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Los 5 mejores libros de educación financiera

La educación financiera es uno de esos temas pendientes en España (y quizá en todo el mundo), porque no nos lo enseñan en el colegio. Pero eso no significa que no se pueda obtener. Hoy, en una colaboración con Antonio de ComprarOnlineBarato.Net, te traemos los 5 mejores libros de educación financiera.

Sin más dilación, vamos allá con ellos. Están ordenados por el orden que deberías seguir para leerlos:

El hombre más rico de Babilonia, de George Samuel Clason

El hombre más rico de Babilonia es una novela que nos ubica en la antigua Babilonia y, mientras va contando la historia, nos explica diferentes conceptos financieros que no solo nos harán aprender, sino que nos serán muy útiles en nuestro día a día.

¿Por qué empezar por este libro? Pues por la sencilla razón de que es una historia, y es muy probable que no estés acostumbrado a leer libros de no ficción de finanzas. Así que esta es la mejor entrada a este mundillo.

Padre Rico, Padre Pobre, de Robert Kiyosaki

Padre Rico, Padre Pobre es un bestseller internacional, y te explica los fundamentos de la cultura financiera. Está un poco centrado en el mercado estadounidense, pero las enseñanzas que da son válidas para cualquier país y en cualquier momento.

¿Por qué este es el segundo libro que deberías leer? Porque es el más sencillo de los cuatro que son de no ficción. Además, te explica los conceptos más básicos de la educación financiera, por lo que es una buena base para los que vendrán después.

The Millionaire Fastlane, de MJ Demarco

The Millionaire Fastlane es un libro un poco más “agresivo” que el anterior, aunque se puede entender como una continuación del mismo. Este libro nos hará más hincapié en lo que ya hemos aprendido en el libro anterior, pero detallará más todo lo que tiene que ver con la creación de negocios y su papel en nuestras finanzas personales.

¿Por qué deberías leer este libro en tercer lugar? Porque hace mucho hincapié en el mundo del emprendimiento, y eso no es para todo el mundo. Si lees este libro antes del anterior, puedes verte llamado a emprender sin que sea un mundo para ti. Habiendo leído Padre Rico, Padre Pobre antes, tienes las dos visiones, y puedes elegir.

Invirtiendo a largo plazo, de Francisco García Paramés

Invirtiendo a largo plazo es el libro de Francisco García Paramés, el Warren Buffett español (como lo han llamado en múltiples ocasiones, por sus altas rentabilidades en Bolsa). Es la mejor forma de entrar a conocer el mundo de la inversión en Bolsa.

¿Por qué recomendar esta lectura en cuarto lugar? Pues porque después de haber leído los otros tres ya tienes una base sólida sobre lo que es tener una buena cultura financiera. Ahora puedes dar el salto a algo más concreto, como la inversión en Bolsa. Y este es el mejor libro para tener una idea general sobre este mundo.

El inversor inteligente, de Benjamin Graham

El Inversor Inteligente es la obra más conocida del Value Investing, y en este libro se detallan todas las claves para comprar acciones de forma inteligente y con el objetivo de obtener rentabilidades en el mercado de valores. Un libro imprescindible para alcanzar una auténtica libertad financiera sin depender de terceros.

¿Por qué leer este libro en último lugar? Porque es bastante técnico, y, si lo intentas leer de primeras, sin los conocimientos adquiridos en los anteriores, seguro que lo dejarás a medias. Habiendo leído todo lo anterior, podrás exprimir al máximo este libro.

 

Y hasta aquí la lista de mejores libros de finanzas personales y educación financiera que hemos hecho con la colaboración de ComprarOnlineBarato.net. Esperamos que te haya resultado útil y mejores tu relación con el dinero y la riqueza (¡que no son lo mismo!).

Ser borde no mola

No, ser borde no mola. No mola una mierda. Tampoco es divertido. Ni útil.

Verán, llevo un tiempo observando cómo se normaliza un fenómeno.

Cada vez más a menudo me cruzo con gente abiertamente desagradable, orgullosa de su condición, a menudo incluso presumiendo de semejante “virtud”. No puede si no inquietarme, la verdad.

No se lleven a engaño. No soy en absoluto partidario del actual correctismo forzado, ni de buscar ofensas adicionales a las inherentemente vitales. Pero una vez más caemos en la trampa de la simplificación dicotómica, obviando las infinitas opciones intermedias. Se ve que cómo lo de ser políticamente correcto y no decir tacos es entre cursi y frívolo, esto puede suponer un apoyo oportunísimo para justificar un engendro grosero, maleducado y sin filtros.

Y miren, ni tanto ni tan poco. Que por ahí no paso, oiga.

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Ahórrense discursos invocando la asertividad y “aprender a decir no”. No voy por ahí. La asertividad y la honestidad no implican necesariamente falta de educación. De hecho son mecanismos que habitualmente contribuyen a no tener que llegar a extremos en los que se puedan perder las formas.

Tampoco empiecen con aquello de que los modales son una construcción social. No jodan, por supuesto que lo son. Una construcción de lo más refinada, que ha sido más que útil en la relación entre seres humanos a lo largo de los tiempos.

De la misma forma, no me estoy refiriendo a quien no hace uso de esos modales porque no haya podido aprenderlos o imitarlos, me refiero a quien los evita premeditadamente. Así que, sin querer yo darles lecciones, sí, es un tema moral. También evitemos reducir al absurdo, no pretendo que vayan dando los buenos días a todo el mundo que se crucen, ni dejen que les mangoneen abiertamente sin reacción. En realidad, saben perfectamente a qué me refiero.

¿De dónde surge llamar ‘borde’ a alguien que se comporta de manera antipática?

El registro es una de las herramientas que nos hacen funcionar como sociedad. No se comportan igual con su jefe, con el panadero, con su novio o con sus amigas. Y esto no es una imposición social atroz, es el factor  que posibilita relacionarnos a diario con personas de las que no sabemos nada (aunque lo pretendamos) de forma satisfactoria.

Desde un punto de vista más utilitarista, algunos me dirán que una actitud borde aleja pesados y torpes, consiguiendo de paso un respeto cobarde de quien se mantenga cerca. Yo les digo que también aleja a personas cojonudas, de esas que a todos nos conviene tener cerca. Yo les digo que quizá esa estrategia funcione dentro del marco de la insustancialidad. Para mentes ligeramente preclaras, las actitudes impertinentes se revelan a menudo como una pretensión, fruto de colosales inseguridades. La descortesía voluntaria tiene mucho de ego y necesidad de autojustificación, y muy poco de férrea personalidad. Huele a defensa preventiva a la legua.

En realidad sostengo que un carácter potente y generoso se demuestra precisamente al contrario. Escogiendo ser agradable, cercano y desinteresado, especialmente cuando no hace maldita falta, cuando no hay porqué serlo. De hecho considero que la contundencia argumental de quien se defiende o subleva con educación siempre será ampliamente superior que la de quien abusa del improperio, la ofensa y el careto.

En resumen, dejemos el postureo badass posproducido: “mira por dónde me paso las normas sociales, jaja”. Ya no tenemos quince años. Tratemos de evolucionar hacia algo más agradable, más humano, más útil, si prefieren. O al menos dejemos de vanagloriar la desconsideración y la insolencia, solo puede guiarnos hacia senderos que realmente no queremos transitar.

El pijerío. Antecedentes y causas.

 

Ojo que probablemente hablamos de la primera tribu urbana (entiéndase), la más antigua de todas. ¿O acaso no es un insulto? ¿No es uno de los despectivos mas recurrentes de las invectivas de ayer y hoy? El pijo es muchas cosas. Es descriptivo, es ofensa. Es miseria y es envidia. Con todo esto y algo más, me dispongo a tratar de arrojar algo de luz sobre qué narices es ser pijo, si lo eres, si lo soy y especialmente si eso debería preocuparte un carajo.

Como habrán comprobado si comparten algo de mi patológica capacidad observadora, hay un criterio entre difuso y arbitrario sobre lo que es ser pijo en esto nuestro país. Evidentemente es un término que por su naturaleza depende de diversas e inexactas variables (ninguna suficiente por sí sola). Podríamos reducirlas, digamos, a dinero, aspecto y actitud.

El dinero sin duda es una variable influyente, quizá la más intuitiva. En las acepciones de pijo del diccionario en las que no se hace referencia a genitales, la “clase social adinerada” es un denominador común. Sin embargo, considero este componente profundamente tramposo.

Es tramposo porque ¿dónde está exactamente el límite? ¿A partir de qué nivel de renta pasamos a considerar el nivel de pijerío presente? Y antes de que los ingenieros sociales salgan con el baile de cifras, ya se lo digo yo. No hay un número, porque el que pongamos sería injusto. Uno demasiado alto dejaría a muchos dignos merecedores fuera, y uno bajo aceptaría a demasiados.

A su vez, entrarían en juego muchas variables de corte económico. No son lo mismo 2500€ viviendo en Madrid centro, que haciéndolo en Oviedo, Málaga o Toledo. O teniendo cuatro hijos y un perro que sin tenerlos. O cualquier otra responsabilidad adquirida o heredada. O sin tener acceso real a ese dinero por lo que sea (es de tu familia, no tuyo). Total, que el dinero dice pero no confirma.

Seguidamente podemos indagar en el asunto aquel del aspecto. Aquí de nuevo hay una tremenda variabilidad. Es fácil equivocarse.

Muy habitual es encontrar a gente que confunde un mínimo de elegancia y estilo con pijerío. Si tienes gusto, usas zapatos a veces, no tienes ropa brillante o hecha con cáñamo, piensas que el chándal es para hacer deporte y las botas técnicas para senderismo, pasas automáticamente a ser pijo. Esta gente ignora que ese chándal Adidas o esas botas Chiruca, seguramente cuesten bastante más dinero que el equivalente de aquellos a quienes con alegría llaman pijos.

Igual que en este aspecto creo que hay reos inocentes, también es muy habitual el pijazo encubierto. El pijo transformista que absorbe la estética de veteasabercual tribu urbana de moda, y vuelca ahí todo su potencial. Hay pijos surferos, del snow, skaters, hípsters, raperos, chonis, y sí, perroflautas. Y es que también hay vanidad en la pobreza impostada. Una de las más retorcidas.

Antistenes le enseñaba a Sócrates por orgullo su capa rota y remendada

— ¿Qué es lo que ves en mí de supérfluo? le preguntó.

 — Veo tu vanidad, le contestó Sócrates, a través de los agujeros de tu capa.

¿En qué quedamos entonces? Personalmente atribuyo una imagen “pija” al estereotipo mas clásico al respecto: Camisa o polo de corte clásico, de animalillo visible y habitualmente desabotonada más allá de lo que la elegancia puede soportar.  Pantalón vaquero o chino de colores, náuticos, castellanos, o mocasín de borlitas. Todo esto añadido a un pelo excesivamente repeinado o pretendidamente despeinado según viajemos de sur a norte. No me mola demasiado el outfit pero sin rencores, hay cosas mucho peores. Como ven, en lo referente al aspecto, reservo mi denominación de pijo para el concepto más tradicional. Esto es contrastable en que nuestros padres ya lo identificaban como tal, y nuestros hijos probablemente harán lo mismo. Estos pijos vestirán regular, pero oye, son leales al uniforme.

 

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Nos queda la actitud, el contexto. A fin de cuentas, creo que es lo más determinante, aunque la gente suela quedarse en los dos puntos anteriores. Y creo que esta parte se explica mejor ejemplificando algo que creo, hemos vivido todos.

Quien más quien menos conoce a gente con posibles (ya sean familiares o propios), de familias bien; que resultan ser personas naturalmente humildes y modestas. Generosas y libres de clasismo, además de honradas y trabajadoras. De risa disfrutona y lomo voluntarioso.

De la misma forma, existe gente de origen económico de lo más humilde, que sin embargo vive montada sobre una impostura titánica, una lucha de egos permanente, una pretensión jerárquica agotadora. Comúnmente pregonando su pobre origen, escupiendo culpabilidad en la boca de quien se la quiera tragar.

(Y las miríadas de puntos intermedios).

A mi modo de ver, el espíritu del pijerío genuino queda mucho más reflejado en el segundo caso, independientemente del noble origen de cada individuo.

En resumen, como pueden ver, es todo cuestión de perspectiva. Hay mucho pijo acomodado, y también mucho tonto acomplejado. Hay que valorar las circunstancias personales de cada cuál si pretendemos hilar fino al respecto, y ni así es sencillo.

Para muestra, con los años voy tendiendo a no menospreciar a la ligera los logros de quien (parece) lo ha tenido mejor que yo en la vida. Sólo hay que comprender que hay unos cuantos que lo tienen (mucho) peor que yo, y de seguro no me gustaría que trataran de anular mis méritos.

Es decir, antes de dispensar pijerío maliciosamente, conviene recordar algo sencillo:

Para la inmensa mayoría de la humanidad, el pijo eres tú. Y yo.

Pues eso.

JJG

No es mi culpa

 

Y eso y nada más, es lo único que importa.

Asistimos confusos a un gran cambio de paradigmas en el mundo actual. Esta sentencia, por manida, no deja de ser menos cierta.  Célebres personajes, más que competentes en sus respectivos campos, avisan de la próxima revolución tecnológica e industrial, y de los efectos directos que tendrá sobre la sociedad.

La comunidad científica coincide: no podemos saber exactamente cómo cambiará el mundo en veinte años. La realidad es que ya está cambiando, y hacer hipótesis futuras puede resultar útil de cara a acercarnos lo más posible a un mundo razonablemente justo, en detrimento de las tan temidas distopías tecnológicas.

En este contexto, hay cambios o evoluciones muy evidentes, la mayoría relacionados directamente con maquinaria tecnológica. Teléfonos inteligentes, corazones artificiales, coches cuasi autónomos, incluso dispositivos sensibles a la voz que llegan a organizar fiestas autónomamente.

Se nos escapa más, por mayor grado de abstracción, el cambio social. Y no me refiero a movimientos hashgtag, ni a manifestaciones “masivas”. Pretendo incidir en lo referente al comportamiento más básico del ente social. En su sistema de valores. En la forma en la que la sociedad jerarquiza mayoritariamente sus ideas y pensamientos.

Precisamente aquí, es dónde encontramos el cambio que valoro más preocupante de cuantos nos acechan. Este escrito no pretende ser una perorata de abuelo cebolleta sobre la pérdida de los valores tradicionales. De hecho no creo que se hayan perdido en absoluto.

Los llamados valores tradicionales son (generalmente) los mismos. Simplemente, se han pervertido, tergiversado y retorcido hasta el absurdo.

Matar, robar, mentir y vejar sigue estando mal. Sólo que, de un tiempo a esta parte, son más importantes el sexo, color de piel, nivel socioeconómico e historial médico (de sospechoso y víctima) para juzgar la gravedad de la situación, que el alcance de los actos en sí. Ya no importan los hechos, si no quién o qué los protagonice, y las circunstancias circundantes.

Todo ello con un objetivo evidente. El de manipular los términos establecidos, el de subjetivizar el proceso,  relativizando y/o redireccionando la culpa en el sentido más conveniente.

Este ya no es un mundo de héroes, villanos, comparsas y víctimas. Se ha reducido la ecuación a villano y víctima, la cual se autoproclama héroe, en ausencia del mismo.

Ser una víctima no es deseable. Este sencillo axioma, tan evidente hasta ahora, cada vez tiene menos sentido. Si preguntas, seguirán diciendo que ellos no quieren ser víctimas. La realidad es que lo anhelan profundamente. La gente busca desesperadamente condicionantes vitales que justifiquen su fracaso (absoluto o relativo) en el camino hacia sus objetivos o hacia el concepto de cómo ellos consideran, debería ser el mundo.

¿Cómo se llega hasta aquí?. Como problema complejo el que tratamos, las causas y condicionantes a los que está expuesto son variados y escurridizos. Desde la postura acomodaticia de la juventud moderna occidental (que considera que la condición natural del ser humano es el estado de derecho que vela por sus derechos y libertades), hasta la difusión del posmodernismo relativista en disciplinas ajenas al que considero su verdadero campo de acción, el arte.

Sin embargo, me gustaría apuntar hacia un discurso más simple. Al concepto de libertad. Ese abstracto ente, que por su ausencia en la práctica totalidad de la existencia humana, ha sido el objetivo perseguido en los enfrentamientos globales de los últimos siglos. Todo el mundo ansiaba libertad. Pero ninguno sabía lo que implicaba. A todas luces un mal menor en comparación con su privación, pero igualmente implacable.

El radio de acción que proporciona la libertad nos obliga a elegir. La ingente oferta que existe en cualquier artículo que pretenda escoger para su vida (desde una ideología o religión, hasta una marca de cereales), conlleva una contundente consecuencia: la responsabilidad sobre la decisión tomada. Así que sí; podríamos asegurar que la libertad, por su capacidad para ofrecer opciones, implica necesariamente una responsabilidad directa en la elección de las mismas.

Y claro, el mundo no estaba preparado para eso. Hasta ahora, los culpables siempre habían sido  las diferentes bestias que impedían la libertad. Dictaduras fascistas y comunistas, guerras continuas, luchas de poder, catástrofes naturales, pobreza, falta de recursos y oportunidades… En un mundo civilizado en el que se han disuelto notablemente estos problemas (cuando no solventado completamente), la responsabilidad sobre sus respectivas existencias, recae mucho más directamente en el ciudadano que nunca antes en la historia.

Y nos pilla a contrapié. La reacción, lejos de abrazar la responsabilidad como un factor indisoluble de la libertad, ha sido buscar y juzgar nuevos culpables, cargar la responsabilidad de nuestros fracasos a un componente externo. Aquí hace acto de presencia la falaz consecuencia del título de este post: No es culpa mía, y si no es culpa mía, ha de ser necesariamente ajena.

El individuo de hoy en día gasta más tiempo y energías en buscar culpables para sus problemas, que en esforzarse por resolverlos. Esta cobarde y reaccionaria actitud, supone un tremendo retroceso en lo concerniente a la igualdad entre seres humanos. Señala a colectivos e ideologías, cuando no a sexos o razas enteras, como ese cáncer a extirpar, ese problema que casualmente justifica todo lo que no funciona en nuestras vidas.

El problema no es de ignorancia y paletismo. Dice Iñaki Uriarte que una situación habitual en su vida ha sido encontrarse con gente estimablemente inteligente defendiendo auténticas chorradas. Que probablemente esta habilidad intelectual facilita retorcer las cosas hasta justificar las ideas más disparatadas. Estamos rodeados de spin-doctors.

No es difícil encontrar ejemplos de lo que expongo. El feminismo de tercera ola ha usado torticeramente al hombre (especialmente si es blanco y heterosexual) como cabeza de turco de las frustraciones personales de millones de mujeres en el mundo. El popular ascenso de la ultra derecha en toda Europa, ha conseguido que organizaciones marginales y caducas hayan sido resucitadas por toda esa gente que sigue necesitando culpables fuera de ellos mismos. Podríamos indagar en muchos ejemplos más, hablar de Trump y el Brexit, de los refugiados, o del brutal antisemitismo de la izquierda europea. Siempre el mismo esquema. La culpa es de otro. Pero sobre todo, no es mía.

Todo por esquivar responsabilidad, por malinterpretarla. Por evitarla inmaduramente como un veneno, en vez de entenderla como un don implícito a la libertad.

Para terminar, no hay nada más lejos de mi intención que tratar de darles lecciones en este tema. Si me atrevo a asegurar tan firmemente este espasmo en nuestro sistema de valores es porque más veces de las que me gustaría, me he reconocido en esta actitud. Yo también me he visto retorciendo palabras, argumentos y valores hasta conseguir salir libre de culpa en cualquier juicio sobre mis fracasos.

¿Mi propuesta? La verdad es que no comulgo con el eslogan oficial de autoayuda post-producida, basado en presuponer que todo lo que nos ocurre es exclusivamente culpa nuestra. Considero que pensar así sólo hace el análisis de la situación más sesgado, mas falso. Y con información incompleta, siempre estaremos menos preparados para resolver la situación, más lejos de la solución, más perdidos en saber a qué nos enfrentamos.

Por supuesto, hay infinidad de factores que no podemos controlar y que juegan en nuestra contra, siempre. Ahora bien, como ejercicio, considero útil la regla generalizable del 50%. Habitualmente tenemos, al menos, la mitad de culpa, la mitad de la responsabilidad de lo que nos ocurre (para bien o para mal).

Además de suponer un necesario ejercicio de humildad, es una buena casilla de salida para iniciar la ruta.

Buen viaje.

JJG

Emprendamos (a golpes)

¿Cuál es la clave del éxito empresarial? ¿Quieres ser un emprendedor? ¿Te gustaría montar tu propia empresa tecnológica (perdón) start-up? ¿Ser director, consejero delegado, (perdón) CEO de tu propia creación?

Pues tengo malas noticias cariño: lo llevas crudo. Aunque por otro lado, en realidad es sencillísimo.

No, no he perdido la cabeza, soy consciente de la contradicción, y no, no es un juego de palabras para que compres mi crecepelo patentado. Se trata, ni más ni menos, de un resumen en dos frases del ideario del españolito medio al respecto.

Siempre les hablo de las escalas de grises (que no de la absurda equidistancia) y de su importancia a la hora de realizar un análisis razonablemente veraz sobre prácticamente cualquier asunto en liza. Bueno, pues en España nos da alergia el gris. En parte es comprensible. Un pensamiento extremo siempre será más sencillo de defender (por absurdo que resulte). Tendrás multitud de aliados que, al igual que tú, han obviado la posibilidad de realizar un mínimo esfuerzo intelectual y trabajar en el fangoso terreno de los grises. Formarás parte de un equipo y podrás odiar al otro, actitud tan adorablemente nuestra. Dentro de poco pondremos porterías de fútbol en el congreso.

Al lío. Porque el tema tiene tela y hay que joderse.

Por un lado, tenemos a nuestro pequeño revolucionario patrio, muy dado a jugar a la intifada y la huelga en ratos libres (hasta que hay que dar la cara), luchando abiertamente en contra de la empresa. Así a las claras, con sus gónadas por delante. En su dispersita cabeza, el empresario se ha convertido en un malvado ser de frac con monóculo que gusta de azotar niños africanos en sus ratos libres. Todo lo que no sea un contrato fijo e inmediato por tres veces el sueldo mínimo es explotación laboral, y nos olvidamos de la libertad de empleo y/o contratación. Las libertades, guay y tal, pero cuando me tocan a mí. El resto lo que yo diga.

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Facultad CC Económicas UAM

Por un lado lloramos la falta de contratación para unas (supuestas) competencias, y por el otro atacamos a la empresa y la queremos fuera de la universidad, muy coherente todo. Por supuesto, este individuo tiende a obviar que su torticero concepto de empresa se ajusta más a una multinacional y no a una PYME, que representa el grueso del tejido empresarial del país, así como proporciona la inmensa mayoría de empleos. Que sí, que Coca Cola y Telefónica son muy grandes, pero por cada una de estas, hay 100 peluquerías, bares, panaderías, carnicerías, zapaterías y otras pequeñas empresas.

Esta retorcida forma de ver el asunto, ha calado entre el izquierdita medio. Con Podemos como estandarte ideológico, ha convencido a una parte embarazosamente grande de la población de que tiene que existir un estado todopoderoso que los cuide y asista, y me temo que ya es tarde. Es el doble filo de la libertad, que cuando la tienes, el responsable único de tus actos eres tú mismo, y lo tienes jodido para culpar a nadie más. Y eso no mola. Lo de apechugar ya tal.

Cada vez más jóvenes piensan en ser adiestrados funcionarios (soy partidario del trabajador público, pero me parece una aspiración triste y acomodaticia en los niveles en los que se sitúa en España), hacer su horario (si tal) y cobrar fija y puntualmente hasta el final de sus días. Y ya  si puede ser, recibir algún tipo de subsidio por un puesto de trabajo desfasado y deficitario, o simplemente por el milagroso efecto de su existencia divina (pagado con los impuestos de otros, claro está).

¿Hasta aquí el tema? Ya os gustaría. Ojalá la izquierda de cartón piedra fuera el único problema. Las huestes comandadas por los remanentes del PP más naftalínico tienen mucho que decir.

Y es que desde el fondo norte tampoco se quedan cortos. Por otro lado resulta que somos unos vagos. Hay que joderse. Así tal cual, con su genitalia por delante. Que si no tienes trabajo, pringado, es porque “no te mueves” (qué fan soy del “no te mueves”). Que es la época de las oportunidades y el emprendimiento. Del Linkedin a fuego y de jugar al Steve Jobs se va juerga. El neospanish dream.

Lo dicen los estudios de la fundación donde trabaja papá (y multitud de rigurosísimos manuales de autoayuda): si estudias, trabajas y te esfuerzas, encontrarás tu trabajo soñado. De la misma forma, si lo das todo por tu idea, y esta es lo suficientemente buena, tu sueño se cumplirá. El resto son llantos de vagos rojeras que no se duchan y fuman porros. A ver si espabilamos.

La realidad en la cabeza de estos chiquillos es absolutamente paralela. Todo este envenenado discurso se hace elocuente en un pequeño reportaje de Cuatro que me facilitaron hace poco. Resulta que, un chavalito joven (24 dulces añitos), había fundado una empresa multimillonaria. El zagal disponía de una compañía aérea con su flota de aviones y su millón de euros al día en combustible. Asombroso. O bueno, igual tampoco es para tanto.

Según avanzaba el asunto, el susodicho afirmaba que quería servir de referente para los jóvenes de España que están ahí sin hacer nada. Referente se reveló la inversión inicial de la empresa. Nada más y nada menos, que 3 millones de euros. Por ponerlo en contexto, más del doble de lo que ganaría una persona con un sueldo de 2000 euros (netos) al mes durante toda su vida laboral. Me gustaría que me explicara exactamente para quién quiere servir de referente. No me meto en su capacidad para el puesto, pero no creo que sea una referencia objetiva para nadie.

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“Los jóvenes tienen que independizarse ya”

Y tampoco hace falta llegar a estos extremos de riqueza. Entre las clases altas, la pequeña empresa fundada por los jóvenes de la familia es un habitual.  ¿Quiere decir esto que estoy en contra? En absoluto. Si dispones de capital y tienes una idea, adelante con ella y suerte.

Pero no me cuentes que no “me muevo”, que soy un vago, inútil o sufro insuficiencia creativa. No es lo mismo aprender inglés poniendo copas en Londres que pasándote un mesecito en verano (desde los 12 años) en países angloparlantes. Como no es lo mismo tratar de fundar una empresa sin esos 30000 euros avalados por papá. Que te puede salir mal, pero con criterio, ya que puede permitírselo, tu adinerado padre te dirá algo como: “ya sabes lo que no hay que hacer para la próxima”.

Si a mis padres les pido un dinero para una empresita, en primer lugar se lo toman a chiste. Cuando se les acaba el ataque de risa, ponte que tengo un plan viable y les convenzo. Suponiendo que todo fuera así, a ver si el banco considera el proyecto tan viable, y el aval tan potente. Y si llegado el caso sale mal, ya sabría lo que no tengo que hacer, claro. Pero estoy metido en un lío bancario y mis padres en otro. En este contexto, no es descabellado que me replantee mucho lo de emprender.

¿Quiero decir con todo esto que los hijos de familias adineradas son inútiles con el dinero por castigo? ¿Quiero decir que sin dinero no se puede emprender? En absoluto.  Simplemente es considerablemente más difícil. Se de primera mano que hay un buen puñado de “pijos” inteligentes, formados, y con una capacidad de trabajo y creatividad sobresalientes. E insisto, si esta gente dispone de capital para montar su empresita, me parece maravilloso y ojalá les pueda ir bien. O equivalentemente,  si tienen la posibilidad de un enchufe laboral, lo aprovechen. Lo que me repatea es que algunos pretendan convencernos de que ellos “lo valen”. Que los que no emprendemos o tenemos trabajos mal pagados fuera de nuestro sector es porque no lo intentamos lo suficiente, porque sólo sabemos llorar, en definitiva, (mantra del elitismo económico) porque no valemos.

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Elocuente gráfico en función del nivel económico

¿Mi postura? En realidad es sencilla. Para montar una empresa necesitas trabajo, una buena idea y una capacidad intelectual a la altura. Pero si no tienes la posibilidad de una inversión inicial (y/o de mantenimiento) estás fuera. Puedes ser el más rápido en Le Mans, pero si no te arranca el coche, nunca podrás demostrarlo. No quiere decir que (como intentan señalarnos desde los sectores más rancios de la izquierda) la persona con capacidad de inversión sea el demonio. Sin embargo, es importante valorar que, objetivamente, lo tienen infinitamente más fácil. Que no pasa nada, no están haciendo nada malo, ojalá lo tuviera yo así (la épica del pobre es muy cansada incluso para quienes la ejercemos), pero la realidad es la que es.

Espero les haya servido de análisis elocuente (ja).

Besos y abrazos.