Archivos Mensuales: noviembre 2017

No es mi culpa

 

Y eso y nada más, es lo único que importa.

Asistimos confusos a un gran cambio de paradigmas en el mundo actual. Esta sentencia, por manida, no deja de ser menos cierta.  Célebres personajes, más que competentes en sus respectivos campos, avisan de la próxima revolución tecnológica e industrial, y de los efectos directos que tendrá sobre la sociedad.

La comunidad científica coincide: no podemos saber exactamente cómo cambiará el mundo en veinte años. La realidad es que ya está cambiando, y hacer hipótesis futuras puede resultar útil de cara a acercarnos lo más posible a un mundo razonablemente justo, en detrimento de las tan temidas distopías tecnológicas.

En este contexto, hay cambios o evoluciones muy evidentes, la mayoría relacionados directamente con maquinaria tecnológica. Teléfonos inteligentes, corazones artificiales, coches cuasi autónomos, incluso dispositivos sensibles a la voz que llegan a organizar fiestas autónomamente.

Se nos escapa más, por mayor grado de abstracción, el cambio social. Y no me refiero a movimientos hashgtag, ni a manifestaciones “masivas”. Pretendo incidir en lo referente al comportamiento más básico del ente social. En su sistema de valores. En la forma en la que la sociedad jerarquiza mayoritariamente sus ideas y pensamientos.

Precisamente aquí, es dónde encontramos el cambio que valoro más preocupante de cuantos nos acechan. Este escrito no pretende ser una perorata de abuelo cebolleta sobre la pérdida de los valores tradicionales. De hecho no creo que se hayan perdido en absoluto.

Los llamados valores tradicionales son (generalmente) los mismos. Simplemente, se han pervertido, tergiversado y retorcido hasta el absurdo.

Matar, robar, mentir y vejar sigue estando mal. Sólo que, de un tiempo a esta parte, son más importantes el sexo, color de piel, nivel socioeconómico e historial médico (de sospechoso y víctima) para juzgar la gravedad de la situación, que el alcance de los actos en sí. Ya no importan los hechos, si no quién o qué los protagonice, y las circunstancias circundantes.

Todo ello con un objetivo evidente. El de manipular los términos establecidos, el de subjetivizar el proceso,  relativizando y/o redireccionando la culpa en el sentido más conveniente.

Este ya no es un mundo de héroes, villanos, comparsas y víctimas. Se ha reducido la ecuación a villano y víctima, la cual se autoproclama héroe, en ausencia del mismo.

Ser una víctima no es deseable. Este sencillo axioma, tan evidente hasta ahora, cada vez tiene menos sentido. Si preguntas, seguirán diciendo que ellos no quieren ser víctimas. La realidad es que lo anhelan profundamente. La gente busca desesperadamente condicionantes vitales que justifiquen su fracaso (absoluto o relativo) en el camino hacia sus objetivos o hacia el concepto de cómo ellos consideran, debería ser el mundo.

¿Cómo se llega hasta aquí?. Como problema complejo el que tratamos, las causas y condicionantes a los que está expuesto son variados y escurridizos. Desde la postura acomodaticia de la juventud moderna occidental (que considera que la condición natural del ser humano es el estado de derecho que vela por sus derechos y libertades), hasta la difusión del posmodernismo relativista en disciplinas ajenas al que considero su verdadero campo de acción, el arte.

Sin embargo, me gustaría apuntar hacia un discurso más simple. Al concepto de libertad. Ese abstracto ente, que por su ausencia en la práctica totalidad de la existencia humana, ha sido el objetivo perseguido en los enfrentamientos globales de los últimos siglos. Todo el mundo ansiaba libertad. Pero ninguno sabía lo que implicaba. A todas luces un mal menor en comparación con su privación, pero igualmente implacable.

El radio de acción que proporciona la libertad nos obliga a elegir. La ingente oferta que existe en cualquier artículo que pretenda escoger para su vida (desde una ideología o religión, hasta una marca de cereales), conlleva una contundente consecuencia: la responsabilidad sobre la decisión tomada. Así que sí; podríamos asegurar que la libertad, por su capacidad para ofrecer opciones, implica necesariamente una responsabilidad directa en la elección de las mismas.

Y claro, el mundo no estaba preparado para eso. Hasta ahora, los culpables siempre habían sido  las diferentes bestias que impedían la libertad. Dictaduras fascistas y comunistas, guerras continuas, luchas de poder, catástrofes naturales, pobreza, falta de recursos y oportunidades… En un mundo civilizado en el que se han disuelto notablemente estos problemas (cuando no solventado completamente), la responsabilidad sobre sus respectivas existencias, recae mucho más directamente en el ciudadano que nunca antes en la historia.

Y nos pilla a contrapié. La reacción, lejos de abrazar la responsabilidad como un factor indisoluble de la libertad, ha sido buscar y juzgar nuevos culpables, cargar la responsabilidad de nuestros fracasos a un componente externo. Aquí hace acto de presencia la falaz consecuencia del título de este post: No es culpa mía, y si no es culpa mía, ha de ser necesariamente ajena.

El individuo de hoy en día gasta más tiempo y energías en buscar culpables para sus problemas, que en esforzarse por resolverlos. Esta cobarde y reaccionaria actitud, supone un tremendo retroceso en lo concerniente a la igualdad entre seres humanos. Señala a colectivos e ideologías, cuando no a sexos o razas enteras, como ese cáncer a extirpar, ese problema que casualmente justifica todo lo que no funciona en nuestras vidas.

El problema no es de ignorancia y paletismo. Dice Iñaki Uriarte que una situación habitual en su vida ha sido encontrarse con gente estimablemente inteligente defendiendo auténticas chorradas. Que probablemente esta habilidad intelectual facilita retorcer las cosas hasta justificar las ideas más disparatadas. Estamos rodeados de spin-doctors.

No es difícil encontrar ejemplos de lo que expongo. El feminismo de tercera ola ha usado torticeramente al hombre (especialmente si es blanco y heterosexual) como cabeza de turco de las frustraciones personales de millones de mujeres en el mundo. El popular ascenso de la ultra derecha en toda Europa, ha conseguido que organizaciones marginales y caducas hayan sido resucitadas por toda esa gente que sigue necesitando culpables fuera de ellos mismos. Podríamos indagar en muchos ejemplos más, hablar de Trump y el Brexit, de los refugiados, o del brutal antisemitismo de la izquierda europea. Siempre el mismo esquema. La culpa es de otro. Pero sobre todo, no es mía.

Todo por esquivar responsabilidad, por malinterpretarla. Por evitarla inmaduramente como un veneno, en vez de entenderla como un don implícito a la libertad.

Para terminar, no hay nada más lejos de mi intención que tratar de darles lecciones en este tema. Si me atrevo a asegurar tan firmemente este espasmo en nuestro sistema de valores es porque más veces de las que me gustaría, me he reconocido en esta actitud. Yo también me he visto retorciendo palabras, argumentos y valores hasta conseguir salir libre de culpa en cualquier juicio sobre mis fracasos.

¿Mi propuesta? La verdad es que no comulgo con el eslogan oficial de autoayuda post-producida, basado en presuponer que todo lo que nos ocurre es exclusivamente culpa nuestra. Considero que pensar así sólo hace el análisis de la situación más sesgado, mas falso. Y con información incompleta, siempre estaremos menos preparados para resolver la situación, más lejos de la solución, más perdidos en saber a qué nos enfrentamos.

Por supuesto, hay infinidad de factores que no podemos controlar y que juegan en nuestra contra, siempre. Ahora bien, como ejercicio, considero útil la regla generalizable del 50%. Habitualmente tenemos, al menos, la mitad de culpa, la mitad de la responsabilidad de lo que nos ocurre (para bien o para mal).

Además de suponer un necesario ejercicio de humildad, es una buena casilla de salida para iniciar la ruta.

Buen viaje.

JJG

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