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Trapitos para tontos y pobres. Presentación.

Tras recibir muchas presiones por parte de algún lector que repasó mi post de presentación (putos tiquismiquis), y con afán de satisfacerlas, me dispongo a inaugurar, con más ganas que miedo, mi sección de “moda masculina”.

En primer lugar aclarar que no soy ningún experto, ni ningún fanático. Hasta donde se, tampoco soy un desliz de Tim Gunn en el Benidorm de los 80. No soy un obseso de la imagen, ni de la marca, ni del estilo. Simplemente me gustaría compartir una visión, una serie de directrices que bajo mi criterio y concepto del buen gusto, podrían ayudar a más de uno a mejorar su “pinta”.

Y es que, no jodamos, importa. Importa porque en este mundo, una imagen vale más que mil palabras.  Importa porque lo que llevas, manque joda, habla de ti. Y puede decir mucho, decir nada, o decir mucho y malo.

Importa porque hasta el más perroflauta, en el fondo de su indignado corazón, disfruta cuando llega esa boda, o esa nochevieja, y saca del armario aquella camisa y aquella americana que parecen hechas para él, y durante unas horas juega a ser James Bond con rastas. Y James Bond mola. Mola con traje, con esmoquin y con unos malditos chinos y un polo. No se cansa de molar. ¿Mérito de las perchas? ¿de los Connery, Moore, Brosnan?. Sólo hasta cierto punto. Detrás tenemos todo un equipo de vestuario que hace siempre los deberes.

Ahora bien (y aquí llegamos a una de las bases de mi sección de moda), al tío lo visten caro. Muy caro. En una de las últimas hasta hacen publicidad con el peluco Omega, una preciosidad de reloj, pero que cuesta más de 6000 euros. Y no les aburriré de nuevo con el topicazo de que para vestir bien no hace falta mucho dinero (aunque para vestir muy bien, considero que sí), simplemente lo daré por asimilado.  El problema es que soy habitual lector de muchas publicaciones  al respecto. Y si algo tienen en común es que promocionan marcas y modelos muy costosos en el 90% de los looks que proponen o exhiben. Además, caen en términos petulantes  y encriptados a la hora de describir el producto, tratando supongo de vender profesionalidad y glamour.  Y eso cuela con el Schmidt  de turno. Con un hombre que lo único que quiere es mejorar ligeramente su aspecto, ver qué se “lleva ahora”, o salir de un apuro para un compromiso o una cita, lo único que se consigue es volverlo loco en el mejor de los casos. En el peor el pobre hombre acaba pensando que todo macho bien vestido tiene mucho de hembra, y que si te desenvuelves en ese mundillo, resultas irremediablemente gay.

Por ir aclarando el tema para detractores, el término “moda” no es que sea de mi agrado. Si lo empleo es únicamente porque el personal se de por enterado, no tengo ningún interés en torcer aún más mi literatura. Siguiendo con el asunto, no creo en la idea de que la tendencia justifique auténticas ridiculeces y obscenidades estéticas. Valoro que pueda recuperar o actualizar clásicos, crear algún detalle curioso, pero en ningún caso creo que el vestir bien tenga nada que ver con “lo que se lleva”. Ni por asomo. Si lo que “se lleva” me gusta y se ajusta a mis cánones estéticos, me lo pongo, si no, me seguirán sangrando los ojos al verlo por la calle, y poco más.

Antes de comenzar con el primer análisis, haré un resumen del funcionamiento básico de la sección. El nombre de la misma, viene sugerido por un clásico consejo de moda respecto a la botonadura de la chaqueta del traje. Nunca, siempre, casi siempre deben de estar abrochados estos botones, de abajo a arriba y ya  en función de los botones que tenga la chaqueta. Bien, pues con estos 3 términos y el irremediablemente ausente “casi nunca”, evaluaré las pintas que toquen según cada día. Apunten bien. Nunca, siempre, casi siempre, casi nunca.

Bien, para estrenar mi demandada sección, empezaremos con lo que considero un punto capital de la moda (y de mi armario),  tan necesario en estas épocas de olas de frío de road trip (desde Polonia o Siberia que se vienen). Efectivamente, voy a hablarles de abrigos. Esa prenda que dadas las temperaturas actuales,  llevamos un porcentaje considerable de horas encima. Soy consciente de que la “temporada” esta a punto de terminar, pero un par de noches de fiesta a -3ºC me recordaron que lo peor viene ahora. Al meollo.

SIEMPRE

Una de los pequeños logros de la “moda” actual ha sido recuperar el abrigo de paño (ya sea tres cuartos, como hasta la cintura) para el buen vestir del individuo de menos de cincuenta. Evidentemente existen algunas atrocidades, pero en general casi cualquier diseño, y en cualquier color respetable (negro, azul marino, gris…) representan una apuesta segura, y bastante eficiente a la hora de resguardarnos del frío con cierta clase. Su enorme boom en los últimos años, hace posible encontrar modelos más que elegantes y cumplidores (la calidad del paño suele ser aceptable) por menos de 100 euros. En Zara, H&M, Springfield o similares, se puede encontrar una amplia variedad. Además se trata de una de esas prendas en las que una inversión un poco más “esforzada” (200-300 euros)  puede darte “una prenda para toda la vida”. Es el caso de abrigos de “El Ganso”, o Fuentecapala (ahora viste al Altético de Madrid nada menos).

Apuesta personal: Las piezas de estilo militar, ya sea por el corte, detalles o símbolos, aportan un aire señorial, además de ser un homenaje a los orígenes de muchas de estas prendas, como el trench, o lo que viene siendo la gabardina de toda la vida de Dios.

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CASI SIEMPRE

Aún siendo consciente de que la inmensa mayoría podrían definirse dentro de los abrigos de paño anteriormente expuestos, los abrigos de espiga merecen un caso aparte. Se trata de uno de esos casos en los que las reacciones ante un mismo estilo de prenda pueden variar entre partirlo sin límites o ser el hazmerreir. Se pueden encontrar auténticas maravillas dentro de “la espiga”, pero también aberraciones made in imserso o “soy rapero negro, para quien no se haya enterado” (sobretodo si es de color blanco).

Toque personal: Los detalles como forro, ojales o coderas en piel (sin abusar) distinguen y completan mucho el abrigo.

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CASI NUNCA

Hay que reconocer que hay veces en las que las inclemencias del tiempo son especialmente incómodas. Y ya sea por evitar una hipotermia, o lo que es más importante, no cepillarnos el abrigo de piel de camello que nos regaló la adorable señora Desmond, lo mejor es optar por prendas más “técnicas”. En este amplio abanico incluyo desde el abrigo que usa tu pirmo Borja cuando se va a Baqueira (tipo esquí), hasta lo que llamo cariñosamente “abrigo de puerta”. Ahora bien, se entiende el uso de estas prendas para bajar al perro a las 3 de la mañana, para ir al gimnasio, para pasar un finde en el campo, si llevas una semana con gripe o si Sandy pasa por Madrid. Y evidentemente si te vas a esquiar o trabajas en la puerta de una discoteca durante 10 horas. Pero desde luego no como abrigo diario y habitual, a no ser claro que tengas 16 años. Si, ya se que en el espejo puedes parecer Vin Diesel, ahora que el abrigo te hincha y tapa los michelines,  pero no.

Detalle personal: Lo que no se puede bajo ningún concepto, por favor, es llevarlo con el traje debajo y que asome la chaqueta. Me la suda si a GQ le parece desenfadado y urban. Es una gitanada y punto.

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NUNCA

Por donde ya no paso es con lo de llevar plumas (plumíferos en versión cursi) con los huevos negros (crecidito en versión cursi). Que si, que puede haber alguno medio decente incluso con ligero estilo, de acuerdo. Pero por lo general no son sino un retroceso a la niñez y a la (por lo general) cutrez supina en pos de que no te pasaras dando por culo con otitis o anginas. Si parecías el muñeco de michelín de resaca era lo de menos. Si ya son en colores chillones, brillan en la oscuridad, o Dios no lo quiera, de la equipación del Chelsea,  su exhibición debería ser punible por el código penal.

Ni de coña: Los chalequitos plumas. Ya se que todos tuvimos uno (si, yo también), pero por favor, déjenlo aparcado para las sesiones light. Un poco de solidaridad y respeto por uno mismo.

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Y esas cosas.

JJG.

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