Donde siempre (relato)

Bajé del coche y me estiré ampliamente.  El viaje me había dejado hecho polvo.  Supongo que sólo había conseguido llegar gracias al entusiasmo que tenía inexplicablemente asociado a mi llegada. No me lo explicaba. Y sabía que no me lo explicaría más tarde.

Mientras descargaba el maletero comprobé lo entumecido que tenía el cuello. Cargué con la vieja maleta, y tras dejar atrás la verja apoyé mi carga y busqué las llaves. Solté mi equipaje en el primer sitio que pude, convencido de mi caída sin remedio contra la vieja cama rechinante. Pero lo cierto es que tenía que salir. Y nada importa antes del pero.

No me llegué a quitar del todo la zamarra y me la enfundé de nuevo. Busqué cerillas en el cajón de la cocina y salí por la puerta. Bajé unos pasos por el césped hasta que las luces de la solitaria farola no me deslumbraran. Tras tres torpes intentos con las respectivas cerillas encendí el cigarro y di una larga calada mientras se elevaba mi mirada. Primero al horizonte, dónde se intuía la vetusta ermita, y después al cielo. El viento alborotaba los árboles y los crocoteos se mezclaban con los aullidos en un extraño silencio. Echaba de menos uno  de esos momentos para hablar con Dios. O como lo quiera llamar cada uno. Quizás sólo era una escena para susurrar soplapolleces esperando ser escuchado. Sería la primera de muchas. Joder, ¡cómo lo echaba de menos!.

Abrí la cama y cerré la ventana al tiempo que el viento me traía un último suspiro de las madreselvas.

 

 

Me cambié apresuradamente tras la ducha. Para variar bajaba tarde y ya me estarían esperando desde hacía rato.  Al salir, agradecí sin medida la fresca noche que la luna traía, y, en compensación, decidí caminar hasta mi destino. Tarde ya llegaba igual.  Durante mi camino saludé con una caricia a un chucho que vino a verme y se me dibujó una sonrisa al ver las caras iluminadas de la chavalería que jugaba en la plaza. A pesar de todo.

Levanté la mirada, y al fondo ya me hacían señales. Esa misma gente con la que hasta hace bien poco yo mismo correteaba por esa misma plaza. A pesar de todo. Mi gente.

Llegué, saludé, abracé un botellín, y me senté. La sonrisa me acompañó toda la noche.

 

 

Apoyé el vaso para recoger lo que quedaba de la copiosa comida. Cambié y bajé un poco la música. Mi amigo ya estaba esperándome sentado. Tras servir las copas, me ofreció un cigarro y fumamos mientras hablábamos.

Supongo que, a pesar de hablar mucho y muchas veces durante mi estancia, no nos llegamos a contar nada importante. Igual nada lo es.  Daba igual lo que dijera. Daba igual lo que dijera. Las sonrisas a medias lo decían todo. El caso es que es mi amigo, hacía mucho que no le veía y dentro de poco pasaría mucho tiempo hasta que le viera otra vez.

 

 

Ahí estaba otra vez. Rodeado del gentío, probando a bailar las de siempre con los de siempre. Con los que no veía nunca, con los que veía poco, con los que veía siempre. Con mi gente. Con los de siempre. Todos ellos se convertían durante lo que duraba el contexto, quizá por costumbre, quizá por el romanticismo absurdo de uno. Era como siempre, y me encantaba.

Bailamos, compartimos abrazos, empujones, coñas y batallitas. Y, cómo no, entre tanta jarana, y sin buscarla, apareció ella. Cargado con la pesada certeza de que aunque consiguiera engañarla nunca me miraría como ha mirado a tantos otros, deserté resignado.

Mientras me subía la cremallera del pantalón, y me encendía otro cigarro cargado de culpabilidad, las luces del verbeneo iluminaron los montes del horizonte, y con la música de fondo, me dieron las diez y las once.

 

 

 

Había tenido un extraño sueño relacionado con una especie de coche volador. A pesar de lo turbador del asunto, traté de reengancharme al sueño sabiendo lo que me esperaba. Para retrasar lo inevitable y necesario. Al final, capitulé sin remedio, hice lo que debía, y subí al coche para partir.

Mientras veía alejarse primero la cruz, y luego, uno a uno, los prados donde había buscado animalillos noches atrás, la puta de la nostalgia vino a visitarme, en la curva de siempre.

Lo cierto es que no había hecho nada especial. La fiesta no había sido tan salvaje como otras veces. No había trastadas producto de un aburrimiento sin siesta. No había tenido épicos partidos de fútbol cada tarde en las eras. No había tenido corazón al que intentar llegar insistente, como otras veces, con esa correspondencia a medias. Ni mucho menos esos besos robados que te dejaban cara de tonto durante el próximo mes. Ni mi amigo es uno solo ni ella es una sola.

Pero, a fin de cuentas, la sensación era tan jodesta o más que cuando había tenido todo eso. No me lo explicaba. Y sabía que no me lo explicaría más tarde. Y será una de muchas más. Como siempre con los de siempre.  Y pasará lo de siempre. Y se ve que me encanta. 

 

 

 

Dedicado a toda la gente con la que he compartido este magnífico verano, durante más o menos tiempo, con mayor o menor intensidad. Agradecido. Nos vemos pronto. Donde siempre.

Chimeneas (Mi pueblo:El Royo (Soria))

 

Eso.

JJG

 

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Un pensamiento en “Donde siempre (relato)

  1. […] empiezas a ver fotos, joder. Y, sobretodo, que mientras te pones moñas con todo el asunto, aparece ese ser repugnante. Ese individuo que consigue que cambies tu melancolía de puesta de sol […]

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