y sencillo. Aprender, con el tiempo, esfuerzo y ganas, a cogerle cariño a esa mierda que nos inunda. A abrazar con amor irracional e infinito aquello que se sabe gris y vulgar. Y es que, ni somos perfectos ni lo seremos nunca. Y no me vengan con acusaciones de conformismo y de falderismo al sistema. Claro que hay cosas que podemos cambiar y tratar de llevar mejor. Por supuesto que debemos luchar por ello. Pero hay ciertas cosas, que siempre estarán ahí.

La simple naturaleza humana, su condición de mamífero evolucionado, trae consigo una amplia retahíla de crueldades y abusos. Aunque nos empeñemos en querer “domar” lo que somos, y hacer de nuestra existencia algo trascendental o armonioso, no dejamos de ser animales muy bien adaptados, y punto.  La dictadura de la adaptación se impone siempre. Y no entiende de éticas, moralinas ni conciencias.

Cuando un macho domina a otro (de palabra o acción),  sigue escupiendo testosterona como Iguazú. Cuando a tu dama se le atraganta el tic tac, se la suda si estáis en paro, o crío o profe de yoga, tu verás. La cooperación sólo es el último recurso de una especie acostumbrada a competir.  Tu vas a seguir gritando como un macaco en celo los goles de Falcao, y ella va a seguir parándose en los escaparates de vestidos de novia y zapatos. Tu vas a seguir poniéndote berraco con las reposiciones de “Los vigilantes de la playa”, y a ella sólo le parecerá atractiva tu nostalgia si esta macerada en metro noventa, barba de tres días y ojos azules. Man-que  jo-da. Y no se me pongan dignos. Puede que no absolutamente todo el mundo sea así. Puede que regalaras tus pelotas  hace mucho y puede que Lourdes ahora quiera ser Manolo. Pero nuestra naturaleza sigue ahí. Huir de esa carga genética no sólo es absurdo, sino también ridículo. Nos creemos por encima de nuestro instinto y nuestra historia. Pocas cosas me son tan arrogantes que un ser humano que reniega (ya sea por orgullo o  ignorancia) de su condición animal.

Y ya que no podemos cambiar esto, coño, cojámosle el gustillo. Aceptemos su presencia y aprendamos a quererlo. Ya que no podremos librarnos de ello.

Un buen ejemplo de lo que trato de contarles, lo reconocí  en una entrevista digital al señor Carlos Boyero, uno de los pesos pesados del cine en España. Crítico desde hace muchos años (pasó por El Mundo y ahora en El País), respondía  a una pregunta de una ¿ingenua? mujer.

-Sr Boyero: este fin de semana me ha invitado un amigo a cenar a su casa.El pone la cena y yo la peli. ¿Qué película me aconseja? Realmente lo que quiero es quedarme a dormir…
 
-Nada más entrar hágale una mamada como Dios manda.

Y algo más sobre como después de follar podían ver lo que quisieran. Pero vamos al caso. He de reconocer que la contestación puede ser, digamos “brutalmente honesta”.  Y seguramente a la chicuela le gustaría que al susodicho le adviniera la pasión con “Shakespeare in love” o se pusiera bruto con “9 semanas y media”. Pero lo cierto es que si te quieres quedar a dormir, por duro, superficial o sexista que parezca, lo mejor que puedes hacer es seguir el consejo del señor Boyero. Y a eso voy.

El ser humano se acostumbra a lo bueno, y cuanto menos le pides, menos da, es ley de vida. Por eso la mediocridad nos parece tan interesante. Por eso se nos dislocan los pulgares en el móvil y nos dan miedo los libros. Por eso buscamos estar encerrados cinco horas en una sala con la música a todo volumen. No sabemos  hablar ni que decir. Queremos acallar y ahogar las voces. No sabemos como tragarnos nuestra propia mierda. Mi recomendación, pónganle una buena salsa.

O aprendemos a reconocer nuestras limitaciones y a cogerle un poco de cariño a nuestros absurdos dramas, o mejor será pegarse un tiro. O aceptamos nuestra condición animal y empezamos a comprender que esto no es Hollywood, o mejor será saltar por el precipicio.  O entendemos de una vez que somos el grano en el culo del último mono de una larga historia evolutiva  y que el planeta no está ahí para hacernos felices, o mejor será mandarlo todo a la mierda.

Esa mierda a la que desde ya, la tienen que ver con otros ojos.

Pues eso.

JJG.

Anuncios

3 pensamientos en “El penúltimo ardid

  1. Oihana dice:

    No podría estar más de acuerdo, mucho ánimo chico interesante!
    P.d; A mi la nostalgia sin macerar también me pone, que conste

  2. […] ¿Me van siguiendo? Aunque en una parte limitada de la sociedad actual la mujer pueda valerse por si misma para ella y su descendencia, y no necesite de las comodidades económicas que representa un macho adinerado, ese poso queda y es insalvable. Entiendo que no sea plato de buen gusto aceptarlo, ya que en términos estrictamente éticos no es lo más deseable. Si les sirve de consuelo a mi tampoco me hace mucha gracia volverme tonto del culo al ver unos grandes pechos, una cara dulce y una falda corta, pero es lo que toca. La naturaleza y la supervivencia a menudo poco tienen que ver con la ética, y aquí cada uno tenemos lo nuestro. Como dije en su día, hay que aprender a aceptar, e incluso amar, nuestra mediocridad implícita. […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: