Archivos Mensuales: abril 2014

Dejen que Barney sea Barney

Al menos hasta que él quiera.

Muy buenas queridos lectores, vuelvo con un nuevo delirio. Este concretamente, se trata de un delirio de reivindicación. Y por supuesto, de homenaje. Como los más listillos habrán deducido, el asunto guarda cierta relación con la magnífica serie “Cómo conocí a vuestra madre”. Serie que aunque llevaba renqueante desde (al menos) su cuarta temporada, nos ha dado momentos maravillosos. Hasta que hace bien poco llegó su final, cumplió su papel de metadona de “Friends” de forma más que honrosa.  Y esto amigos, no es poco de pavo.

 

 

El final del que les hablo, por supuesto, ha traído cola. Tiendo a suponer que se la quisieron jugar para hacer algo “distinto” al final de cuento de hadas, y les salió una torpeza mayúscula. Precipitado y obtuso. En resumidas cuentas, como a casi cualquier fan de la sitcom de la cbs, el último capítulo no me gustó.

Partiendo de esta base (y aquí llegan los spoilers), hay un pequeño matiz en el que considero que acertaron. No pretendo sentar cátedra con ello, pero desde luego, tal y como yo lo quise entender, me convenció.

Para a los que el asunto les pille de nuevas, croquis rápido. Barney es el hombre más mujeriego sobre la faz de la tierra. Le gustan las mujeres, y su vida gira en torno a ello. Probablemente disfruta más convenciéndolas para hacer algo que haciéndolo. Para ello da todo su esfuerzo y lo mejor de sí. Hasta tiene su propio libro de jugadas.

Además de todo esto, es un empresario de éxito, elegante vividor, amante del buen rock and roll, generoso con sus amigos, y un hombre activo y creativo.

El caso es que llegados a un punto se enamora de una amiga habitual de su círculo cercano, Robin. Durante más temporadas de las deseables, el culebrón se alarga para acabar el penúltimo capítulo con bodorrio de los que empiezan con lágrimas y acaban con corbata en la frente. Todo esto, para joderlo todo en el último capítulo, en el que se explica que tras unos años de matrimonio complicado, la cosa acaba en divorcio. Y Barney, cómo no, vuelve a las andadas. Una pena, sí. Pero vuelve a ser Barney.

Aquí hay dos puntos que me encantan. No por bonitos ni idílicos, si no por bellísimamente mediocres.

En primer lugar, por mucho que se quieran, se amen, se complementen (durante cuatro putas temporadas), las cosas se joden. Tendemos a pensar que si hay amor está todo hecho, y si así fuera yo seguiría con la primera chica a la que besé. De la misma forma que hay veces que la gente se merece algo más que la verdad (Batman dixit), para mantener una pareja hace falta mucho más que amor, y a veces ni por estas.

Por otro lado, y a dónde quiero ir a parar con todo el asunto, dejemos a la gente ser lo que son. Entiendo que con tanta comedia romántica e historias de vampiros in love roncando la mandarina, al final estemos todos un poco majaras, de acuerdo. La influencia está ahí y es difícil obviarla.

Ahora bien, y no jodamos. Aceptemos de una vez que no todo el mundo está hecho para poder llevar una relación estable. Es más, ni siquiera para ser feliz dentro de ella, por mucho que se quiera al cónyuge. Dense cuenta de que hay gente que está satisfecha viviendo de flor en flor, o simplemente dentro del marco de una tan jodida como libre soledad.

Barney es un claro ejemplo de lo que trato de exponer. Tanto sus amigos en la serie como el espectador medio, tendía a sentir cierta lástima por el Barney ligón. Ya que, partiendo de una deducción puramente megryana, todo apuntaba a que así no podía ser feliz y que sólo trataba de llenar vacíos existenciales a base de sexo.

Una vez mas, volvemos a caer en la trampa de la felicidad. De la puta de la felicidad. De nuevo comprendo que con tanto psicólogo porteño de oficio cuentacuentos, y tanto Will Smith superándose a sí mismo, a la mayoría se le ponga dura con aquello de la felicidad. Pero la felicidad no es si no un monstruo difuso, el concepto abstracto por antonomasia, la intención que se supone que cuenta.

De esta forma, un hombre adulto que está satisfecho (no diré feliz), con lo que hace, que dedica esfuerzos a lo que le gusta y es bueno en ello, no debería de ser motivo de  esa lástima condescendiente. Una persona que vive contenta con su forma de ver las cosas, es congruente con ello, y sobretodo,  asume las consecuencias, no tiene porque necesitar ayuda de nadie. Y menos aún de quien vive enamorado de la flexión número mil de Tom Cruise.

 

 

No quiero decir que el camino del amor y la felicidad con chucho y jardín esté necesariamente equivocado. Algo bueno debe de tener, seguro. Sólo susurro, si me dejan, que aunque sea por absurda rebeldía, entendamos que quien no lo sigue puede sentirse tan completo o más que aquellos que disfrutan del Qashqai.

Ahora es cuando para aportar credibilidad a todo el rollo, les debería de contar que vivo feliz con mi pareja desde hace tres años y que todo esto es producto de una reflexión objetiva y desinteresada. De lo contrario pensarán que todo se trata sólo de la huella que deja la soledad, l fracaso. De un cínico intento por justificar un modo de vida con el que no se puede ser feliz. Absurdo sería valorar los argumentos expuestos si puedo juzgar al emisor de amargado, además de  desagradable a la vista y consumado onanista. Todo el mundo sabe que nada apoya menos una argumentación que ser feo, gordo o meterla poco tirando a nada. O todo junto.

 

 

Puede que tengan razón, quién sabe. Eso sí, en mis trece. Mientras lo tenga claro, dejen a Barney que sea Barney.

 

Pues eso.

JJG