Deportes nacionales (6): Los espabilados

Buenos días, tardes o noches, según les toque. Regreso de Flandes con un nuevo episodio de mis deportes nacionales bajo el brazo. Y aunque no negaré que en una acción de marketing desinteresado siempre trato de dar una importancia especial a todos los capítulos de esta serie, esta vez lo hago de verdad. Quienes bien me conocen saben que es una disciplina que me machaca y tortura sin medida desde hace ya algún tiempo. Me repugna su trasfondo y me fascina su capacidad sin igual de ganar adeptos, de transimitir el virus.

Ojo no me confundan con su primo el sevillano, aquel que hace poco les aseguró firme, mientras limpiaba resacoso los restos del vinito de su camisa a rayas, que esa noche se había bebido lo menos cien copas, y había compartido cama con no menos virtuosas zagalas.  Atención con lo que la que suelto, que va en serio. Posiblemente sea el mayor mal de nuestro tiempo, la epidemia más grave de nuestros días. Al menos en lo referido al terreno social de esto nuestro país.

Hablo, por supuesto, de mis amigos “Los espabilados”. Todos conocemos a más de uno de estos individuos, y lo peor de todo, más de una vez hemos pensado en darle puerta a la poca mierda tiesa que nos quedara en la cabeza y contagiarnos gustosos, unirnos a la secta. Posiblemente este punto sea lo que más me repatee del asunto. La enorme animadversión que pueden generarme estos individuos no viene si no del hecho de que más de una vez, he pensado en cambiarme de acera. Y es que seduce, seduce mucho. Y me jode, me jode más.

La historia viene de lejos. Ya en el siglo XVI se convirtió en un tema recurrente en el arte español. La picaresca, con El Lazarillo de Tormes… como su exponente principal, empieza a ser aceptada y expuesta. Y desde entonces hasta nuestros días se ha convertido en una de las costumbres más arraigadas en mis compatriotas.

El empleo de términos rozando el eufemismo para referirse a ladrones, piratas, trileros y mentirosos, fue el principio de todo. La cosa empezó con el pillo, el pícaro, el listo, el espabilado. Y a día de hoy se ha convertido en un way of life capaz de justificar o enmascarar las actitudes más deleznables en un ser humano.

“Quien no corre, vuela”, “No voy a ser el único justo en un mundo de tramposos”, “A ver si espabilas”, son expresiones que estamos acostumbrados a escuchar, y, en el mejor de los casos, a aceptar resignados. Parece ser que si no eres lo suficientemente hijo de puta te has quedado sin invitación para lo bueno en esta vida. Porque, no jodamos, a la hora de competir por lo que sea (la guapita, el puesto de trabajo, meter un gol o entrar a las rebajas) los principios éticos no son sino un tremendo lastre. Y es que esa ética, te hace libre ante tu verdad y tu conciencia, pero esclavo de quien no las ajunta.

Evidentemente habrá quien minimice todo esto, pero les propongo un ejercicio. Piensen toda la mierda que queda tapada bajo la alfombra del espabilado estándar. La próxima vez que se encuentren con un exitoso espabilado, piensen o indaguen sobre lo que tuvo que hacer para llegar hasta allí. En resumen, cuando quieran volar mientras otros corren, piensen en cuántas cabezas ajenas se apoyan para despegar.

Y no me malinterpreten. No pretendo restringir el comportamiento humano a un residuo soso y monjil. Admiro la comedia y la perspicacia como el que más. Valoro la inteligencia innata y el carisma humano. Es tremendamente divertido ser un poco canalla (ahora soy yo el de los eufemismos). Y, sobretodo,  es fundamental sacarle  jugo a la vida. El problema es cuando no ponemos límites a las actitudes aceptadas en este ámbito inofensivo al que me refiero.

Luego, eso sí, es cojonudo contemplar como el listo de turno se queja airado sobre la corrupción política y los lobbys empresariales, mientras, tan listo él, a su pequeña escala, adopta (y fomenta) las mismas actitudes que critica en tan “horribles” individuos. Si me lo encuentro es mío, no es mi problema, que hubiera estado más rápido, no soy una ONG. Y luego lloros. Es probablemente lo mejor de todo. Que siempre hay uno más listo. Y  es entonces cuando nos acordamos de la moral y el buen rollo.

Pero lo jodido de verdad es cuando te acuestas por las noches diciendo que se acabó. Que te has cansado de que el espabilado se lleve todo lo que tú quieres. Todo por lo que luchas. Y más de esta forma. Hasta aquí. Ya no me vacilan más. Ya no voy a ser el más tonto. Y así.

Algún día vamos a amanecer todos tan espabilados, que será difícil encontrar al más tonto.

Eso les digo.

JJG.

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