En defensa de los (mis) vicios

Regreso impuntual (para variar) a la cita con mi alivio personal. Como siempre, lamento el retraso. Esta vez no lo atribuiré a la falta de tiempo o de inspiración artística en un absurdo intento por hacerme el interesante, ya saben, simplemente lo soy. Dejémoslo en que con más frecuencia de la que nos gustaría, encontramos agradables obstáculos personales, de esos que cuesta considerablemente salvar o atravesar, y que desde luego ni nos hacen avanzar demasiado, ni merecen rédito alguno.

Regreso cargado de ideas y con muchas ganas. En el coco manejo las siempre habituales reflexiones, tan pretenciosas como sinceras. Tengo en mente algo de cine, recuperar la sección de moda, más hombres de verdad, mi complicada relación con Podemos, incluso una potente cursilada. También tengo a punto de caramelo un sucedáneo de crónica gastronómica del último fin de semana, me parece muy de recibo incluir el buen comer y el buen beber como uno de los mantras absolutos del blog.  Así que si me iban cogiendo cariño mientras estaba calladito, no se preocupen que les volveré a dar razones para pensar por qué cojones siguen leyendo a este cretino.

Pero antes de nada, les ofrezco otra de esas peroratas biliosas al respecto de actitudes tan molestas como recurrentes en mis “semejantes”. Esta vez no estará incluido dentro de mis amados “Deportes Nacionales” ya que al tratarse de una suerte de new wave tocapelotas, no puedo considerarla una costumbre arraigada por el momento. Y, por qué no decirlo, confío en que desaparezca, quizá para volver esporádicamente y de nuevo diluirse, como los pantalones de campana.

De un tiempo a esta parte, se habrán fijado, la gente va renegando de los vicios ancestrales de práctica habitual. Probablemente atraídos por esta nueva moda del fitness como forma de vida, vicios tan jodidos como dignos llevados con moderación, están al borde de la ilegalidad social. Últimamente me emociono cada vez que encuentro a un tipo de treinta y pocos que sigue jugando de vez en cuando con sus colegas al fútbol-cañas, y no se está preparando una media maratón. Definitivamente, el runner antivicio se reproduce por esporas.

Y ojo no me malinterpreten. Soy un convencido defensor del deporte como parte importante de la vida del ser humano que pueda permitírselo. Practico o he practicado regularmente más de diez deportes distintos a lo largo de mi limitada experiencia vital, y puedo hablar con cierta propiedad al respecto. Además, creo firmemente en la importancia de llevar una buena alimentación, saber lo que se come y el efecto que tiene sobre nuestro cuerpo. Vaya, que me encanta hacer deporte, comer bien y cuidarme en general.

Eso sí. Si salgo a cenar, ceno lo que me da la gana, me tomo un par de copas de vino, quizá un combinado al final, y si se tercia, algún cigarro durante el mus. Si salgo de fiesta, me tomo mis respectivas copas y fumo los cigarros que considero necesario. ¿Son costumbres saludables? respuesta fácil, no. Mi respuesta, pues oiga, según como se vea.

Con cada vez más frecuencia me encuentro personas que me miran como si fuera una especie de monstruo-yonqui por mantener orgulloso estos vicios. Y, honestamente, me repatea. Y más viniendo de personas que van a analgésico diario ya que tienen las rodillas destrozadas a base de entrenar por encima de lo recomendable. Evidentemente el alcohol y el tabaco no son los mejores aliados de una correcta salud, sobretodo cuando su consumo supone una adicción. Sin embargo considero que en unas proporciones razonables y controladas, desde luego no van a aportar maravillas a tu salud física, pero si pueden hacerlo a nivel mental. A pesar del bombardeo televisivo que trata de convencernos que te tomas unas copas de más, y en 2 meses estarás  mendigando vagabundo por una gota de alcohol, o incluso robando la televisión a tu abuela pensionista para comprar algo de jaco, esto no va así. Yo soy el primero que siente rechazo hacia el borracho habitual, el fumador compulsivo o el mórbido que ni respira para zampar. Sería ridículo negar las catastróficas consecuencias que tienen el acoholismo o el tabaquismo para el ser humano, ahí están las cifras. Pero me parece igualmente innegable que su consumo moderado puede aportar una chispa maravillosa a la vida, siempre con responsabilidad.

Y es que eso mismo debe ser un vicio, una responsabilidad, un contrato con uno mismo. Al igual que ocurre con esa preciosidad salvaje y de salud mental difusa que ignoras como narices se fijó en ti, sabes que no será bueno a largo plazo, que no debes encariñarte. Sabes que de hacerlo, te joderá la vida a ti y a quien te quiera para entonces. Pero de la misma forma, si tienes los arrestos de no dejar que se te suba a la chepa, de limitar la relación a magreos esporádicos, o de regularidad amplia,  de disfrutar puntualmente de la compañía mutua, puede suponer una experiencia, un combustible magnífico. Seguramente te quite años de vida, pero no querrás cambiar nada de los vividos.

Hemingway en Pamplona, empinando el codo en buena compañía.

Lo cierto es que muchos de estos vicios denostados (descartemos las drogas duras) han hecho las veces de  lubricante creativo de artistas históricamente reconocidos, han marcado estilo y tendencia, han sido adalides de clase y romanticismo, cuando no de puro arte.

Generación del 27 disfrutando de unos pitillos

Y no nos engañemos, las tragedias asociadas a estos vicios, ya sean el alcohol, el tabaco, las carnes rojas, o los dulces, no son tanta culpa de los propios productos (que la tienen), como de quien elige consumirlos sin control ni en la dosis ni en la situación. Yo mismo tengo mis vicios (considero) razonablemente controlados, y apenas noto consecuencias de su consumo. Cierto es que a veces la frecuencia puede escaparse de las manos, pero con 24 añitos, si no lo hago ahora, no lo haré nunca. Y quiero hacerlo. A día de hoy creo que de su mano he vivido momentos maravillosos (suena feo, pero negarlo me sonaría hipócrita, que es peor) y no está en los planes inmediatos eliminarlos de mi vida, si no restringirlos a esas ocasiones especiales en que puedan ayudar a redondear el panorama. Esa, creo, debe ser su función.

Paul Newman, con el cigarrito de después.

Por todo esto, por lo general no me fío de personas sin vicios aparentes, y apuesto por las que se hacen responsables de ellos y actúan en consecuencia.

De la misma forma que el tiempo en el único sitio que pone a cada uno es en su respectiva tumba, puede que alguno de mis vicios acabe por matarme, pero de no ser por ellos, el camino a ese final habría sido definitivamente menos interesante, y sobre todo más aburrido.

Besos.

JJG.

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