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El postureo funciona

O, en palabras del bueno de Nico, “Todos ven lo que tú aparentas; pocos advierten lo que eres”. Y de perdidos al río.

Saben que no me pondré a machacarles con el enésimo análisis desgranado, desenfadado, actual y snob, de este el postureo, y de su trascendencia en la tweet-subgeneración. Ni me rebajo, ni soy tan gracioso, y sobretodo, tampoco les interesa. Una mierda. De hecho uno de los puntos de apoyo de mi desahogo de hoy reside en eso mismo. En que a estas alturas todo quisqui identifica, capta y hasta en algunos casos, reconoce en uno mismo el vil postureo. O eso suponemos.

En líneas generales considero esto de las “Pequeñas idiosincrasias” algo tirando a inofensivo, divertido, gracioso, además de poder llegar a ser una de las formas más dignas de reírse de uno mismo, si es que eso sigue existiendo.

Ahora bien. Existe una línea muy fina (y últimamente en huelga de hambre) entre la dignidad y el orgullo, llegando en muchos casos a sonarme sinónimos. No todo iba a ser jolgorio y algarabía. Y es que encuentro un doble cinismo más que curioso y cabreante en esto del postureo.

Por una parte, tenemos un exponente posturil incuestionable en lo que llamo, cinismo moderno. Ese uso que le hemos dado al término, que tan bien se acopla a ciertos individuos. Si, aquellos personajes faltos de felicidad por ligera que sea, esos descreídos pasados de todo que no ven bondad e inocencia ni en el pato Donald. Me refiero a esa actitud pasota y arrogante, sarcástica, condescendiente e hiriente, irónica, histriónica y burlona. Y lamento el batiburrillo de adjetivos, pero no es algo sencillo de explicar sin recurrir a él.

Por otro lado, el postureo se encuentra de bruces con el otro cinismo. El que llamaré cinismo científico. En palabras de la RAE, “Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”. Y es que hemos llegado a un punto, en el que aún identificando las posturitas, las practicamos impasibles y tranquilos, conscientes a golpes de la omnipresencia de la frase con la que he abierto el post. En aras de no contradecirme (más de lo habitual, soy una bellísima contradicción con patas) insistiré en lo inofensivo en general que considero el asunto. Pero no me negarán que es cuanto menos hipócrita, que hagamos saña y burla de las innumerables manifestaciones de nuestro amado postureo, mientras somos practicantes clandestinos del mismo, y aún peor, no lo identificamos y nos lo tragamos con patatas.

¿O te piensas que tu novio el misionero(s) no querría poner mirando a Calcuta a tu amiga la “lady Madrid”? (Y más preocupante aún, ¿crees que si se le pone a tiro vas  a poder hacer algo para evitarlo?)

¿Acaso crees que ella “acaba de salir de la ducha” siempre que la llamas? (estás hecho un espabilao y un sex symbol, campeón)

¿De verdad te lo crees cuando ese cantautor comprometido, el de la guitarrita, asegura no ver porno? (aunque esa barba de tres días, ayuda a creerlo todo eh, zorrona)

¿En el fondo te lo zampas cuando se ponen a largar sobre Capote y los beat, cuando hace dos semanas su libro favorito era Harry Potter? (La wikipedia es la herramienta definitiva del postureo intelectual)

¿En algún momento cuela que tu nuevo motero alérgico a las camisetas prefiera “el sexo con amor”? (Dios, que “abs”, me quiere fijo. Si no, ya le quiero yo a él por los dos.)

¿A quién en su sano juicio le sonó creíble aquello de “no subiremos el IVA” “No haremos recortes en educación y sanidad” y demás parafernalia a todas luces postureosa? (Concretamente a diez millones, ochocientos treinta mil, seiscientos noventa y tres individuos-as)

O la máxima (y paradójica) expresión del postureo: “No me importa lo que piense la gente de mi”. Al final el mayor postureo reside, precisamente, en no aceptar su presencia en nuestra vida.

Pues lo dicho, que somos todos muy guays y muy suspicaces. Muy alternatas y nos partimos las gónadas en grupo con aquello del postureo. Que somos íntegros, honestos y mazo “nosotros mismos”. Pero luego, sombra aquí, sombra allá.  Somos seguidores y víctimas del postureo más ruin. Y cuando nos la meten por el culo, nos quejamos que escuece. Vamos que un poco lo de siempre.

Por todo esto y por mucho más, somos, cada día, un poquito más gilipollas.

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No huelga decirlo

…aunque debería. Y lo repetiré, por si no lo pillaron anteriormente. Y no me cansaré por aquello de que me jode. Me jode mucho. Y la rabia, el resquemor y el desprecio pueden ser tan buen motor como cualquiera. Para los moralistas, añadiré, que las consecuencias, supongo, ya me tocarán. Pero es que manda huevos. No aprendemos, y lo peor de todo, no tenemos maldita intención de hacerlo.

Los más avispados, habrán deducido por el título que les voy a sacar el tema de la huelga general “celebrada” el pasado miércoles catorce de Noviembre. Los que ya me ha leído saben que estas cosas me gustan, me ponen, me motivan. Y es que es en estos momentos cuando todo el mundo parece tener opinión, y eso me gusta. Y es que soy partidario de que la gente hable. Que hablen hasta que se cansen. Lo que ocurre es que como quien dice, todo en exceso es malo. Y no me salgan ya los censores y las alusiones al fascio, denme ligera cancha, que me explico.

No creo que exista mayor artilugio generador de conocimiento para el ser humano que la conversación. Y a más de uno le dejo que me tire un libro a la cabeza, pero yo a lo mío. De hecho, si esta se practica lo suficiente, puede llegar a ser uno de los mas exquisitos placeres. A lo que iba. Por lo que se, -díganme loco- para conversar se necesita que la gente hable, si. Pero es tan importante como que la gente escuche. Y ahí es dónde la cagamos. Estrepitosamente. Y si algo fue el miércoles, fue un día de bocas abiertas y de oídos tapados (que no sordos). Y es que está muy bien que la gente hable, pero si no escucha, es como una tortilla de patata a la que le faltan huevos o patatas. Que o no es tortilla, o no es de patata. Pues eso.

Como observador externo y “neutro” que me considero, (no estoy afiliado a ningún partido, y jamás he votado por ninguno) lo que vi no fue una huelga. No vi un cese, una interrupción con fines reivindicativos. No me encontré con gente bien organizada “luchando” por nada. Tampoco me encontré un gobierno preocupado o alerta por el movimiento de un sector importante de la población. Nada de lo que hacían parecía perseguir ningún objetivo real. Más que nada y principalmente, porque como todos sabían, sindicalistas románticos al margen, no serviría de nada o más bien de poco. Lo que vi fue ira, furia, impotencia, rencor, mala baba, llámenlo como se les venga. Vi desahogo. Me encontré con todo el mundo soltando mierda y con nadie dispuesto a recogerla para tratar de hacer con ella algo mejor.

Lo que vi fue que por primera vez desde que gobiernan, todos los diputados del PP acudieron a su puesto en día “habitual”, en una especie de “toma ya”. Lo que vi fue a gente, a plena luz del día, pasar como la caballería de Atila por las calles, dejando destrozos y desorden a su paso. Lo que vi fue a un mosso d’esquadra con los huevos negros, soltar un porrazo en la cabeza a un menor. Lo que me encontré fue a niñatos imberbes increpando e insultando a señores que vieron jugar a Gárate. Lo que apareció, fue una delegada de gobierno manipulando de forma consciente las cifras de la manifestación de la tarde, en una acción que sin merecerme la menor importancia, roza el delito. Lo que vi fueron insultos, improperios, presiones, alaridos contra la gente que decidió abrir sus negocios. Entre ellos, un grupito que, al grito de “fascistas”, obligaba e imponía su doctrina a los comerciantes, en un acto digno de figurar al lado de la palabra “hipocresía” en el diccionario. Vi como la gente defendía una acción más contundente y sin miramientos por parte de los anti-disturbios contra la masa de manifestantes, queriéndolos vestir de gris. Vi como se quemaban coches de policía y algunos proclamaban la revolución a base de sangre. Vi como uno de los panfletos nacionales, en una labor de patetismo ridículo (y no puedo decir que sin precedentes), insultaba rabioso a los manifestantes. Vi como los mismos manifestantes que pedían justicia, derechos e igualdad, se dejaban comandar por payasos de la farándula, chupasangres de sindicato y por alguno de los miembros del antiguo gobierno negligente. Lo que vi fue a gente pretendiendo tacharme de insolidario y oportunista, porque “me aprovecharé de sus logros sin hacer nada”, al margen de la pedantería y soberbia pseudo-heroica que rezuma el temita, muy en la línea de esa “superioridad moral auto-asignada” que tanto les gusta a los angelitos, por el momento lo único que han conseguido es que me coma un par de atascos.

No me negarán que tanta “expresión” no deja si no un panorama completamente desolador. Sobretodo para los que creemos firmemente que esto no es un juego de buenos, ni de malos, ni de regulares. Para los que pensamos que esto no es un “conmigo o contra mi”, sino un todos juntos. Porque claro, como critiques algo que afecte a los unos, ya te acusan de justificar todo lo que hagan los otros, y viceversa.

Para explicar esto, haré referencia a una escena de “The newsroom” la nueva serie de Aaron Sorkin, (altamente recomendable) que nos muestra el día a día detrás de un canal de noticias y su lucha entre la audiencia y la honestidad periodística. Pues bien. En una de estas, durante la serie necesitan a una chica para llevar como invitada al programa. La chica no parece andar muy por la labor, pero finalmente y tras la insistencia de algunos redactores, acepta. Durante la entrevista en directo, la chica se calienta y se le escapan un par de proclamas pro-abortistas, una metedura de pata, ya que la cadena es tradicionalmente republicana y el propio presentador  y protagonista (Will McAvoy) se declara militante. Esa noche, cuando la joven vuelve a su casa, encuentra que su puesto de trabajo (una tienda de moda) ha sido acribillado a ladrillazos y una pintada que reza “Baby Killer” (mata bebés) adorna el escaparate. El presentador llega a la zona avisado por sus colaboradores, mientras la policía cerca la zona. Al acercarse a la chica, que pulula preocupada y asustada por la zona, y preguntarle por su estado, la chica le contesta: “Lo siento, se que tu eres pro-vida”. A lo que Will contesta algo como “lo que no soy es pro- tirar ladrillos por las ventanas”. Y a eso vamos, joder.

Cuando el radicalismo se vuelve más goloso e irresistible, cuando toda la bilis se impone y sólo importa tener razón e imponerla, es cuando más esfuerzo de criterio debemos hacer. Porque cuando para tener razón, tengamos que obviar la realidad, habremos perdido el rumbo. Porque si algo debe de irnos quedando claro en en esto nuestro país, es que no puedes ni sugerir que el votante-expectador-militante no lo sabe todo. En este país todo el mundo lo sabe todo, y todo el mundo tiene razón. Porque si no, eres un fascista comunista represor rojo facha progre carca. Y eso no puede ser, ¿verdad?. Pues si. Aquí me tienen. Debo ser todo eso. Al menos eso saco en claro de las múltiples conversaciones “civilizadas” que he tratado de mantener estos días. Ahí queda.

Por todo eso y por mucho más, cada vez somos un poquito más gilipollas.

Ladrones y piratas

Ya está. Aquí lo tenemos. Ese momento que pensamos que nunca llegaría, está aquí. A pesar del abrumador rechazo mayoritario. A pesar de la postura de sabios y entendidos. A pesar de la evidente falta de respaldo legal. Las llamadas leyes antipiratería, se han impuesto.

Ayer cerraba MEGAUPLOAD, una de las más grandes webs de intercambio de archivos, y a su vez, una de las más visitadas de España, estando MEGAVIDEO, una de sus secciones, en el número trece del ranking. El FBI asegura que los arrestos y el cierre de servidores nada tienen que ver con las leyes que pronto verán la luz de forma oficial (conocidas como SOPA y PIPA), que son en base a delitos de blanqueo de dinero y demás. Como con Al Capone, encarcelado por evasión de impuestos. Les ha costado encontrarle las cosquillas, pero al final, lo han conseguido.
Con este suceso las descargas gratuitas a través de este tipo de páginas empiezan a ver su final. El debate es de sobra conocido, no me entretendré en desgranarlo de nuevo. Lo que pretendo es dar una nueva visión a este debate.

No me malinterpreten, entiendo que siendo autor, el hecho de que tu trabajo se distribuya de forma gratuita (por encima de tu consentimiento) no te haga puñetera gracia. También es tu trabajo, y, en muchas ocasiones, además vives de ello. No entraré en eufemismos y tergiversaciones sobre lo saludable que es “compartir” y que no hay nada de malo en ello. Seamos honestos. Un porcentaje muy bajo de las personas que utilizamos estas páginas “compartimos” nada. Aprovechamos el trabajo de otras personas, conocidas por “uploaders”, para tratar de pasar un rato entretenido o al menos perder el tiempo de forma cuasi honrosa con una buena película o una buena serie. Y de paso nos ahorramos unas pelas. Que no está la cosa para caprichos. Pero no nos engañemos. A fin de cuentas consumimos trabajo ajeno por el cual tendríamos que pagar, no deja de ser un servicio. O al menos yo lo entiendo así.

Ahora bien, por el contrario no podemos obviar la importancia a nivel cultural que tienen estos servicios. Precisamente en un país en el que tristemente no podemos presumir de ser “los más listos de la clase” -aunque a menudo nos lo creamos- no estaría de más facilitar el acceso a la cultura, especialmente a los más jóvenes. Y no me salgan con lo de siempre. También me sé la del “carnet joven”, el día del espectador y demás pantomimas a todas luces insuficientes, sólo útiles de cara a la galería. Considero que la inaccesibilidad que tenemos a la cultura no es por falta de oferta o publicidad. Es porque es cara. Así de simple. Acérquense a cualquier librería y busquen la edición más barata de “Crimen y castigo”, de Fiodor Dostoievsky, por poner un ejemplo. Descubrirán, como hice yo, que lo más barato ronda los 5 euros y buscando en librerías de segunda mano y en ofertas cutres de amontonamientos de supermercado. Si buscan, como hice yo este verano, la filmografía de Billy Wilder, descubrirán que con suerte las ediciones en DVD más cutres, rondan los doce euros por filme. Vamos, que comprando los “clásicos” la gracia saldría por unos cincuenta o sesenta euros.

De acuerdo que a primera vista no parecen unos precios tan desorbitados como pretendo que los vean. Pero no podemos olvidar que tenemos una tasa de paro juvenil que asusta. Por no hablar de fracaso escolar, o de niveles de cultura general. Y todo esto, si además pretendemos que los chavales estudien, y por tanto no puedan trabajar o al menos no por algo más de unos pocos euros para pagarse un par de cervezas, pues entonces sí que es caro.

Y si, llámenme carca si lo desean, pero considero los bienes culturales expuestos en ambos ejemplos como fundamentales para cualquier mente susceptible de ser cultivada. Además de suponer un placer maravilloso para cualquier individuo que “se deje”, ya sea infante o vetusto.
Por todo esto considero que obras como las anteriormente citadas deberían de tener un acceso prácticamente gratuito para cualquier ciudadano, con más inri tratándose de población joven. Pienso que habría que pagar, pero pagar un precio simbólico, que no suponga para nadie dejar de tomarse una cerveza o no poder pagar el metrobús. Pagar porque es trabajo de alguien y es justo que se remunere. Sin más.

Y es aquí donde encuentro el problema de base del debate. Aceptamos sin remilgos que un artista de éxito, debe, por imperativo, cobrar indecentes cantidades de dinero. Tanto que no sepa qué narices hacer con esos ingresos. Partiendo de esta premisa, el precio de libros, discos, Dvd’s , merchandising y demás, no puede sino, estar a la altura de tan titánicas cantidades.

Diagnostiquen mi trastorno si quieren, pero sinceramente no comprendo por qué un artista exitoso no puede tener su sueldo acorde a la media de trabajadores. Evidentemente, cuanto más éxito tenga, más venderá, y más ingresos acumulará, y en función de esto variará su poder adquisitivo. Como todos los trabajadores. Apuesto a que, si por ejemplo, Lady Gaga cobrara sus doce millones de discos vendidos a dos euros en vez de a dieciséis, no sólo no se moriría de hambre, sino que seguramente viviría mejor que la mayoría de nosotros. Quizá tuviera que cambiar el yate por un velero, o la limusina por una berlina, pero seguro que no saltaría a la comba con el umbral de la pobreza como le ocurre a cada vez más gente en este país. Y todo eso, sin contar con los conciertos, contratos de publicidad y demás ingresos extra que tienen los “damnificados” por la piratería. Por no meterme solo con la Gaga, en el mismo saco meto a actores, escritores, guionistas, productores etc.
Acepto que mi postura de no alimentar egos ni crear divas con mi dinero puede no ser lo más popular para este sector, que lleva siendo sobrevalorado y excesivamente remunerado desde que la industria se globalizó.Por no hablar del favor indirecto que les hacemos a esos autores aún por despegar y que de no ser por la red, no tendrían la difusión necesaria para salir adelante.Un gran ejemplo de ello, lo tenemos en  los blogger que empezaron escribiendo su blog de forma gratuita y casi anónima, y ahora mismo cobran por ello o ya están fichados como guionistas o novelistas.

Como colofón, me declaro culpable de poseer todas las películas de Wilder, “Crimen y castigo”, y un disco de Lady Gaga descargados de internet. Me gustaría ver al bueno de Jack Lemmon en versión original subtitulada, y con extras. Me encantaría no dejarme los ojos en la pantalla del ordenador leyendo las desventuras de Ródion. Y por supuesto me alegraría escuchar sin distorsiones “Bad romance”. Todo eso no lo puedo hacer. Porque el contenido descargado pierde en calidad, y porque no puedo permitirme comprarlos todos originales, porque a estos artistas no les apetece ser “menos ricos” (evidentemente ni Wilder ni Dostoievski siguen con vida, pero apuesto que hay una larga lista de ratas lucrándose con su trabajo).

Por eso no he sufrido, ni sufro ningún remordimiento por consumir estos bienes gratis. No al menos por aquellos que hacen de la avaricia, la frivolidad y la vanidad su “way of life”. Pero oye, somos ladrones y piratas.

Por todo esto y mucho más, somos cada dia, un poquito más gilipollas.

Pues eso. JJG

La dictadura del moderantismo

…. o de lo “políticamente correcto”. Ambas expresiones me sirven para explicar lo mismo, ambas disfrazadas con un traje de corrección, bondad, e incluso de educación; ambas esconden un terrible y enorme monstruo bajo sus vestimentas. Un monstruo que se puede domar, o acabar devorado por sus gigantescas fauces.
A simple vista, estas conciliadoras palabras nunca podrían ir acompañadas de la cruel palabra “dictadura”. No cuadra, no pega, como el rosa con el rojo, como la leche con el zumo, como que no.
Tradicionalmente se nos ha mostrado el moderantismo como la herramienta perfecta de la razón. Una forma perfecta de tener razón siempre, porque, ¿cómo vamos a equivocarnos si somos intermedios, si no nos decantamos ni nos “mojamos”? ¿si esquivamos el debate o la discusión mediando entre las partes y repartiendo salomónicamente? ¿cómo podemos estar equivocados si no somos radicales? , sin duda, y necesariamente debemos de tener razón.
De todas esas preguntas que sirven de argumento y de muchas más se viste una de las grandes falacias de nuestro tiempo.

El moderantismo reinante en la sociedad tiene (desde mi punto de vista) una explicación sencilla, e incluso razonable:
El último siglo de historia de nuestro planeta tiene la respuesta. Un último siglo espectador habitual de grandes hallazgos, revolucionarios inventos e innumerables progresos a cargo de la ciencia. Pero también testigo de las mayores atrocidades cometidas por el ser humano contra sus semejantes (las guerras mundiales y civiles, las dictaduras, los genocidios etc) con sus tristes protagonistas (el nazismo, el comunismo, el fascismo, Hitler, Mao, Stalin, Pinochet y una larga lista de angelitos).
Somos descendientes directos de las generaciones que hicieron posible este siglo (para lo bueno y lo malo), hombres y mujeres que han vivido en la precariedad más absoluta, envueltos en conflictos en los que se veian obligados a asesinar a sus propios compratiotas, o sufriendo una insoportable espera a la de la guadaña o a un destino peor, quien sabe.
La consecuencia directa (y razonable) de todo esto, es una firme voluntad de que eso no vuelva a ocurrirles a ellos, y mucho menos a sus hijos. Una noble causa por la que lucharon nuestras generaciones más proximas en el tiempo, sin embargo, nunca dejaré de pensar, que se sirvieron de la herramienta equivocada para hacerlo realidad (y de hecho quizás con el tiempo sea hasta contraproducente a su noble objetivo).

Miedo, terror, pánico, rechazo ciego hacia todo lo que pueda sonar ligeramente fuera del registro al que estamos habituados. Registro a cargo de nuestros compositores favoritos, a saber, televisión, prensa, cualquier elemento de fácil acceso y “buena reputación” (los libros y enciclopedias son los marginados) que nos haga llegar ideas, y como consecuencia última, influir notablemente en nuestra educación (cuyos encargados de batuta, no son otros que nuestros profesores y padres). “Las ideas nuevas son peligrosas” podría ser un buen lema para ellos, que bajo la intención de evitar que seamos futuros “hombres malos” como los que ellos o sus padres sufrieron, nos inculcan camuflado en moderantismo, o en lo “políticamente correcto”, o incluso tergiversando su significado y denominándolo “buenas maneras” (concepto del que me confieso un gran admirador).
Evidentemente logran su objetivo a corto plazo, pero a un alto precio. El precio que supone aplastar y ahogar el intelecto y el afán de conocimiento hasta el punto de tener una mente basada en lo que ellos consideran “políticamente correcto”. Evidentemente a largo plazo, las consecuencias resultan contraproducentes al objetivo inicial, creando seres aplastados y encorsetados por el moderantismo reinante que o bien nunca consiguen expandir su mente ni ver con un punto de vista global y objetivo, o bien directamente huyen damnificados de la represión convirtiendose en los radicales paranoicos incultos y adoradores de la conspiración (absurda) que en un principio trataban de evitarse.

Los ejemplos los tenemos a la orden del día.

Pero tampoco se lo daré todo masticadito, piensen a ver si les cuadra. Me gusta pensar cuando escribo que esto es un trabajo de dos. Así que cabilen ejemplos. Ilumínenme con sus conclusiones.
Resumiendo, vemos las consecuencias directas en criar una población dividida principalmente entre el moderantismo radicalizado (que ironía eh) y el radicalismo descerebrado (y maleducado) de quienes huyen a toda costa de lo “politicamente correcto”.

Luego quedamos unos pocos, criticados y atacados por unos y por otros, entre la espada y la pared, en medio de fuego enemigo miremos donde mieremos, que aún parece que damos uso al coco, y que estando más acertados o equivocados, el menos intentamos pensar por nosotros mismos.

Así dicho suena hasta épico.

Por todo esto y mucho más, somos cada dia, un poquito más gilipollas.

JJG