Archivos Mensuales: septiembre 2013

Deportes nacionales (7): “El buenrollista cosmopolita”

La vuelta es jodesta. Y no digo ni del verano porque no tiene por qué narices haberse terminado el mismo, ni digo de vacaciones porque pueden quedarte otro porrón de días. Destinados estos, para que le cojas más asco adictivo a no hacer nada, si cabe. Me refiero a cuando vuelves. Tampoco tiene que ser necesariamente de un sitio físico (y más tal y como está el asunto), simplemente cuando vuelves a la rutina titular, la del “resto del año”.

Y durante este periodo de adaptación y acomodamiento, surgen enormes obstáculos para tu recolocación.

Que has echado panza, y se acabaron las frituras y las cañas como desayuno comida y cena. Y el copazo de postre, también.

Que el aburrimiento es atroz, tengas o no gran cosa que hacer. Simplemente, te cuesta disfrutar sabiendo la que se te viene encima.

Que cuando tratas de matarlo, no están ni él ni ella para remediarlo.

Que en tu infinito pacman mental, habitualmente agravado por el tiempo libre, sigues buscando el momento. Cuándo ocurrió todo.

Que empiezas a ver fotos, joder. Y, sobretodo, que mientras te pones moñas con todo el asunto, aparece ese ser repugnante. Ese individuo que consigue que cambies tu melancolía de puesta de sol por auténtico rechazo homicida. Hablo, evidentemente del puto buenrollista cosmopolita.

Si señores, este ser es capaz de sacar lo peor de cualquier persona pseudo-digna que se vista por los pies. Y no me pongan caras raras, que saben de quien les hablo. Todos conocemos uno, o dos, o, Dios no lo quiera, es familia.

Si no, les propongo un ejercicio. Dediquen unos minutos a su plataforma favorita de moñismo nostálgico. Ya sea dándole a facebook, twitter, tuenti, o la variante que consideren más digna (ja). Ponte a repasar las fotillos de tu verano. Ya sean las cutres que te mandan por el whatsapp, o las sacadas con el camarón lanzamisiles que les sajaste a tus padres cuando pensaste que lo tuyo era fotografiar atardeceres y ponerlos en sepia. Genio.

Al caso. Mientras tus niveles de quejumbrosa autocompasión van aumentando, te da por echarle un vistazo a las correspondientes imágenes de aquel compañero de instituto, del primo Juan, o de tu colega el de Puerto Banús, aquel que antes se fue un par de semanas a la India a “coger perspectiva”. Y ya me estoy calentando sólo de pensarlo. Y si haces el ejercicio, me entenderás.

A por ese voy, a por el cretino de la perspectiva. Y ya no solo por las ínfulas pretenciosas en lo que viene siendo un “porque puedo y me apetece”. No. Es sobretodo por el tratamiento posterior del viaje. Y que nos comemos el resto.

Como he explicado, el primer indicador de que estamos ante un buenrollista cosmopolita de verdad son las fotos. ¿Qué fotos? se estarán preguntando.

Bien, aunque no me deje bien parado, ya que yo siempre fui de ponerme plasta con las palabras, y menos de la nikon, según parece, una imagen vale más que mil palabras.

Sustitúyase la silueta por la imagen sonriente de nuestro campeón de hoy.

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Poco más que añadir. Supongo que en la mente del pusilánime estándar consigue colar la idea del buen rollo internacional. Pero lo cierto, es que si miran un poco más, las imágenes transmiten una hipocresía y un “que bueno soy” que dan bastante asquete. Probablemente luego probarían a desparasitarse en casa.

Luego ya, cuando tienes la mala fortuna de tener que tratar con estos individuos, compruebas que el pestillo que dejan las fotos, no es nada más que el cuerno del monstruo. La historia suele seguir por una serie de frases enlatadas referidas al ciudadanismo sin fronteras, dignas de una campaña publicitaria de Ikea sobre biblias. La bola va creciendo cuando les da por hablar de costumbres ancestrales en términos made in Wikipedia, y Dios no lo quiera, con un nuevo acento super internacionalista de la muerte. De la muerte que empiezas a desear para ti, con tal de no tener que aguantar más sandeces. Pero no se me distraigan de lo importante. Ellos han ido “más allá”, y, sobretodo,  tu no.

Los medallistas de nuestra disciplina  de hoy son además capaces de desenvolverse maravillosamente en casi cualquier contexto. No sólo viven de las fotos con niños negritos luciendo pulsera de todo incluido. No tienen necesidad de viajar a Brasil, India o el Congo para ejercer el más funesto de los postureos. Son capaces de colarte su buen rollo humanitario en una foto con unos chavales negros, que el lumbreras consideró grafiteros underground, aunque sea en un bar del 16eme. Ay Dios mio, llévame pronto.

Pero vaya, que como siempre, el problema es que cuela. El primer problema de no ser uno mismo, no es fingir, no es ser otro, no es perder esencia, el primer problema es que siempre habrá una multitud dispuesto a zampárselo. Y así, es difícil resistirse, supongo.

Y que si, que me jode que estos payasos vayan  a la India o Brasil y yo no. ¿Qué pasa?

Bueno.

JJG

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Donde siempre (relato)

Bajé del coche y me estiré ampliamente.  El viaje me había dejado hecho polvo.  Supongo que sólo había conseguido llegar gracias al entusiasmo que tenía inexplicablemente asociado a mi llegada. No me lo explicaba. Y sabía que no me lo explicaría más tarde.

Mientras descargaba el maletero comprobé lo entumecido que tenía el cuello. Cargué con la vieja maleta, y tras dejar atrás la verja apoyé mi carga y busqué las llaves. Solté mi equipaje en el primer sitio que pude, convencido de mi caída sin remedio contra la vieja cama rechinante. Pero lo cierto es que tenía que salir. Y nada importa antes del pero.

No me llegué a quitar del todo la zamarra y me la enfundé de nuevo. Busqué cerillas en el cajón de la cocina y salí por la puerta. Bajé unos pasos por el césped hasta que las luces de la solitaria farola no me deslumbraran. Tras tres torpes intentos con las respectivas cerillas encendí el cigarro y di una larga calada mientras se elevaba mi mirada. Primero al horizonte, dónde se intuía la vetusta ermita, y después al cielo. El viento alborotaba los árboles y los crocoteos se mezclaban con los aullidos en un extraño silencio. Echaba de menos uno  de esos momentos para hablar con Dios. O como lo quiera llamar cada uno. Quizás sólo era una escena para susurrar soplapolleces esperando ser escuchado. Sería la primera de muchas. Joder, ¡cómo lo echaba de menos!.

Abrí la cama y cerré la ventana al tiempo que el viento me traía un último suspiro de las madreselvas.

 

 

Me cambié apresuradamente tras la ducha. Para variar bajaba tarde y ya me estarían esperando desde hacía rato.  Al salir, agradecí sin medida la fresca noche que la luna traía, y, en compensación, decidí caminar hasta mi destino. Tarde ya llegaba igual.  Durante mi camino saludé con una caricia a un chucho que vino a verme y se me dibujó una sonrisa al ver las caras iluminadas de la chavalería que jugaba en la plaza. A pesar de todo.

Levanté la mirada, y al fondo ya me hacían señales. Esa misma gente con la que hasta hace bien poco yo mismo correteaba por esa misma plaza. A pesar de todo. Mi gente.

Llegué, saludé, abracé un botellín, y me senté. La sonrisa me acompañó toda la noche.

 

 

Apoyé el vaso para recoger lo que quedaba de la copiosa comida. Cambié y bajé un poco la música. Mi amigo ya estaba esperándome sentado. Tras servir las copas, me ofreció un cigarro y fumamos mientras hablábamos.

Supongo que, a pesar de hablar mucho y muchas veces durante mi estancia, no nos llegamos a contar nada importante. Igual nada lo es.  Daba igual lo que dijera. Daba igual lo que dijera. Las sonrisas a medias lo decían todo. El caso es que es mi amigo, hacía mucho que no le veía y dentro de poco pasaría mucho tiempo hasta que le viera otra vez.

 

 

Ahí estaba otra vez. Rodeado del gentío, probando a bailar las de siempre con los de siempre. Con los que no veía nunca, con los que veía poco, con los que veía siempre. Con mi gente. Con los de siempre. Todos ellos se convertían durante lo que duraba el contexto, quizá por costumbre, quizá por el romanticismo absurdo de uno. Era como siempre, y me encantaba.

Bailamos, compartimos abrazos, empujones, coñas y batallitas. Y, cómo no, entre tanta jarana, y sin buscarla, apareció ella. Cargado con la pesada certeza de que aunque consiguiera engañarla nunca me miraría como ha mirado a tantos otros, deserté resignado.

Mientras me subía la cremallera del pantalón, y me encendía otro cigarro cargado de culpabilidad, las luces del verbeneo iluminaron los montes del horizonte, y con la música de fondo, me dieron las diez y las once.

 

 

 

Había tenido un extraño sueño relacionado con una especie de coche volador. A pesar de lo turbador del asunto, traté de reengancharme al sueño sabiendo lo que me esperaba. Para retrasar lo inevitable y necesario. Al final, capitulé sin remedio, hice lo que debía, y subí al coche para partir.

Mientras veía alejarse primero la cruz, y luego, uno a uno, los prados donde había buscado animalillos noches atrás, la puta de la nostalgia vino a visitarme, en la curva de siempre.

Lo cierto es que no había hecho nada especial. La fiesta no había sido tan salvaje como otras veces. No había trastadas producto de un aburrimiento sin siesta. No había tenido épicos partidos de fútbol cada tarde en las eras. No había tenido corazón al que intentar llegar insistente, como otras veces, con esa correspondencia a medias. Ni mucho menos esos besos robados que te dejaban cara de tonto durante el próximo mes. Ni mi amigo es uno solo ni ella es una sola.

Pero, a fin de cuentas, la sensación era tan jodesta o más que cuando había tenido todo eso. No me lo explicaba. Y sabía que no me lo explicaría más tarde. Y será una de muchas más. Como siempre con los de siempre.  Y pasará lo de siempre. Y se ve que me encanta. 

 

 

 

Dedicado a toda la gente con la que he compartido este magnífico verano, durante más o menos tiempo, con mayor o menor intensidad. Agradecido. Nos vemos pronto. Donde siempre.

Chimeneas (Mi pueblo:El Royo (Soria))

 

Eso.

JJG

 

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