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No es mi culpa

 

Y eso y nada más, es lo único que importa.

Asistimos confusos a un gran cambio de paradigmas en el mundo actual. Esta sentencia, por manida, no deja de ser menos cierta.  Célebres personajes, más que competentes en sus respectivos campos, avisan de la próxima revolución tecnológica e industrial, y de los efectos directos que tendrá sobre la sociedad.

La comunidad científica coincide: no podemos saber exactamente cómo cambiará el mundo en veinte años. La realidad es que ya está cambiando, y hacer hipótesis futuras puede resultar útil de cara a acercarnos lo más posible a un mundo razonablemente justo, en detrimento de las tan temidas distopías tecnológicas.

En este contexto, hay cambios o evoluciones muy evidentes, la mayoría relacionados directamente con maquinaria tecnológica. Teléfonos inteligentes, corazones artificiales, coches cuasi autónomos, incluso dispositivos sensibles a la voz que llegan a organizar fiestas autónomamente.

Se nos escapa más, por mayor grado de abstracción, el cambio social. Y no me refiero a movimientos hashgtag, ni a manifestaciones “masivas”. Pretendo incidir en lo referente al comportamiento más básico del ente social. En su sistema de valores. En la forma en la que la sociedad jerarquiza mayoritariamente sus ideas y pensamientos.

Precisamente aquí, es dónde encontramos el cambio que valoro más preocupante de cuantos nos acechan. Este escrito no pretende ser una perorata de abuelo cebolleta sobre la pérdida de los valores tradicionales. De hecho no creo que se hayan perdido en absoluto.

Los llamados valores tradicionales son (generalmente) los mismos. Simplemente, se han pervertido, tergiversado y retorcido hasta el absurdo.

Matar, robar, mentir y vejar sigue estando mal. Sólo que, de un tiempo a esta parte, son más importantes el sexo, color de piel, nivel socioeconómico e historial médico (de sospechoso y víctima) para juzgar la gravedad de la situación, que el alcance de los actos en sí. Ya no importan los hechos, si no quién o qué los protagonice, y las circunstancias circundantes.

Todo ello con un objetivo evidente. El de manipular los términos establecidos, el de subjetivizar el proceso,  relativizando y/o redireccionando la culpa en el sentido más conveniente.

Este ya no es un mundo de héroes, villanos, comparsas y víctimas. Se ha reducido la ecuación a villano y víctima, la cual se autoproclama héroe, en ausencia del mismo.

Ser una víctima no es deseable. Este sencillo axioma, tan evidente hasta ahora, cada vez tiene menos sentido. Si preguntas, seguirán diciendo que ellos no quieren ser víctimas. La realidad es que lo anhelan profundamente. La gente busca desesperadamente condicionantes vitales que justifiquen su fracaso (absoluto o relativo) en el camino hacia sus objetivos o hacia el concepto de cómo ellos consideran, debería ser el mundo.

¿Cómo se llega hasta aquí?. Como problema complejo el que tratamos, las causas y condicionantes a los que está expuesto son variados y escurridizos. Desde la postura acomodaticia de la juventud moderna occidental (que considera que la condición natural del ser humano es el estado de derecho que vela por sus derechos y libertades), hasta la difusión del posmodernismo relativista en disciplinas ajenas al que considero su verdadero campo de acción, el arte.

Sin embargo, me gustaría apuntar hacia un discurso más simple. Al concepto de libertad. Ese abstracto ente, que por su ausencia en la práctica totalidad de la existencia humana, ha sido el objetivo perseguido en los enfrentamientos globales de los últimos siglos. Todo el mundo ansiaba libertad. Pero ninguno sabía lo que implicaba. A todas luces un mal menor en comparación con su privación, pero igualmente implacable.

El radio de acción que proporciona la libertad nos obliga a elegir. La ingente oferta que existe en cualquier artículo que pretenda escoger para su vida (desde una ideología o religión, hasta una marca de cereales), conlleva una contundente consecuencia: la responsabilidad sobre la decisión tomada. Así que sí; podríamos asegurar que la libertad, por su capacidad para ofrecer opciones, implica necesariamente una responsabilidad directa en la elección de las mismas.

Y claro, el mundo no estaba preparado para eso. Hasta ahora, los culpables siempre habían sido  las diferentes bestias que impedían la libertad. Dictaduras fascistas y comunistas, guerras continuas, luchas de poder, catástrofes naturales, pobreza, falta de recursos y oportunidades… En un mundo civilizado en el que se han disuelto notablemente estos problemas (cuando no solventado completamente), la responsabilidad sobre sus respectivas existencias, recae mucho más directamente en el ciudadano que nunca antes en la historia.

Y nos pilla a contrapié. La reacción, lejos de abrazar la responsabilidad como un factor indisoluble de la libertad, ha sido buscar y juzgar nuevos culpables, cargar la responsabilidad de nuestros fracasos a un componente externo. Aquí hace acto de presencia la falaz consecuencia del título de este post: No es culpa mía, y si no es culpa mía, ha de ser necesariamente ajena.

El individuo de hoy en día gasta más tiempo y energías en buscar culpables para sus problemas, que en esforzarse por resolverlos. Esta cobarde y reaccionaria actitud, supone un tremendo retroceso en lo concerniente a la igualdad entre seres humanos. Señala a colectivos e ideologías, cuando no a sexos o razas enteras, como ese cáncer a extirpar, ese problema que casualmente justifica todo lo que no funciona en nuestras vidas.

El problema no es de ignorancia y paletismo. Dice Iñaki Uriarte que una situación habitual en su vida ha sido encontrarse con gente estimablemente inteligente defendiendo auténticas chorradas. Que probablemente esta habilidad intelectual facilita retorcer las cosas hasta justificar las ideas más disparatadas. Estamos rodeados de spin-doctors.

No es difícil encontrar ejemplos de lo que expongo. El feminismo de tercera ola ha usado torticeramente al hombre (especialmente si es blanco y heterosexual) como cabeza de turco de las frustraciones personales de millones de mujeres en el mundo. El popular ascenso de la ultra derecha en toda Europa, ha conseguido que organizaciones marginales y caducas hayan sido resucitadas por toda esa gente que sigue necesitando culpables fuera de ellos mismos. Podríamos indagar en muchos ejemplos más, hablar de Trump y el Brexit, de los refugiados, o del brutal antisemitismo de la izquierda europea. Siempre el mismo esquema. La culpa es de otro. Pero sobre todo, no es mía.

Todo por esquivar responsabilidad, por malinterpretarla. Por evitarla inmaduramente como un veneno, en vez de entenderla como un don implícito a la libertad.

Para terminar, no hay nada más lejos de mi intención que tratar de darles lecciones en este tema. Si me atrevo a asegurar tan firmemente este espasmo en nuestro sistema de valores es porque más veces de las que me gustaría, me he reconocido en esta actitud. Yo también me he visto retorciendo palabras, argumentos y valores hasta conseguir salir libre de culpa en cualquier juicio sobre mis fracasos.

¿Mi propuesta? La verdad es que no comulgo con el eslogan oficial de autoayuda post-producida, basado en presuponer que todo lo que nos ocurre es exclusivamente culpa nuestra. Considero que pensar así sólo hace el análisis de la situación más sesgado, mas falso. Y con información incompleta, siempre estaremos menos preparados para resolver la situación, más lejos de la solución, más perdidos en saber a qué nos enfrentamos.

Por supuesto, hay infinidad de factores que no podemos controlar y que juegan en nuestra contra, siempre. Ahora bien, como ejercicio, considero útil la regla generalizable del 50%. Habitualmente tenemos, al menos, la mitad de culpa, la mitad de la responsabilidad de lo que nos ocurre (para bien o para mal).

Además de suponer un necesario ejercicio de humildad, es una buena casilla de salida para iniciar la ruta.

Buen viaje.

JJG

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Emprendamos (a golpes)

¿Cuál es la clave del éxito empresarial? ¿Quieres ser un emprendedor? ¿Te gustaría montar tu propia empresa tecnológica (perdón) start-up? ¿Ser director, consejero delegado, (perdón) CEO de tu propia creación?

Pues tengo malas noticias cariño: lo llevas crudo. Aunque por otro lado, en realidad es sencillísimo.

No, no he perdido la cabeza, soy consciente de la contradicción, y no, no es un juego de palabras para que compres mi crecepelo patentado. Se trata, ni más ni menos, de un resumen en dos frases del ideario del españolito medio al respecto.

Siempre les hablo de las escalas de grises (que no de la absurda equidistancia) y de su importancia a la hora de realizar un análisis razonablemente veraz sobre prácticamente cualquier asunto en liza. Bueno, pues en España nos da alergia el gris. En parte es comprensible. Un pensamiento extremo siempre será más sencillo de defender (por absurdo que resulte). Tendrás multitud de aliados que, al igual que tú, han obviado la posibilidad de realizar un mínimo esfuerzo intelectual y trabajar en el fangoso terreno de los grises. Formarás parte de un equipo y podrás odiar al otro, actitud tan adorablemente nuestra. Dentro de poco pondremos porterías de fútbol en el congreso.

Al lío. Porque el tema tiene tela y hay que joderse.

Por un lado, tenemos a nuestro pequeño revolucionario patrio, muy dado a jugar a la intifada y la huelga en ratos libres (hasta que hay que dar la cara), luchando abiertamente en contra de la empresa. Así a las claras, con sus gónadas por delante. En su dispersita cabeza, el empresario se ha convertido en un malvado ser de frac con monóculo que gusta de azotar niños africanos en sus ratos libres. Todo lo que no sea un contrato fijo e inmediato por tres veces el sueldo mínimo es explotación laboral, y nos olvidamos de la libertad de empleo y/o contratación. Las libertades, guay y tal, pero cuando me tocan a mí. El resto lo que yo diga.

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Facultad CC Económicas UAM

Por un lado lloramos la falta de contratación para unas (supuestas) competencias, y por el otro atacamos a la empresa y la queremos fuera de la universidad, muy coherente todo. Por supuesto, este individuo tiende a obviar que su torticero concepto de empresa se ajusta más a una multinacional y no a una PYME, que representa el grueso del tejido empresarial del país, así como proporciona la inmensa mayoría de empleos. Que sí, que Coca Cola y Telefónica son muy grandes, pero por cada una de estas, hay 100 peluquerías, bares, panaderías, carnicerías, zapaterías y otras pequeñas empresas.

Esta retorcida forma de ver el asunto, ha calado entre el izquierdita medio. Con Podemos como estandarte ideológico, ha convencido a una parte embarazosamente grande de la población de que tiene que existir un estado todopoderoso que los cuide y asista, y me temo que ya es tarde. Es el doble filo de la libertad, que cuando la tienes, el responsable único de tus actos eres tú mismo, y lo tienes jodido para culpar a nadie más. Y eso no mola. Lo de apechugar ya tal.

Cada vez más jóvenes piensan en ser adiestrados funcionarios (soy partidario del trabajador público, pero me parece una aspiración triste y acomodaticia en los niveles en los que se sitúa en España), hacer su horario (si tal) y cobrar fija y puntualmente hasta el final de sus días. Y ya  si puede ser, recibir algún tipo de subsidio por un puesto de trabajo desfasado y deficitario, o simplemente por el milagroso efecto de su existencia divina (pagado con los impuestos de otros, claro está).

¿Hasta aquí el tema? Ya os gustaría. Ojalá la izquierda de cartón piedra fuera el único problema. Las huestes comandadas por los remanentes del PP más naftalínico tienen mucho que decir.

Y es que desde el fondo norte tampoco se quedan cortos. Por otro lado resulta que somos unos vagos. Hay que joderse. Así tal cual, con su genitalia por delante. Que si no tienes trabajo, pringado, es porque “no te mueves” (qué fan soy del “no te mueves”). Que es la época de las oportunidades y el emprendimiento. Del Linkedin a fuego y de jugar al Steve Jobs se va juerga. El neospanish dream.

Lo dicen los estudios de la fundación donde trabaja papá (y multitud de rigurosísimos manuales de autoayuda): si estudias, trabajas y te esfuerzas, encontrarás tu trabajo soñado. De la misma forma, si lo das todo por tu idea, y esta es lo suficientemente buena, tu sueño se cumplirá. El resto son llantos de vagos rojeras que no se duchan y fuman porros. A ver si espabilamos.

La realidad en la cabeza de estos chiquillos es absolutamente paralela. Todo este envenenado discurso se hace elocuente en un pequeño reportaje de Cuatro que me facilitaron hace poco. Resulta que, un chavalito joven (24 dulces añitos), había fundado una empresa multimillonaria. El zagal disponía de una compañía aérea con su flota de aviones y su millón de euros al día en combustible. Asombroso. O bueno, igual tampoco es para tanto.

Según avanzaba el asunto, el susodicho afirmaba que quería servir de referente para los jóvenes de España que están ahí sin hacer nada. Referente se reveló la inversión inicial de la empresa. Nada más y nada menos, que 3 millones de euros. Por ponerlo en contexto, más del doble de lo que ganaría una persona con un sueldo de 2000 euros (netos) al mes durante toda su vida laboral. Me gustaría que me explicara exactamente para quién quiere servir de referente. No me meto en su capacidad para el puesto, pero no creo que sea una referencia objetiva para nadie.

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“Los jóvenes tienen que independizarse ya”

Y tampoco hace falta llegar a estos extremos de riqueza. Entre las clases altas, la pequeña empresa fundada por los jóvenes de la familia es un habitual.  ¿Quiere decir esto que estoy en contra? En absoluto. Si dispones de capital y tienes una idea, adelante con ella y suerte.

Pero no me cuentes que no “me muevo”, que soy un vago, inútil o sufro insuficiencia creativa. No es lo mismo aprender inglés poniendo copas en Londres que pasándote un mesecito en verano (desde los 12 años) en países angloparlantes. Como no es lo mismo tratar de fundar una empresa sin esos 30000 euros avalados por papá. Que te puede salir mal, pero con criterio, ya que puede permitírselo, tu adinerado padre te dirá algo como: “ya sabes lo que no hay que hacer para la próxima”.

Si a mis padres les pido un dinero para una empresita, en primer lugar se lo toman a chiste. Cuando se les acaba el ataque de risa, ponte que tengo un plan viable y les convenzo. Suponiendo que todo fuera así, a ver si el banco considera el proyecto tan viable, y el aval tan potente. Y si llegado el caso sale mal, ya sabría lo que no tengo que hacer, claro. Pero estoy metido en un lío bancario y mis padres en otro. En este contexto, no es descabellado que me replantee mucho lo de emprender.

¿Quiero decir con todo esto que los hijos de familias adineradas son inútiles con el dinero por castigo? ¿Quiero decir que sin dinero no se puede emprender? En absoluto.  Simplemente es considerablemente más difícil. Se de primera mano que hay un buen puñado de “pijos” inteligentes, formados, y con una capacidad de trabajo y creatividad sobresalientes. E insisto, si esta gente dispone de capital para montar su empresita, me parece maravilloso y ojalá les pueda ir bien. O equivalentemente,  si tienen la posibilidad de un enchufe laboral, lo aprovechen. Lo que me repatea es que algunos pretendan convencernos de que ellos “lo valen”. Que los que no emprendemos o tenemos trabajos mal pagados fuera de nuestro sector es porque no lo intentamos lo suficiente, porque sólo sabemos llorar, en definitiva, (mantra del elitismo económico) porque no valemos.

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Elocuente gráfico en función del nivel económico

¿Mi postura? En realidad es sencilla. Para montar una empresa necesitas trabajo, una buena idea y una capacidad intelectual a la altura. Pero si no tienes la posibilidad de una inversión inicial (y/o de mantenimiento) estás fuera. Puedes ser el más rápido en Le Mans, pero si no te arranca el coche, nunca podrás demostrarlo. No quiere decir que (como intentan señalarnos desde los sectores más rancios de la izquierda) la persona con capacidad de inversión sea el demonio. Sin embargo, es importante valorar que, objetivamente, lo tienen infinitamente más fácil. Que no pasa nada, no están haciendo nada malo, ojalá lo tuviera yo así (la épica del pobre es muy cansada incluso para quienes la ejercemos), pero la realidad es la que es.

Espero les haya servido de análisis elocuente (ja).

Besos y abrazos.

Memorias de la Copa de Europa

“Qué nos va a contar uno del Atleti sobre Copas de Europa. Por fin este tío hará un post breve y conciso”.  Puedo entender la reacción, la mayoría quizá no comprendan por dónde van los tiros. El caso es que escribo ahora, pase lo que pase. Hablar a toro pasado es de cobardes.

“Son veintidós tíos en calzones corriendo por un prado, y aún está por ver que alguno te ayude a poner comida en la mesa”. Es cómo decir que un libro es un puñado de recortes de celulosa unidos en un cartón prensado.

¿Es el fútbol lo más importante de la vida?  No ¿de mi vida?  Ni muchísimo menos.

Sin embargo, de la misma forma que nos identificamos con los protagonistas de la literatura, el cine u otro tipo de arte, yo me identifico (entre otras influencias) con el Atleti. Del mismo modo que las acciones de grandes héroes de ficción inspiran nuestra forma de vida o nuestros objetivos, el Atleti me sirve de motivación e inspiración en mí día a día.

¿Es realmente comparable el devenir del Atlético de Madrid con mi vida? Pues no lo sé. ¿Realmente era Aquiles el bueno para Homero? ¿lo era Héctor? ¿Eran ‘Top Gun’ o ‘El Señor de los Anillos’ historias de amor homosexual encubiertas? ¿Es Pablo Iglesias un extraterrestre invasor que desea destruir España? Quién sabe. Al final, las mejores historias son aquellas resueltas a libre interpretación. No son más que lo que entendemos que son, que lo que queremos que sean.

Hasta que no he tenido una edad, evidentemente, no he tenido capacidad para perpetrar  toda esta perorata. Así que mentiría si dijera que el Atleti es una decisión personal. A fin de cuentas,  como casi todo hijo de vecino, acabas siendo del equipo de tu familia, del de la gente que te quiere y te influencia desde canijo. Y luego por el camino. Y de ahí, de ahí vienen mis memorias.

Por paradójico que pueda parecer, la Copa de Europa ha estado en mi vida desde que tengo uso de razón.

Recuerdo a mi abuelo (paterno) Jorge, ingeniero, farmacéutico y biólogo. Profesor y militar de profesión.  Recuerdo que nunca fue muy futbolero, supongo que era alguien excesivamente brillante para sacarle el jugo a tanta frivolidad. No me olvido de aquellas tardes en las que me iba a su casa a recibir clases de Matemáticas o Física, y acabábamos viendo el partido de Champions que emitían en abierto, mientras el Ateti deambulaba por la Intertoto. Y ahí, de vez en cuando, soltaba algunas de esas pocas palabras que le dedicaba al fútbol. Unas eran para sus compañeros y amigos del Aviación, en especial para Germán. Otras eran para contarme que, una vez hace mucho, el Atleti jugó una final de aquella competición.

Una final que vieron todos juntos en casa de mi madre, como siempre rememora a pesar de sus (calculo) 12 tiernos años, allá por Mayo  del 74. Apiñados en la pequeña habitación del televisor, vio junto a sus padres y sus dos hermanas como el Atleti tuvo aquella final en la mano. Junto a mis tías, siempre recuerdan la conferencia de mi tío Pepe desde Alemania (a dónde había ido a buscarse la vida) para felicitar por el título, poco antes de que el sueño se desvaneciera. A mi abuelo Tino lo conocí poco, una lástima dada  su fama de atlético de pro. Hoy, para atestiguarlo, sólo me queda un álbum de fotos con el escudo del Atleti grabado. Eso, y el tiempo que pasé con mi yaya, que sin ser una forofa al uso siempre tenía tiempo para su Atleti y para los infantiles berrinches de su nieto, que estoicamente trataba de consolar, mientras nuestro equipo volvía a hacer de las suyas.

Recuerdo vagamente aquellos cuartos de final contra el Ajax, junto a mis padres en el Calderón, con apenas  5 años. Recuerdo las peripecias de lo que cariñosamente llamo la ‘Peña del 16’ que formamos los pocos vecinos atléticos del número de mi calle. Recuerdo perfectamente el lugar exacto en el que pateé el escritorio con el gol de Ramos. Veo la tremenda expresión de déjà vu que se le quedó a mi padre (con quien tantas veces he compartido sofá y sufrimiento), convencido de que no habría más oportunidades de llevarnos la orejona, mientras Juanfran aseguraba al micrófono que volveríamos tras la derrota. No me olvido de las lágrimas de Alberto, el insigne atlético portero del edificio, que consolaba  la rabia de mi combativo hermano pequeño (convencido de que aún se podía en la prórroga). Tampoco del abrazo que le di a Pitu en el gol de Godín, uno de tantos con cada gol del Atleti en el Calderón. Recuerdo las efusivas llamadas tras cada victoria europea a mi amigo Mota, un convencido desde hace mucho de que si se cree y se trabaja, se puede.  Tampoco olvido que Kenji no dejó que me quedara en casa tras la caída, y no me permitió regresar hasta las 12 del día siguiente. En mi cabeza están muchas aventuras europeas en el Calderón con mi madre, haga frío o calor. Está ganar mil veces la Champions en el Pro con la rojiblanca. Está aquella parábola canalla que un grande de Rugby Atleti se sacó de la manga hace dos años, y que desde entonces espera su ‘final feliz’.

También tengo buena memoria para el rival. Recuerdo madridistas de bien (sí, alguno queda), que cuento entre mis amigos, consolándome en la derrota. Ahí están  los amigables debates por Facebook con mi primo Jose tras las noches europeas o los mensajes que se enviaba mi madre con mi primo Constan mientras sufríamos contra el Bayern. Recuerdo a otro Jose, muy del Madrid, sufrir conmigo los penalties frente al PSV. No podré sacarme de la cabeza, un cariñoso mensaje de enhorabuena por la décima, que fue lo último que pude decirle a mi amigo, a quien tanto quería.

Recuerdo muchas cosas y a muchas personas, y seguro me olvido de tantas otras. Por todo esto y ‘nada más’, llevo tres semanas en vilo, alternando euforia con pesimismo,  soñando fuerte. Una hipotética derrota sería dura, pero también traería más anécdotas, más recuerdos al baúl, mas por lo que seguir luchando.

Por toda esta memoria, y por la de tantos que se fueron sin ver levantar al Atleti una Copa de Europa, para mí, persona razonable donde las haya (ja), esto no es solo un partido de fútbol. No es un examen, no es un puesto de trabajo, no es la seguridad de la gente a la que quiero. No es mi vida, pero desde luego no es solo un partido de fútbol.

Aúpa Atleti!.

El otro día

Salgo de trabajar. El árbol ya estaba puesto, el centro iluminado. Se me acerca un individuo muy de las calles de Madrid, parece escapado del casting de “El pico”.

-Oye, perdona tío…

-Cuéntame

-Joder, eres el primero que se para, con las pintas que llevo…Cómo se nota que eres de barrio

– Del de Salamanca, exactamente.

Me mira raro y va al grano :

– ¿No tendrás algo para darme? Que necesito algo para volverme y…

Me reviso apurado, aún consciente de que sólo llevo encima un euro cincuenta para coger el metro y volver a casa, y así se lo comento. No me da tiempo a terminar de explicarme, ya se había pirado.

– ¡Adiós, eh!

Ni se gira.

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                               ***

Lo cierto es que no me apetecía un carajo entrar otra vez en la discoteca, hacía frío y tal, pero de verdad que no quería bajar otra vez. Suerte la mía que doy con dos chicas hablando en la puerta, dos médicas jóvenes, traumatóloga y psiquiatra para más detalles. Agradables y con pinta de ser de esa gente de la que puedes aprender algo. Mayores que yo, algo curvys… ya lo siento, no me quedé motivado por intención sexual alguna. A mi no me apetecía entrar otra vez, y ellas amablemente me facilitaron la distracción mientras salían mis colegas, además de iluminarme sobre un par de asuntos.

Agradecido y emocionado.

El caso es que tras una interesante conversación, y con el malévolo plan de poder continuar en el futuro (y avisando reiteradamente sobre esta, mi maligna intención), pido algún número de teléfono.

– No le haría gracia a mi novio.

– No creo que yo suponga tanta tentación (por no decirlo sobre ellas).

Ríen, besos, abrazos y adioses.

O a sus novios no les gusta que hagan amistades con pene, o de verdad seguían convencidas de que llevaba media hora hablando sobre asuntos técnicos y diagnósticos porque quería meterla. Voy a pensar bien del bueno del novio, que tampoco le conozco.

Me recuerda a otra vez  (estaba yo haciendo caso a una muchacha  para que un colega pudiera estar a solas con su amiga) en que una de esas diosas en posesión difusísima de cualquier tipo de belleza, clase o gracia, me soltó algo así como “porque nuestros amigos se hayan liado, no significa que lo vayamos a hacer nosotros”.  Pensé para mí “Menos mal que me lo has dicho tú, cachonda, si no, no respondo. Bombón, que eres el cuerpo del pecado, desgraciá“.

Una de dos. O con tanto baboso suelto tenemos a las chicas con una autoestima  muy por encima de sus posibilidades; o bien debo de tener pinta de protoviolador, por muy casto y bienintencionado que sea en mi cabeza el asunto. Igual las dos.

                               ***

Leo una entrevista a Jabois de hace tiempo. Sale aquel comentario tan habitual entre las estrellas del rock,  en este caso cambiando la música por la escritura. “Todos empezamos a escribir para follar”o algo asín.

¡Joder! -pienso- debo ser el peor (escribiendo) del mundo.

Deportes Nacionales (8): El apuntillador cojonero

Aquí les vengo a contar, una vez más, lo mejorcito de esas costumbres firmemente adoptadas por el españolito medio. Esas que nos resultan tan molestas como entrañables llegado el caso, a fin de cuentas es señal de que estás en casa.

Ojocuidao, advertidos quedan. Los seguidores de la disciplina que hoy tratamos resultan especialmente irritantes,  porque, si son buenos en lo suyo, defenderse de su agresión resulta prácticamente inútil. Quien los ha sufrido, sabe que un buen apuntillador cojonero es sigiloso. No le ves venir, acecha entre las sombras, paciente.

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Ahí estás tu, que aceptémoslo,  no eres muy guapo, tienes el six pack más bien oculto, no sabes si con la reserva te dará para llegar luego a casa y el único ser para el que tienes fama e influencia es tu perro, y cuando quiere bajar. Pero nada de eso importa, porque estás hablando con ella. No entiendes muy bien por qué, pero lleva aguantándote media hora y parece que está a gusto. Y es que si algo aprendiste, es que si no tienes cara, cuerpo, fama o pasta, más te vale saber hablar, ser divertido, incluso inteligente. Y si no se puede, que lo parezca, coño. Así que juegas tus cartas. Ella se toca el pelo, apunta lo interesante que resulta tu apreciación, y hasta asegura que resulta refrescante encontrar un tío con un poco de conversación sustancial. ¡Joder! esta es la tuya. No te has visto en otra así desde los 15 años.

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Ahora no te puedes poner nervioso. Sigue a lo tuyo, convéncela de que no eres un charlatán y en cuanto puedas buscaréis un sitio más cómodo para “continuar la conversación”. Y, justo entonces, cuando estás contando la anécdota más curiosa e interesante, Zas! Aparece, te corrige, te deja por los suelos, pone esa media sonrisilla condescendiente, y se desvanece.

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Ejecución perfecta. De repente ella trabaja mañana temprano, y en cinco minutos ya estas mirando en el móvil a ver si has cobrado para echarle gasolina al trasto. De camino a casa sigues jurando que ese tío no estaba en la fiesta, no le habías visto entrar, ni le volviste a ver tras el incidente. Era bueno. El muy cabrón.

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Los expertos de Cuarto Milenio especulan con la idea de que no sea un ser del todo corpóreo, cabe la posibilidad de que sólo se manifieste cuando el capital de humillación está muy alto, llega, liquida y se larga.

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Bien es cierto que si sólo habláramos sobre lo que realmente sabemos, se produciría un rotundo silencio en esto nuestro país. Partiendo de la base de que no me callo ni debajo del agua, que soy tirando a dicharachero por no decir plasta, trato de hacerlo con propiedad. Me considero una persona razonablemente leída, con un bagaje cultural aceptable. Vaya que si digo algo, es porque así lo creo. Ahora bien, y siento decepcionar a mis más acérrimos fans, sí, a (muchas) veces me equivoco. Considero que opinar a posteriori es de cobardes y oportunistas, y si tengo opinión de algo, me la juego. Luego me llevo guarrazos, claro, aprender lo llamo. En este contexto, no me gustan las correcciones, pero las acepto como necesarias, sobre todo cuando son instructivas y me hacen ver mi error.

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Sin embargo la verdadera habilidad de estos engendros reside en que no necesitan que su corrección se ajuste a la realidad. La mayoría de ellos no dan explicaciónes y no admiten réplica. Te miran con cara de “pobre imbécil, vaya triple te has tirado” y niegan con la cabeza manteniendo una sonrisilla para que parezca que hay buen rollo. Nada importa que tú tengas razón y que su correción sea absurda, mucho menos que no te conocen de nada y acaban de interrumpir una conversación ajena, con la falta de educación que demuestra, no. Lo que importa es que te han hundido, e intentar salir replicando no va a servir de nada.

Reaction GIF: no, Christian Bale, American Psycho

Cómo expeciencia personal, les dejo uno de mis múltiples encuentros con estos individuos. Iba yo en mi línea, dando la chapa porlos pasillos de la facultad a algunos desprevenidos compañeros. El caso es que no recuerdo bien por qué surgió el asunto, les estaba comentando que San Siro (el estadio dónde juegan Inter de Milan y AC Milan) no se llenaba casi nunca, que tenía malos porcentajes de afluencia, vaya. Evidentemente, cuando me quise dar cuenta, ahí estaba un hombrecillo asegurando ser seguidor milanista de toda la vida, con residencia en Milan incluida, que afirmó tajantemente que se llenaba siempre. En los milisegundos en los que traté de recordar cuál era la fuente de mi información (hablo mucho, pero pocas veces hablo por hablar), ya se había marcado la sonrisilla, la cara de pena, y había huído.

Reaction GIF: no, what?, Dr. Cox, Scrubs

Gracias a Dios, mis compañeros ya me conocen y no les iba a persuadir a esas alturas de nada bueno sobre mi persona. Aún así, estoy por jurar que desde entonces me escuchan todavía menos, si cabe.

Pues eso, ahí tienen las herramientas para identificar a este parásito social. Lamento no poder darles pistas para contrarrestar sus ataques, se me ocurre algo con una red y un bate de beísbol, pero tengo que desarrollarlo. Por otra parte sería guay conseguir belleza, pasta o fama, y así no necesitar hablar tanto, pero no lo acabo de ver, me van los retos.  Al margen, se aceptan propuestas.

Ah! Por cierto. 58%, 41%, 49% y 62%. Por si me lees, desgraciao.