Archivos Mensuales: septiembre 2018

El pijerío. Antecedentes y causas.

 

Ojo que probablemente hablamos de la primera tribu urbana (entiéndase), la más antigua de todas. ¿O acaso no es un insulto? ¿No es uno de los despectivos mas recurrentes de las invectivas de ayer y hoy? El pijo es muchas cosas. Es descriptivo, es ofensa. Es miseria y es envidia. Con todo esto y algo más, me dispongo a tratar de arrojar algo de luz sobre qué narices es ser pijo, si lo eres, si lo soy y especialmente si eso debería preocuparte un carajo.

Como habrán comprobado si comparten algo de mi patológica capacidad observadora, hay un criterio entre difuso y arbitrario sobre lo que es ser pijo en esto nuestro país. Evidentemente es un término que por su naturaleza depende de diversas e inexactas variables (ninguna suficiente por sí sola). Podríamos reducirlas, digamos, a dinero, aspecto y actitud.

El dinero sin duda es una variable influyente, quizá la más intuitiva. En las acepciones de pijo del diccionario en las que no se hace referencia a genitales, la “clase social adinerada” es un denominador común. Sin embargo, considero este componente profundamente tramposo.

Es tramposo porque ¿dónde está exactamente el límite? ¿A partir de qué nivel de renta pasamos a considerar el nivel de pijerío presente? Y antes de que los ingenieros sociales salgan con el baile de cifras, ya se lo digo yo. No hay un número, porque el que pongamos sería injusto. Uno demasiado alto dejaría a muchos dignos merecedores fuera, y uno bajo aceptaría a demasiados.

A su vez, entrarían en juego muchas variables de corte económico. No son lo mismo 2500€ viviendo en Madrid centro, que haciéndolo en Oviedo, Málaga o Toledo. O teniendo cuatro hijos y un perro que sin tenerlos. O cualquier otra responsabilidad adquirida o heredada. O sin tener acceso real a ese dinero por lo que sea (es de tu familia, no tuyo). Total, que el dinero dice pero no confirma.

Seguidamente podemos indagar en el asunto aquel del aspecto. Aquí de nuevo hay una tremenda variabilidad. Es fácil equivocarse.

Muy habitual es encontrar a gente que confunde un mínimo de elegancia y estilo con pijerío. Si tienes gusto, usas zapatos a veces, no tienes ropa brillante o hecha con cáñamo, piensas que el chándal es para hacer deporte y las botas técnicas para senderismo, pasas automáticamente a ser pijo. Esta gente ignora que ese chándal Adidas o esas botas Chiruca, seguramente cuesten bastante más dinero que el equivalente de aquellos a quienes con alegría llaman pijos.

Igual que en este aspecto creo que hay reos inocentes, también es muy habitual el pijazo encubierto. El pijo transformista que absorbe la estética de veteasabercual tribu urbana de moda, y vuelca ahí todo su potencial. Hay pijos surferos, del snow, skaters, hípsters, raperos, chonis, y sí, perroflautas. Y es que también hay vanidad en la pobreza impostada. Una de las más retorcidas.

Antistenes le enseñaba a Sócrates por orgullo su capa rota y remendada

— ¿Qué es lo que ves en mí de supérfluo? le preguntó.

 — Veo tu vanidad, le contestó Sócrates, a través de los agujeros de tu capa.

¿En qué quedamos entonces? Personalmente atribuyo una imagen “pija” al estereotipo mas clásico al respecto: Camisa o polo de corte clásico, de animalillo visible y habitualmente desabotonada más allá de lo que la elegancia puede soportar.  Pantalón vaquero o chino de colores, náuticos, castellanos, o mocasín de borlitas. Todo esto añadido a un pelo excesivamente repeinado o pretendidamente despeinado según viajemos de sur a norte. No me mola demasiado el outfit pero sin rencores, hay cosas mucho peores. Como ven, en lo referente al aspecto, reservo mi denominación de pijo para el concepto más tradicional. Esto es contrastable en que nuestros padres ya lo identificaban como tal, y nuestros hijos probablemente harán lo mismo. Estos pijos vestirán regular, pero oye, son leales al uniforme.

 

Resultado de imagen de pijos

 

Nos queda la actitud, el contexto. A fin de cuentas, creo que es lo más determinante, aunque la gente suela quedarse en los dos puntos anteriores. Y creo que esta parte se explica mejor ejemplificando algo que creo, hemos vivido todos.

Quien más quien menos conoce a gente con posibles (ya sean familiares o propios), de familias bien; que resultan ser personas naturalmente humildes y modestas. Generosas y libres de clasismo, además de honradas y trabajadoras. De risa disfrutona y lomo voluntarioso.

De la misma forma, existe gente de origen económico de lo más humilde, que sin embargo vive montada sobre una impostura titánica, una lucha de egos permanente, una pretensión jerárquica agotadora. Comúnmente pregonando su pobre origen, escupiendo culpabilidad en la boca de quien se la quiera tragar.

(Y las miríadas de puntos intermedios).

A mi modo de ver, el espíritu del pijerío genuino queda mucho más reflejado en el segundo caso, independientemente del noble origen de cada individuo.

En resumen, como pueden ver, es todo cuestión de perspectiva. Hay mucho pijo acomodado, y también mucho tonto acomplejado. Hay que valorar las circunstancias personales de cada cuál si pretendemos hilar fino al respecto, y ni así es sencillo.

Para muestra, con los años voy tendiendo a no menospreciar a la ligera los logros de quien (parece) lo ha tenido mejor que yo en la vida. Sólo hay que comprender que hay unos cuantos que lo tienen (mucho) peor que yo, y de seguro no me gustaría que trataran de anular mis méritos.

Es decir, antes de dispensar pijerío maliciosamente, conviene recordar algo sencillo:

Para la inmensa mayoría de la humanidad, el pijo eres tú. Y yo.

Pues eso.

JJG