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Deportes nacionales (7): “El buenrollista cosmopolita”

La vuelta es jodesta. Y no digo ni del verano porque no tiene por qué narices haberse terminado el mismo, ni digo de vacaciones porque pueden quedarte otro porrón de días. Destinados estos, para que le cojas más asco adictivo a no hacer nada, si cabe. Me refiero a cuando vuelves. Tampoco tiene que ser necesariamente de un sitio físico (y más tal y como está el asunto), simplemente cuando vuelves a la rutina titular, la del “resto del año”.

Y durante este periodo de adaptación y acomodamiento, surgen enormes obstáculos para tu recolocación.

Que has echado panza, y se acabaron las frituras y las cañas como desayuno comida y cena. Y el copazo de postre, también.

Que el aburrimiento es atroz, tengas o no gran cosa que hacer. Simplemente, te cuesta disfrutar sabiendo la que se te viene encima.

Que cuando tratas de matarlo, no están ni él ni ella para remediarlo.

Que en tu infinito pacman mental, habitualmente agravado por el tiempo libre, sigues buscando el momento. Cuándo ocurrió todo.

Que empiezas a ver fotos, joder. Y, sobretodo, que mientras te pones moñas con todo el asunto, aparece ese ser repugnante. Ese individuo que consigue que cambies tu melancolía de puesta de sol por auténtico rechazo homicida. Hablo, evidentemente del puto buenrollista cosmopolita.

Si señores, este ser es capaz de sacar lo peor de cualquier persona pseudo-digna que se vista por los pies. Y no me pongan caras raras, que saben de quien les hablo. Todos conocemos uno, o dos, o, Dios no lo quiera, es familia.

Si no, les propongo un ejercicio. Dediquen unos minutos a su plataforma favorita de moñismo nostálgico. Ya sea dándole a facebook, twitter, tuenti, o la variante que consideren más digna (ja). Ponte a repasar las fotillos de tu verano. Ya sean las cutres que te mandan por el whatsapp, o las sacadas con el camarón lanzamisiles que les sajaste a tus padres cuando pensaste que lo tuyo era fotografiar atardeceres y ponerlos en sepia. Genio.

Al caso. Mientras tus niveles de quejumbrosa autocompasión van aumentando, te da por echarle un vistazo a las correspondientes imágenes de aquel compañero de instituto, del primo Juan, o de tu colega el de Puerto Banús, aquel que antes se fue un par de semanas a la India a “coger perspectiva”. Y ya me estoy calentando sólo de pensarlo. Y si haces el ejercicio, me entenderás.

A por ese voy, a por el cretino de la perspectiva. Y ya no solo por las ínfulas pretenciosas en lo que viene siendo un “porque puedo y me apetece”. No. Es sobretodo por el tratamiento posterior del viaje. Y que nos comemos el resto.

Como he explicado, el primer indicador de que estamos ante un buenrollista cosmopolita de verdad son las fotos. ¿Qué fotos? se estarán preguntando.

Bien, aunque no me deje bien parado, ya que yo siempre fui de ponerme plasta con las palabras, y menos de la nikon, según parece, una imagen vale más que mil palabras.

Sustitúyase la silueta por la imagen sonriente de nuestro campeón de hoy.

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Poco más que añadir. Supongo que en la mente del pusilánime estándar consigue colar la idea del buen rollo internacional. Pero lo cierto, es que si miran un poco más, las imágenes transmiten una hipocresía y un “que bueno soy” que dan bastante asquete. Probablemente luego probarían a desparasitarse en casa.

Luego ya, cuando tienes la mala fortuna de tener que tratar con estos individuos, compruebas que el pestillo que dejan las fotos, no es nada más que el cuerno del monstruo. La historia suele seguir por una serie de frases enlatadas referidas al ciudadanismo sin fronteras, dignas de una campaña publicitaria de Ikea sobre biblias. La bola va creciendo cuando les da por hablar de costumbres ancestrales en términos made in Wikipedia, y Dios no lo quiera, con un nuevo acento super internacionalista de la muerte. De la muerte que empiezas a desear para ti, con tal de no tener que aguantar más sandeces. Pero no se me distraigan de lo importante. Ellos han ido “más allá”, y, sobretodo,  tu no.

Los medallistas de nuestra disciplina  de hoy son además capaces de desenvolverse maravillosamente en casi cualquier contexto. No sólo viven de las fotos con niños negritos luciendo pulsera de todo incluido. No tienen necesidad de viajar a Brasil, India o el Congo para ejercer el más funesto de los postureos. Son capaces de colarte su buen rollo humanitario en una foto con unos chavales negros, que el lumbreras consideró grafiteros underground, aunque sea en un bar del 16eme. Ay Dios mio, llévame pronto.

Pero vaya, que como siempre, el problema es que cuela. El primer problema de no ser uno mismo, no es fingir, no es ser otro, no es perder esencia, el primer problema es que siempre habrá una multitud dispuesto a zampárselo. Y así, es difícil resistirse, supongo.

Y que si, que me jode que estos payasos vayan  a la India o Brasil y yo no. ¿Qué pasa?

Bueno.

JJG

Deportes nacionales (5) “Los desgraciados”

Hoy estamos de celebración. Llegamos al esperado número cinco de mis deportes nacionales, nunca esperé que la cosa prosperase tanto. También es cierto que los habitantes de esto nuestro país apoyamos firmemente la causa. Es innegable el esfuerzo  y esmero que le ponemos al asunto. La caña que le damos a medrar y prosperar en la ejecución de todas esas ridículas costumbres, que tan fuertemente abrazamos.

Por ser el quinto capítulo, hoy les traigo una disciplina maravillosa. Una en la que quien más quien menos (manque joda) hemos hecho nuestros pinitos. Y es que al igual que el chavalito español recibe un balón de fútbol alguna vez en la vida, a todos nosotros nos han adiestrado (o al menos así lo han intentado) en el noble arte de lo que yo llamo “La guerra de desgracias”.

Como no podía ser de otra forma, sus participantes serán conocidos como “Los desgraciados”. Supongo que más de uno ya sabrá por dónde voy. Y es verdaderamente fascinante comprobar como en más de una conversación civilizada, suelen aparecer sin previo aviso dos o más desgraciados, dispuestos a jugar una pachanguita. Y es que estos fabulosos intérpretes aprovecharán cualquier momento para un envite, y de paso para dejar claro que lo pasan mal. Lo pasan muy mal. Bueno, concretamente lo pasan mucho peor que .

A saber, una infancia dura, unos padres autoritarios, un jefe cabrón, un profesor injusto, una sanción arbitraria, la muerte de algún familiar (aunque sea su tío tercero el del pueblo) y demás dramas telenovelescos. Podrían pensar que llegado el caso, estos seres no atacarán si no se les provoca. Puede ser. Pero créanme, es tremendamente fácil provocarles. Cualquier comentario inocente sobre tu estado al respecto de casi cualquier aspecto de la vida, puede provocar la chispa. Porque da exactamente igual por lo que hayas pasado o por lo que estés pasando, que ellos siempre lo habrán pasado peor que tú. Lo suyo sí que es sufrir, así que no te quejes, que eres un mierda. Y es que “¿Qué me vas a contar a mi?”.

Porque si tienes gripe una semana, ellos pasaron el tifus. Si tienes que estudiar  para un examen, ellos mucho más, aunque estudien un módulo de cromatismo (quiero pensar que no existe). Si lo has dejado con la novia, ellos se han divorciado tres veces. Si tu jefe te tiene un poco harto, el suyo es Hitler. Si andas triste con la muerte de tu perro, a ellos se les murió el tío Paco. Si un día pinchaste en carretera, su coche sufrió combustión espontánea. Y así hasta el infinito. Ellos siempre sufrirán en más cantidad, con mayor intensidad, y por ende, con más razones que tú. Cuanto antes asumas esta realidad, mejor para todos.

Huelga decir que en la mayoría de los casos su quejumbrosa tendencia no está en absoluto justificada. Pero como todo en la vida, si practicas lo suficiente, puedes llegar a ser un experto. Y el ancestral arte de ser un imbécil, no es una excepción. Ciertamente mantienen una habilidad sobresaliente para persuadir a sus allegados al respecto de su desgracia, llegando a convencerte (al menos en primera instancia) que son auténticas víctimas. No obstante, lo curioso de verdad es la competición. No deja de ser irónico ver cómo esta gentecilla mantiene auténticas discusiones sobre quien lo ha pasado peor, debatiendo quien ha sufrido más desgracias, o luchando por ver quién tenido peor suerte en la vida. Paradójicamente, el vencedor será el timorato que más desgracias acumule, o en su defecto, el que más trágicas las haga parecer a ojos del público expectante. Ahora bien, no jodamos. Si por un casual resulta que has tenido una “buena vida”, con sus problemas y sus marrones aquí y allá, sus pérdidas y sus dramas, sus bajones y sus obstáculos, pero en definitiva, soportable para cualquiera con un poco de amor propio, eres un auténtico mierda. Si eres feliz, o andas cerca, eres un patán y un iluso. No conoces la tragedia de la vida. La tragedia que, sin lugar a dudas, los hace mejores que tu, y que por supuesto les excusa de no haber conseguido nada de lo que habrían esperado de la vida.

Los más atentos comprobarán que esta disciplina tiene mucho en común con la practicada por los “Esclavos torturados” (la variación estival-hostelera del deporte que hoy tratamos) o con los “Buscadores de culpables”. Y lo cierto es que unas variantes se alimentan de otras sin remedio.

Por acabar con mi moralina particular, por aquello de dejarlo bonito, y a ver si cala en más de uno, recomendaré un poco de empatía. Así sin más. Aceptemos (que en muchos casos es mucho aceptar) que usted (desgraciado) lo ha pasado mucho peor en la vida que el pobre individuo que osó provocar a la bestia. De acuerdo, para usted la perra gorda. Pero debería de comprender, que lo que menos necesita esa persona, con su problemilla a cuestas, es que usted le haga sentirse todavía más mierda (o al menos así lo intente).  Y así ocurrirá si consigue convencerlo de que su problema es una soplapollez, y que si se encuentra afectado es un blandengue.

Al margen, sólo puedo entender  su reacción como una proclama de excusas. Parece ser que usted necesita gritarle al mundo que si es un fracasado es porque la vida le ha dado duro. Y no es por ser cruel, pero suena bastante patético, oiga. No estaría de más pensar en cambiar las sábanas, en vez de rebozarse en los meados. Aparte de que en muchos casos, lo que me pueda contar, en serio, no me importa una mierda.

Y ya.

JJG

Deportes nacionales (4)

Muy buenas a todos una vez más. aquí me tienen recuperando una de mis secciones más galardonadas y vanagloriadas, mis queridos deportes nacionales.

A uno cada vez le cuesta más descubrir disciplinas nuevas, ya sea debido al mínimo tiempo del que dispongo o quizás a la ya explicada dificultad en el correcto reconocimiento de algunas de ellas. Posiblemente a ambas.

El caso es que esta disciplina lleva machacándome el coco desde hace varias temporadas,  y por fin me he lanzado a por ellos. Seguramente debido a que en estos días, tan próximos a la época estival, sus mejores atletas salen a la luz batiendo sus mejores marcas pasadas, tras un paso más discreto durante el resto del año.

Y no, no hablo ni de los maníacos adoradores del sol, (esa gentucilla que considera que el hecho de no parecer una tostada es terriblemente pernicioso para la salud)  ni de los extraños seres anti-camiseta, que deambulan ‘exhibiéndose’ durante 3  largos meses, orgullosos de sus respectivas aficiones, ya sean los bollos, los esteroides o el vómito post-ingesta. No.

Estos eficientes y concienzudos deportistas están mucho más repartidos. Y aunque lo más frecuente es encontrárselos en el negocio de la hostelería, pueden ser también dependientas del Zara (si, esas que el otro día se te cruzaron en una limusina rosa con  orejitas de conejita), o ejercer  prácticamente cualquier profesión, especialmente si es de cara al público. Me refiero, como no, a los ‘esclavos torturados’.

Cecilia F., del Zara de Cerdanyola, ha llegado a causar shocks hipotérmicos con la mirada.

Esos seres desvalidos que, dado el aumento del negocio hostelero en estas fechas, se multiplican por esporas, inundando todo nuestro país. Esas pobres gentes, habitualmente de condición “NOSI” (no estudian ni han estudiado, pero sí trabajan), que viven sus vidas (incluido su turno laboral) como almas en pena, como afectadas plañideras, llorando y rogando sin parar.

Y los tenemos de todas las edades, aunque es cierto que  como los buenos vinos, con el tiempo, mejoran su técnica. Una depurada y ancestral técnica quejumbrosa, que saca de sus casillas al más bien plantado. A diferencia de otros intérpretes, nuestros protagonistas de hoy son conscientes de su condición y así se lo hacen saber a cualquier presa, que amablemente se interese a nivel de cumplido por sus vidas, aunque bien es cierto que en muchos casos no hace falta ni preguntarles. De echo en muchos casos no hace falta ni que te cuenten la historia, con ver sus modales de teutón borracho te va quedando clarito.

¿El que?. Pues es evidente alcornoque. Que son unas víctimas de este mundo cruel. Sólo ellos trabajan de verdad. Al resto del mundo le crecen billetes en las orejas. Sólo ellos tienen jefes impertinentes. Sólo a ellos les da problemas la clientela. Sólo ellos tienen que echar horas más allá de su horario. Sólo ellos tienen que aguantar a gente que no les cae bien. Y tú, tu sólo eres un afortunado más que no entiende el nivel de sufrimiento y estrés al que están sometidos, ríase usted de Auschwitz.  Tu no eres más que un adinerado pijo que pudo estudiar (para ellos se ve que educación pública hasta el bachillerato no era gratuita) y que nunca ha sufrido en la vida. Lo realmente jodido es estar detrás de la barra de un bar atendiendo borrachos e imbéciles, y trabajar mientras están todos de vacaciones (aquí vemos que a todos ellos les han obligado por decreto a elegir su respectiva profesión).

En su defensa he de alegar que conozco a muchos de ellos que son verdaderos currantes. De los de antes. De los que llegan antes y se van después. De los que están dónde deben y te sacan las castañas del fuego. De los que no tienes que explicarles como hacerlo todo. Eficiencia, eficacia.

Ahora bien, no les pidas una maldita sonrisa. Vete mentalizando, te vas a comer la cara de ‘huele a caca’ cuando le pidas unas patatas fritas, o una talla más de esa camiseta. Olvídate del buenos días o del gracias. Y más vale que Dios te ame si  se te cae un vaso o les pides amablemente que le den una vuelta mas al cacho de carne que muge en tu plato.

Por todo eso, si, se agradece vuestra dedicación. Incluso puede que seas un trabajador modelo. Pero todos trabajamos , o estudiamos, o ambas. Todos tenemos problemas y sufrimos. Y, lo fundamental,  tu concepto de las cosas me importa lo mismo que Eurovisión. Y más estando de vacaciones.  Podrías haber estudiado, o elegido otra profesión, o montarte un huerto y vivir de ello. No es mi problema que tengas que currar mientras yo libro. No tengo por qué aguantarte. Guárdate ese victimismo lastimero para quien se lo trague, y en la medida de lo posible, quédate para ti los panfletos reivindicativos de dignidad y justicia. Más que nada y principalmente, porque pagamos tu sueldo, campeón/a.

Y no jodamos, que si, que es cierto, que para quejica, yo. Que aquí nos quejamos todos. Y que sí, que hay mucho vago viviendo de las rentas. Y que hay días interminables. Y que el mundo está lleno de imbéciles. Ahora bien, me quejo con mi gente mientras disfrutamos de una sesión de DrinkMotion al aire libre y el alcohol ahoga mis penas. Me quejo dentro del coche mientras tardo dos putas horas en aparcar. Me quejo en el gimnasio, o contra el saco de boxeo. Pero no se lo cuento al cliente que menos mal me cae, o peor,  a mi compañera delante de toda la clientela. Y desde luego, no lo demuestro constantemente con mi actitud y malas formas, y menos teniendo un negocio que vive de cara al público. Por simple educación, por simple pragmatismo.

Y tal y tal.

JJG

Deportes nacionales (3)

Buenas de nuevo a todos. Con este “negro sobre blanco” que os presento, inauguro mis delirios del 2012. Esperemos que la cosa siga prosperando.

Dadas las fechas inhábiles que vivimos (al menos los estudiantes), en los que muchos hacemos del domingo el día de la marmota, y aprovechamos para dormitar y reposar con amigos y familiares, es una época más que propicia para ver cine. Y no me refiero a acercarse a la cutre multisala de extrarradio y pagar un riñón para ver la última exhibición de la asociación nacional del rifle o las nuevas tecnologías en implantes mamarios. Tampoco me refiero a visionar grandes joyas del cine en blanco y negro, con tu padre demostrándote que se sabe la película de memoria. Aunque personalmente siempre me reconforta compartir mi tiempo con el bueno de George Bailey en esos momentos.

Me refiero a ese cine agradable, más o menos navideño, clásico en muchas ocasiones, del que disfrutamos especialmente en estos momentos de modorra transitoria. Aludo a ese cine comodón, entretenido, mítico si me lo permiten, del que tiramos en estas fechas. Las televisiones no son ajenas a esta arraigada costumbre y emiten muchos filmes de este palo. Títulos como “Breavehart”, “Pretty Woman”, “Love actually”, “Nothing Hill” o “El día de la marmota” cumplen con la descripción que propongo. Incluso recibes gratas sorpresas, en forma de obra maestra, como la trilogía de “El padrino”, cuya magnífica segunda parte he degustado hace unos instantes.

El otro día, durante mi sondeo de algo con lo que perder el tiempo de una forma cuasi honorable, pillé, casi de inicio, “El diablo viste de Prada”. En mi opinión, una simplona, aunque eficaz, entretenida e incluso divertida comedia romántica, que cuenta con la siempre inestimable interpretación de Meryl Streep, haciendo las veces de mala. Para quien no la haya visto, su compleja trama se resume de forma bastante elocuente.

Chica lista, estudiosa, dedicada , medio nerd, y, por supuesto, “hecha a sí misma”, y además con un novio monísimo, consigue trabajo como asistente personal de la jefazo en la revista de moda de fama y tirada mundial “Runway”(extraoficialmente, creo recordar que alude a la celebérrima publicación de Condé Nast, “VOGUE”). Dicha chica tiene la misma gracia para vestir que Carmen Polo aquejada de daltonismo. Su jefa, una cruel, currante, seria, cínica y firme “mujer de éxito”, le mete más caña que la que llevaría Pocholo por Colombia sin correa. Nuestra pequeña ogro, con ayuda de sus estresados compañeros, se convierte en toda una princesita de cuento. Y ahí va ella, divinísima con sus Louboutin y sus faldas de Escada partiéndolo mazo por las grandes oficinas y cafeterías de la gran manzana, currando como una necia hasta que se vuelve cojonudiclástica en lo que hace y se convierte en una gossip girl (pero con curro). Con el tiempo se separa de la gente que la quiere y, en definitiva, se vuelve un poco zorra. Finalmente ve su error, deja el trabajo y vuelve con el pusilánime de su novio y con un trabajo de la leche en un periódico “serio”.
Final feliz, historia curiosa (ya que está basada en hechos reales) y otro rato procrastinando que me pasé aquel día.
La moraleja, aunque débil y simplona, te recomienda abandonar el snobismo desilustrado y la excesiva aplicación al trabajo, por cosas mucho más “de pobres”, como la gente que te quiere y la integridad moral. Hasta aquí, todo ok.
Esa noche, como no podía ser de otra forma, #eldiablovistedeprada fue Trendic Topic en España.

Y en este punto es donde he localizado el deporte al que dedico mi coñazo de hoy. Anonadado y patidifuso me quedé al contemplar los comentarios en el Twitter.
Iluso de mí, imaginé que quien más quien menos pillaría la moralina obvia y asequible, además de enamorarse de los Marc Jacobs del minuto 36:09 y del chulazo de novio de la prota. No me molestaré en describir los comentarios porque se retratan por sí mismos.
Esperpentos del orden de “me encantaría tener ese trabajo” “mataría por irme de copas con la jefa”, “yo de mayor quiero ser como ella”, “la pago lo que sea para que elija mi armario”, “la jefa queda de gilipollas porque es mujer, machistas de mierda”, “hay que ser tonta para dejar ese trabajo” maltrataron mis ojos. Y eso que me he ahorrado la lista completa de la larga retahíla de abortos manuscritos de esta índole, aportados por españolitas de todas las edades. E incluso algún españolito también.

A este deporte lo llamaré “El sesgo de la moraleja”, o la malinterpretación interesada, parcial, absurda y maniquea de las moralejas, en este caso, del cine. Tamaño despropósito este. Como cortarle la cabeza a Calleja. Como mear sobre la tumba de los hermanos Grimm.

Ahora bien, aquí hay para todos, y aunque el caso expuesto (por más reciente) condecore casi exclusivamente sólo a “deportistas” femeninas, hay otras muchas muestras del mismo patrón ejecutado con eficiencia por atletas macho.
Una de las que más espasmos me provoca es la interpretación de la moraleja del cine negro (más o menos clásico) que acostumbra a hacer el soplapoyas de turno.
Estos individuos, tras ver, por ejemplo “Scarface, el precio del poder”, entienden que lo que mola es ser un Tony Montana de la vida, asesino, maltratador, toxicómano y en definitiva, cuanto menos grotesco y mala persona. Muy malote y esas cosas.
Lo de que el poder te nubla y que esa vida realmente no te hace feliz se lo pasan por el forro de los genitales. Genitales, con los que deben de elaborar sus más profundas reflexiones.
De la nombrada anteriormente, “El padrino” podemos hacer la misma observación. Nadie se queda con el amor a unos orígenes, el respeto, el cuidado a la familia, el trabajo duro, y las consecuencias fatales que traen la corrupción, la venganza y el crimen. Se quedan con los tiros, los cochazos, las putas, y el acento italiano, “Io nun mo scordo”.

Decía el genio de Bonn, Ludwig Van Beethoven, “La bondad es el único signo de superioridad que conozco”.
Puedo aceptar que la mayor parte de la gente no comparta este interesante punto de vista, puedo entender que ser buena gente no queda todo lo “cool” o “gansta” que el timorato medio podría desear, pero al menos traten de no ciscarse en las moralejas, ese último reducto que influencia bondad a pesar de todo.
Hay que ser mierda.

Y ya está.
JJG.

Deportes nacionales (2)

Muy buenas de nuevo a todos mis entusiastas lectores. Tras un tiempo de letargo, regreso con el segundo (y esperado, al menos por mi) capítulo de mis “deportes nacionales”.
Antes de soltar el peñazo habitual, ante la insistencia de muchos críticos, y a pesar de que mis amigos no las necesitan y que mis enemigos no las creen (como bien apuntaba el bueno de Wilde), haré una aclaración, daré una explicación. Normalmente, cuando escribo, lo hago jodido. Lo hago cabreado, mosqueado, molesto y resentido. Lo hago conmovido e indignado, lo hago “hasta los huevos”. Porque me inspira, porque sale sólo, porque me motiva, porque quiero, y porque así me gusta hacerlo.
Una vez aclarado el tema, sinceramente espero, que mi nuevo desvarío, les sea leve.

Una de las razones de mi tardía reaparición, no es otra que el esfuerzo que me ha costado identificar el problema. Me explico. Durante cierto tiempo, ando observando muchos comportamientos merecedores de ser considerados uno de mis “deportes”, la cuestión es que iba cayendo en que muchos compartían trasfondo, el cual creo haber identificado.

Llevo un tiempo madurando esta idea que rebota en mi mal carburada sesera. Honestamente, desconozco si por el hecho de buscarlo lo he querido encontrar o si es algo tan arraigado en nuestra sociedad como firmemente creo que lo es la “búsqueda de culpables”, deporte al que dediqué mi última publicación.

Se trata pues de un deporte que abarca múltiples disciplinas, una especie de triatlón de ridículas costumbres tan molestas impropias y agarradas como una garrapata. Y todas ellas motivadas, al menos en parte, por lo mismo.

El síndrome de Peter Pan. O ese ansia ciega por no crecer. Y no. No les hablaré de cremitas y fajas reductoras. Ni de maquillajes ni babas de hermafroditas. Me refiero a esa sensación que un buen observador capta en la gente, ese sentimiento de que nunca crecemos del todo.

Siempre he pensado que uno de los momentos clave en la evolución personal de un individuo no es otro que aquel en el que descubre la humanidad de sus adultos. Esa revelación que a todos nos trastornó en su día. Esa epifanía mediante la cual comprobábamos que los adultos no eran perfectos. Ni siquiera maduros o responsables. Incluso muchas veces no eran mejores que los críos.

Y aquí tenemos los cimientos del problema. En ese traumático descubrimiento. O más bien en el atajo por el cual optamos.
Esa decisión que tomamos ante la vicisitud de ser hombres-mujeres de verdad o seguir siendo niños. Y no es otro que algo también muy nuestro, tirar por la tangente. Decidimos emplear nuestras energías en disfrazarnos de adultos y sin embargo seguir siendo niños.

Al ser algo que todos sufrimos de alguna manera, la variopinta lista de variedades de este deporte resultan inescrutables. En esta ocasión me centraré en uno de esos ejemplos, por la evidencia del mismo. Y porque me repatea sobremanera, todo sea dicho.

Y para explicar esta variedad, regresaremos a nuestros más inocentes y entrañables años de guardería. Cuando los niños y las niñas ni nos mirábamos, nos tirábamos piedras y nos soltábamos arañazos. Y pobre de aquel que quisiera sentar cabeza porque entonces “Fulanito tiene novia” y en menudo marrón te metes tan pronto. Esa guerra de sexos invisible pero palpable, como el cristal bien limpio, y con las mismas terribles consecuencias, si no aprendes a verlo, una buena ostia, te comes el vidrio.
Sinceramente, deprime ver como la gente a pesar de la experiencia y madurez tan erróneamente relacionadas con la edad sigue buscando culpables en el sexo contrario. Y ahí hay para todos.

Por un lado, el machismo más tradicional y patético, digno del más tonto de los primates, cuyo mayor exponente es la obtusa demostración de virilidad con jerarquía, violencia y maltrato físico (tanto hacia el propio sexo como hacia el contrario). Verdaderamente triste. Un fallo criminal en la educación y ejemplo que damos de lo que debe ser un hombre. Un hombre, que nunca deja de ser un niño. Solo que mucho más fuerte, con más mala ostia y tres horas en el bar de guarnición. Repugnante.

Ahora les toca a ellas. Más pena me producen las mujeres de hoy en día que los hombres. La hembra del ser humano. Ese mayúsculo y admirable ser, capaz de soportar miles de años de machismo y humillación, de menosprecio social y aún así, desde la sombra, sacar el ser humano adelante, como madres, abuelas, esposas, reinas y princesas. Y cuando se terciaba, también como cazadoras y soldados. Ese maravilloso ser, con su momento por delante, un momento histórico en el que toda su lucha empieza a tener sus frutos, cuando la igualdad es algo alcanzable y no sólo un espejismo. Ese momento en el que los hombres parecemos entender que ni mucho menos somos superiores, y cuando toca, arrimamos el hombro. Ese momento de dar un paso adelante, lo están dejando pasar.
No se si es ira, afán de venganza o simplemente incapacidad humana lo que lleva a la ¿mujer? de hoy a desperdiciar tan dulce oportunidad.
Alguna mojigata dirá que de que voy, que ella es muy feminista y que todos somos iguales (los hombres, claro).
A uno le hace gracia encontrarse con muchachas o incluso a mujeres con todas las letras reivindicando derechos de los que siempre han disfrutado, o actualmente disfrutan. Buscando el culpable en el sexo opuesto que en muchos casos (como el mio), está de su parte. Buscando la ofensa en auténticas soplapoyeces. Viviendo en un estado de susceptibilidad permanente ante todo lo que para estas zumbadas es machismo.
Evidentemente los que estamos de parte de la igualdad quedamos en tierra de nadie. En ese contexto, tendemos cada vez más hacia un matriarcado burdo y evidente, mas interesado en una compensación para las supuestas víctimas que en una búsqueda verdadera de la igualdad. Eso se llama discriminación positiva. Y por ahí no paso. Ahora, llámenme machista si les sale de los ovarios, (o de los cojones, que también hay hembristas macho).
Si no me hallo en una confusión como resultado de lo machista y carca que soy, la igualdad se basa en tratar de la misma forma a hombres y mujeres, y, sinceramente, hoy por hoy, no se me ocurre decirle con la misma normalidad a un hombre que a una mujer cosas tan triviales como “por favor, recoge tu, que hoy estoy cansado” o “hazme el favor de servirme una copa”. Mas de una apelación al ganado porcino me he ganado por tamaña ignominia. Y que Dios y sus ángeles te protejan como hagas una broma en tono completamente jocoso sobre el tema. Estas jodido. Huye tan rápido como puedas, la tribu Cosmopolitan te persigue.

Y todo esto sin nombrar el machismo entre féminas, pero eso ya es harina de otro costal.

Lo dicho, menos niños y más hombres, o lo que es lo mismo, menos niñas y más mujeres. Vale de pataletas de infante que solo provocan más odio y terribles actos. Familias y amistades rotas por una guerra absurda y sin sentido. No me pasen las facturas de dramas de otro tiempo. A otro perro con ese hueso.

Conflicto absurdo, porque, como todo todo el mundo sabe, la guerra de sexos la ganamos los hombres cuando el baile en barra de streap-tease pasó a considerarse deporte.

Pues eso.
JJG